Aforo completo en el Salón del Centro Socio Cultural Estrella Amaro en la representación de la comedia de Felisa Moreno "Ni siquiera sabía su nombre". De nuevo acudimos de la mano de la Asociación de Mujeres Las Nogueras, que celebraba su XVI Semana Cultural. Le representación de la obra culminó con un gran aplauso por parte del público que llenaba el salón.
Alcaudete imaginado
martes, 1 de octubre de 2019
martes, 3 de septiembre de 2019
La luz prestada de la Luna
XVII Premio Nacional de Teatro José Martín Recuerda
Esta obra nos
lleva por un camino de incertidumbre y violencia. El hombre protagonista está
secuestrado, encerrado en una nave y sometido a tortura por parte de dos
mujeres, dos prostitutas que se alternan para atormentarlo. Él no sabe por qué
está allí, no consigue recordar nada de su pasado y eso hace que la tensión sea
mayor. Ellas, entre golpe y golpe, le cuentan como se vieron abocadas a la
prostitución. Conforme avanza la obra, el espectador irá descubriendo que las
cosas no siempre son lo que parecen, los personajes se van transformando y
asoma su verdadera naturaleza.
Puedes adquirirlo en tu librería habitual y también en diversas páginas on line. Este es el enlace a Aamzon:
jueves, 4 de abril de 2019
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miércoles, 17 de enero de 2018
Alcaudete imaginado: Las caballerizas del Castillo
Alcaudete
imaginado: Las caballerizas del Castillo
Aquella cena prometía ser inolvidable, las
caballerizas del Castillo Calatravo se ofrecían como el mejor lugar para pedirte
que te casaras conmigo. Reservamos con suficiente tiempo para una fecha muy
especial, las Fiestas Calatravas, justo en el segundo fin de semana de julio.
Buscaría el momento adecuado, cuando el hipocrás, el vino con especias que
servían en la comida medieval, me diