sábado, 23 de agosto de 2008

De seda

De seda las manos que me tocan
Librando batallas perdidas
En mi cuerpo desatado,
Sutiles y armoniosas,
Desconocidas.

De seda los ojos que me miran
Dibujando caricias inesperadas
En mi vientre atrapadas
Silenciosas y calmas,
Atrevidas.

De seda la voz que me susurra
Liberando mis sentidos,
En mi boca detenida
Húmeda y cálida,
Enfebrecida.

jueves, 21 de agosto de 2008

boosterblog


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lunes, 18 de agosto de 2008

Noches de cine, eclipses de luna y estrellas fugaces



Las noches de verano tienen un encanto especial, sobrevienen con languidez, perezosas, como haciéndose de rogar. Extiende con firmeza un manto de oscuridad y frescor, que reanima nuestros cuerpos agotados por las calores diurnas. Apetece salir a tomar el fresco, como aún hace mucha gente en nuestras calles, sacan su silla a la puerta y entablan conversación con los vecinos. A beber una cerveza fresquita con su sabrosa tapa en una terraza o por qué no; a ir al cine de verano.

Colgada del cielo está la pantalla, inmersa en una oscuridad nocturna y alevosa. Las creaciones humanas, los sueños inventados, desfilan suspendidos en el aire, arrancando suspiros de amor y odio, risas y llantos.

Un poco más arriba, la bóveda celeste nos ofrece otro espectáculo. Inalcanzable y altiva, nos deja verla, observar sus luces antiguas, maravillarnos con los astros que en ella pululan. Algunos dejaron de existir hace miles de años, pero aún podemos contemplarlos. Cómo esas viejas películas en blanco y negro, con apuestos galanes y bellas damiselas, los actores quizás murieron o están comidos de arrugas, pero su belleza seguirá viva mientras nosotros sigamos viéndola.

A veces, el cielo se torna celoso y, en su afán de competir con el espectáculo que nos ofrece el séptimo arte, nos muestra algunos de sus prodigios. Una estrella fugaz a la que pedir un deseo o un eclipse de luna, repleto de magia y misterio, como ocurrió la noche del pasado sábado.










jueves, 14 de agosto de 2008

Duda Moral


La mujer levantó la piedra y allí la esperaba el alacrán, tratando de dominar su miedo lo cogió con las pinzas y lo depositó con sumo cuidado dentro del frasco. Después caminó en silencio ajena a la lluvia, gruesas gotas de tormenta que calaban su fino vestido veraniego. Entró en la casa y bajó al sótano. Colocó el frasco en la estantería. Decenas de botes similares albergaban criaturas de la misma especie. Esperaban un veredicto. Cloe aún tenía una duda moral. Ninguno de aquellos había sido el que inoculó el veneno en su pequeño bebé, causándole la muerte. ¿Es toda una especie responsable de los actos de un individuo?

domingo, 10 de agosto de 2008

La chica de la falda tableada




Título: La chica de la falda tableada

Se veía un ancho cartel con doradas letras, bajo el cual una joven, casi adolescente, se subía los calcetines y recomponía la falda. Era una falda tableada, de cuadros verdes, el uniforme de un colegio de pago, sin duda. El pelo castaño, recogido atrás en una humilde cola, reflejaba la luz rojiza de un atardecer otoñal. Olía a tierra mojada, las flores del parterre aún retenían golosas las traslúcidas gotas de la reciente lluvia. La muchacha fruncía el ceño mientras miraba repetidas veces el reloj de pulsera con ansiedad. Alguien la hacía esperar.

Yo nunca haría esperar a una chica así, pensé, al tiempo que me acercaba un poco más para estudiar sus gestos. Avancé despacio, oculto tras los setos, con miedo a delatarme. Me encontraba a escasos metros cuando él entró en escena, anticipé su presencia por el brillo en los ojos de la muchacha y la sonrisa que iluminó su cara. Aprecié el ajetreo en su pecho, la respiración agitada y un breve suspiro de alivio que devolvió el color a sus mejillas. Me sentí mal, como si acabara de perderla, subí el cuello de la gabardina y muy a mi pesar pasé de largo. Como siempre dice mi mujer, la niña ya sabe lo que se hace.


sábado, 9 de agosto de 2008

La envidia

La envidia



Se quedó prendado de su cuello, largo, hermoso, eterno. Anudado a las pestañas que abanicaban sus ojos negros. Absorto en sus esbeltas piernas, de muslos infinitos. Después, con un suspiro, se alejó con sus patas cortas, arrastrando la cruel barriga por el suelo. ¡Quien fuera jirafa, suspiró el hipopótamo!

viernes, 8 de agosto de 2008

La tortilla voladora (Cuento Infantil)

Dibujos: Irene Martinez Moreno (6 años)


Título: La tortilla voladora



En la cocina del restaurante “La sartén de Paca” todos los días se cocinaban muchas tortillas, con patatas, con espinacas, con atún, con queso... Paca iba cogiendo los huevos que estaban perfectamente colocaditos en sus hueveras, todos con la misma carita de pena, que los huevos también tienen su amor propio y no gustan de acabar espachurrados en una sartén. Pepita era un huevo diferente, su mamá una gallina campera acostumbrada a vagar libre por el campo, le había enseñado que todos tenemos derecho a ser libres, incluso un pequeño huevo coloradito como ella podía decidir su futuro. Pero hoy Pepita iba a ser convertida en una tortilla francesa para un niño de mofletes colorados, que no paraba de gritar y dar saltos en su silla: tengo hambre, tengo hambre, repetía sin cesar.

Pepita acabó en la sartén de la vieja Paca, que tras añadirle la sal, empezó a voltearlo con tal fuerza que se transformó en un instante en una tortilla amarilla y redondita e iba volando por la cocina cada vez que Paca le daba la vuelta. En un momento de descuido de la cocinera, la tortilla aprovechó para dar un salto más alto y salir volando por la ventana, iba saltando y volando libre por el restaurante. La gente la miraba asombrada, los niños aplaudían creyendo que era un truco de magia. Total, que nadie hizo nada por detenerla y Pepita pudo salir a la calle. Hacía un aire fresquito, que sentaba muy bien después de haber estado dentro de una sartén, ¡no veas como quema el fogón!

Pepita descubrió que siendo tortilla podía volar, si movía al tiempo los dos lados, podía desplazarse por el aire como una paloma. Estuvo practicando ajena a la gente que paseaba por la calle que la miraba con asombro. ¡Es una tortilla voladora!, gritó un niño pelirrojo que iba con su madre al dentista. No sabes que inventar para no ir al médico, dijo su mamá sin hacerle mucho caso.

Pepita lo pasaba muy bien viendo las caras tan raras que se le quedaban a la gente cuando la veían pasar volando por encima de sus cabezas. Ella hacía piruetas y requiebros y agradecía con gran salero los aplausos de los más pequeños, que estaban entusiasmados con el espectáculo.

Pero pronto comprendió que ser una tortilla solitaria en el mundo no es fácil, echaba de menos tener amigos. Antes, cuando vivía en la nevera con los otros huevos, cantaba y reía, pero ahora estaba sola. Iba pensando que necesitaba una amiga, cuando oyó a lo lejos, la voz de una niña que cantaba una nana a su muñeca. Se acercó dando saltitos y le vio la carita, era rubia con una nariz respingona y los dientes un poquito separados.

- Estoy viendo una tortilla voladora- dijo la niña asombrada.
- Soy Pepita- la tortilla se echó a llorar- estoy triste porque no tengo amigos.
- Yo me llamo Irene, si quieres puedo ser tu amiga.

Pepita se puso muy contenta, su nueva amiga Irene la había invitado a su casa, tendría el hogar con el que siempre había soñado. Irene le había dicho que tenía que esconderse muy bien, pues si su mamá la veía la obligaría a comérsela, pues su madre muchas noches le preparaba una tortilla para cenar.

Escondida entre los juguetes de la niña esperó ansiosamente a que Irene volviera al dormitorio para jugar con ella, pero la niña venía tan cansada que se durmió mientras que su papá le contaba un cuento. Así que la tortilla Pepita volvía a encontrarse sola y aburrida. Pensó que por la mañana podría jugar con Irene, pero cual fue su sorpresa al ver que la niña tenía que ir al colegio y se volvió a quedar sola. Así que decidió ir a dar una vuelta y buscar trabajo para hacerlo un regalo a su nueva amiga.

Llegó a una guardería y la emplearon como cuidadora de niños pequeños. Al principio todo iba bien, los niños jugaban con ella y se divertían mucho, pero conforme se iba acercando la hora del almuerzo, los niños empezaron a mirarla de otra forma, con los ojos ansiosos por comerla. Así que la tortilla tuvo que salir volando para que aquellas criaturitas no la devoraran en un santiamén.

Triste de nuevo, caminó hasta que vio un cártel que anunciaba que necesitaban camareros, era un restaurante, se ofreció y el dueño la contrató para que sirviera las mesas, pero como sus manos eran flacuchas, derramaba la bebida sobre los clientes y todos se enfadaban con ella. El jefe la despidió, y le dijo que no volviera nunca más. No le pagó ni un euro.

Sin dinero no podía comprarle un regalo a Irene, que era su única amiga, a la que quería dar una bonita sorpresa. Entonces recordó que cuando se escapó del restaurante, todos los niños miraban admirados como volaba y hacía piruetas. Se fue al parque, allí siempre ahí niños, y puso un sombrero para las monedas. Se puso a dar vueltas en el aire, subiendo y bajando, retorciéndose, abriéndose y cerrándose… Los niños se reían sin parar, y las mamás le echaron unas monedas. Pepita era feliz, por fin podría comprarle el regalo a Irene.

Pero cuando caminaba buscando una tienda de regalos se encontró con un gato malvado, de ojos grises y bigotes largos, que la miraba con cara de hambre, salió corriendo tan deprisa que se le perdieron las monedas por el camino.

Triste de nuevo llegó a casa de Irene y le contó todo lo que le había pasado, la niña la abrazó y le dijo que no necesitaba ningún regalo, que el mejor regalo que podía tener era su amistad. Desde entonces juegan juntas todas las tardes como dos buenas amigas.
FIN








martes, 5 de agosto de 2008

La Dulzura

La dulzura

La dulzura que se escapa de tus labios
Huele a verano
A melocotones frescos
A hierba mojada

Es fruta exquisita por escasa
Como perfume bueno
Se vende cara

La dulzura que persigo es infinita
No conoce de fronteras
Ni vallas, ni alambradas
Es eterna, es etérea.
Es tierna como una mañana
Recién estrenada

lunes, 4 de agosto de 2008

Y después de las vacaciones....

Futbol y ...

Tras incumplir mi promesa de escribir mucho en las vacaciones, el mes de julio se pasó volando, ahora en agosto retomo la tarea y, a pesar de las calores, me he hecho el firme propósito de terminar mi nueva novela, poner en activo este blog, organizar mi despacho y los asuntos pendientes y no se cuántas cosas más. Supongo que algo se interpondrá entre mis deseos y yo, como siempre.

De las playas de Portugal me he traído el olor a mejillones de los primeros días, el color de los acantilados y un par de kilos más, que el ocio lleva a la gula, está demostrado.

He guardado en mi memoria imágenes, sonidos, olores... que algún día despertarán bajo mis dedos en las pulsaciones del teclado y ayudarán a crear nuevas historias.



.... tenis








1º Premio Certamen Mujeres Creadoras del Ayuntamiento de Baena. Año 2008

Título: El ardor en la sangre


- ¿Te vas a llevar alguno?
- No, no, solo miraba - Salvadora, azorada- cóbrame el Marca.
Aniceto observó cómo abandonaba la librería; todos los días igual, cogía el periódico deportivo, ojeaba algunos libros del expositor para luego dejarlos allí. Pagaba el importe justo del Marca y se deslizaba sobre sus zapatos de tacón bajo hacia la puerta. Salvadora no era ninguna belleza, su cara anodina y limpia de maquillaje pasaría inadvertida ante cualquiera. Las formas de su cuerpo permanecían escondidas bajo una ropa amplia, asexuada: camisetas de algodón, vaqueros anchos, blusas sueltas. Madre de dos hijos, ya mayorcitos, los dos varones a veces venían con ella a la papelería y correteaban entre los estantes provocando la ira de su progenitora. Se la veía cansada, cansada de regañarles y de luchar para que se portaran bien, pero a los diez y trece años la energía rebosa del cuerpo y se desborda en forma de travesuras y correrías.

No era atractiva, pero a Aniceto le llamaba la atención su forma de mirar los libros, de tocarlos, de pasar las hojas, de detenerse en alguna página y leer unos párrafos. Veía cómo le llameaban los ojos, cómo se le encendía el semblante; a veces pasaban largos minutos hasta que algún ruido la sacaba de su ensimismamiento y cerraba el libro con pesar. Para el librero constituía una incógnita por qué nunca compraba ninguno. Conocía a la familia, no eran ricos pero tampoco pasaban necesidades; su marido, maestro albañil, trabajaba todo el año, que ya era mucho decir en un pueblo como aquel en que se dependía tanto de la campaña de la aceituna o de la temporada de los dulces navideños, en la que de septiembre a diciembre también se empleaba Salvadora, más de una vez la había visto con el gorrito y la bata blanca y aquella cara de cansancio que nunca la abandonaba. Aniceto cerró la tienda y caminó despacio hasta su casa, quizá antes se pasara por el bar de Patricio, le gustaban las tapas y la compañía, siempre había alguien con quien hablar, eso es lo bueno y lo malo de los pueblos, el conocerse todo el mundo. De él dirían que era un viejo solterón; un extraño caso al no carecer de posibles y nunca fue feo —ni siquiera ahora con más de sesenta años sobre su espalda, aún conservaba su aire distinguido y culto, por el que suspiró más de una muchacha—. A él no lo preocupaban estos comentarios, se encontraba a gusto con su vida, con su soledad escogida. Su única compañía, los libros, sus más fieles amigos.

Salvadora llegó a su casa acalorada, se había entretenido de más en la librería y ahora le tocaba correr para preparar la comida, su marido apenas disponía de una hora para almorzar y los niños llegarían enseguida del colegio, peleándose y armando bulla como siempre. Cómo le hubiera gustado tener una niña, sensible y callada como ella, que pasara las tardes inventado historias, jugando a ser escritora u organizando un teatro con sus muñecas. Pero no, tenía aquellos salvajes que destrozaban todo cuanto encontraban a su paso, comenzando por los libros que ella les compró con tanto interés cuando eran más pequeños para iniciarlos en el goce de la lectura. Pero mejor no ahondar en la herida.

Aniceto pensó toda la tarde en Salvadora, sin duda aquella mujer tenía el virus de la lectura, infectada hasta el tuétano de esa pasión por la letra impresa. Él sabía reconocerlo, no en vano se había criado entre libros y lo padecía desde muy pequeño; la librería la heredó de su abuelo y de un vistazo distinguía a los que padecían su mismo mal, los observaba en su negocio, ojeando los ejemplares sin decidirse, sintiéndose mal por elegir a uno y despreciar a los demás; a veces los veía marcharse sin nada, pero sabía que volverían pronto y se llevarían dos o tres. Veía la avaricia en sus ojos, ansiosos de devorar las letras impresas que les rodeaban. ¿Por qué no Salvadora?, ¿qué le impedía comprar aquellos ejemplares que acariciaba cada día?, ¿por qué se conformaba con un periodicucho deportivo? Estaba decidido a dar un paso, a preguntarle el motivo de su actitud, en los pueblos no es tan extraña esa curiosidad, esa invasión de la intimidad de los demás.

Salvadora entró a la librería, como siempre cogió el Marca y con el periódico bajo el brazo se fue a toquetear los libros. Sus manos pequeñas, de dedos finos, abrazaban el lomo, mientras sus ojos miel acariciaban la contraportada. Uno tras otro los fue revisando, deteniéndose un poco más en las novedades. Hoy venía con tiempo, así que se fue al rincón de lo viejo, donde reposaban ediciones antiguas, muchos eran de segunda mano, le atraía aquel olor ennegrecido por el paso de los años.

Ya se marchaba después de pagar el periódico cuando Aniceto la llamó; había estado dudando hasta el último momento, pero al fin se decidió, no a preguntarle por sus motivos sino a regalarle un libro.
- Tome, es para usted ¾dijo con una sonrisa amable.
- ¿Para mí?, ¿por qué? ¾preguntó Salvadora, extrañada.
- Por ser una buena cliente, todos los días viene por aquí y me apetecía hacerle un regalo.
- No puedo aceptarlo.
- Claro que puede, es una promoción que estoy haciendo con mis mejores clientes; además es muy cortito, seguro que sacará tiempo para leerlo.

Salvadora se fue con el libro en las manos. Miró el título, El ardor en la sangre. La autora tenía un apellido ruso, difícil de pronunciar; atrajo su atención que se llamara Irene, el nombre que le habría puesto a la niña que nunca tuvo. Suspiró cansada y pensó que lo mejor sería que Paco no lo viera, quizás no se creyera que se trataba de un regalo y no le apetecía que le montara otra escena. Últimamente las peleas se sucedían, bebía demasiada cerveza y no encontraba forma de hablar con él sin acabar discutiendo.

Cuando se quedó sola abrió el libro, su marido estaba en el tajo y sus hijos acababan de marcharse a clases extraescolares de inglés. Lo leyó de un tirón y al terminarlo notó en la boca un sabor agridulce, le había gustado tanto que le dolió que fuera tan corto, que se acabara así, devolviéndola a la realidad en poco más de un par de horas. Reflexionó sobre el argumento: un hombre mayor que después de una vida intensa decide recluirse en su pueblo natal, un pueblo donde los secretos son a voces, donde la hipocresía rige los comportamientos, pero donde late la sangre con un ardor que todo lo trastoca. A Salvadora también le hervía la sangre, ¿por qué tenía que renunciar a lecturas como aquellas?, ¿por qué debía aparentar una felicidad que no sentía? Paco no era consciente del daño que le infligía, no notaba cómo se apagaba la luz de sus ojos, no veía cómo perdía la ilusión por vivir, no percibía el eterno cansancio que se adueñaba de su cuerpo nada más levantarse para empezar una nueva jornada sin ilusión alguna.

Guardó la novela cuidadosamente entre sus libros viejos, con la intención de releerlo al día siguiente. Sus colores brillantes destacaban mucho, así que lo escondió bajo El Quijote, obra que se conocía casi de memoria, tantas veces lo había leído.
¾¿Te ha gustado el librito de Nemirovsky?
Salvadora asintió con la cabeza y le ofreció una cálida sonrisa en agradecimiento. Como cada día, husmeó entre los libros; pero hoy se decidió a coger uno y acercarse con él al mostrador. El librero, emocionado, le cobró el importe; sabía que algo había cambiado, que de alguna forma la mujer empezaba a atravesar ciertos límites, tal vez autoimpuestos. Sabía que aquel libro no la dejaría indiferente, que despertaría sus ganas de leer. Era uno de sus favoritos, a veces se sentía identificado con su protagonista, un observador pasivo de la realidad.

La escena se repitió durante varias semanas, Salvadora además del Marca se llevaba a casa un librito cada día, solía escogerlos de ediciones baratas de bolsillo, pero los miraba como si fueran grandes joyas de edición cuidada. De vez en cuando Aniceto le regalaba algún ejemplar especial que ella aceptaba con cierta reserva, reparo que iba disminuyendo conforme aumentaba su amistad. A menudo charlaban sobre los libros, hasta que ella salía corriendo para tener a tiempo la comida.

Un día, al llegar Salvadora a casa vio las botas a de su marido en la entrada. No lo encontró en el comedor con la cerveza y tuvo un mal presentimiento; subió por las escaleras y aparecieron desparramados por el suelo los libros que había adquirido durante un mes y que ocultaba en su baúl.
-¿Qué esto, Salvi? -preguntó su marido, congestionado- ¿es que has olvidado las reglas, has olvidado lo que te dije aquella vez?

No, Salvadora no lo había olvidado, recordaba perfectamente el enfado de su marido por el dinero desperdiciado en las colecciones de libros que los niños destrozaron antes incluso de terminar de pagarlos. Nunca podría olvidar aquel día, desde entonces estaba prohibida la compra de libros, a excepción de los del colegio. Salvadora lloró mucho esa jornada, lloró a escondidas de su marido, sabía que no cambiaría de opinión con facilidad. Escondió sus libros en un baúl para que los niños no terminaran por destrozárselos, disfrutaban arrancando las hojas y arrojándolas al fuego de la chimenea. Entonces eran pequeños, apenas tres y seis años, pero a pesar del tiempo transcurrido su marido no había dado su brazo a torcer.
- Los libros son parte de mí, si no los quieres a ellos, a mí tampoco me quieres-dijo por fin con la voz ahogada en llanto, era la primera vez que se rebelaba contra su marido.
Él parecía no escucharla, seguía vociferando. Mientras, ella recogía los libros sin contestar a sus improperios. Algo se había roto para siempre, ahora lo veía con una claridad absoluta, como cuando limpias los cristales tras un día de lluvia.


Nada más verla aparecer en la librería, Aniceto supo que algo había cambiado. Después de días sin aparecer por allí, él empezaba a echarla de menos; el brillo fiero de aquellos ojos canela, los labios fruncidos, las mejillas encendidas y la forma de apretar el libro que llevaba entre sus manos le indicaron que Salvadora era otra mujer. La miró entre sorprendido y admirado, nunca la había visto tan bella, tan salvajemente seductora y se odió por ser tan viejo y odió a su marido por estar casado con ella.
- ¿No te llevas el Marca?
- No, he dejado a mi marido -dijo con decisión­- no volveré nunca más con él, no me quiere.

Las visitas de Salvadora a la librería se espaciaron, ahora vivía en casa de sus padres, trabajaba limpiando casas, cuidando niños o haciendo alguna que otra sustitución en comercios o bares. Su situación económica era precaria. Paco se negaba a pasarle la pensión para sus hijos; herido en su orgullo de macho no podía aceptar que la mosquita muerta de Salvadora, como la llamaba su madre, lo hubiera dejado plantado de aquella manera.

Aniceto pensó mucho durante aquellos días, echaba de menos la compañía de la mujer, las largas charlas sobre literatura. Ella era una esponja que absorbía todo, que quería saberlo todo, le daba pena verla pasar apresurada por allí, más delgada y ojerosa, aunque desprendida ya de aquel halo de eterno cansancio. Pensó y pensó, comprobó sus ahorros, sus planes de pensiones y tomó una decisión.

A través de los cristales la vio caminar decidida hacia la librería, con rapidez colgó el letrero al lado de la caja: “Se necesita dependienta, razón aquí”. Ella lo vio nada más entrar y le interrogó con la mirada.
- Necesito ayuda, me voy haciendo viejo, ya casi no puedo con las cajas ni subirme a las escaleras.

Salvadora, sonriendo, lo miró; a pesar de su edad se conservaba bien, aún mejor, como un roble, y sabía que aquel negocio no daba para un contrato.
- Gracias por el ofrecimiento, pero no puedo aceptarlo.

La vio alejarse y comprendió que ella ya no quería depender de nadie, que la flor frágil se había petrificado adquiriendo la fuerza y el empuje necesario para sobrevivir. Se alegró por ella, aunque no pudo evitar que las lágrimas se asomaran a sus ojos, por primera vez en su vida deseó tener veinte años menos, volvía a sentir el ardor en la sangre.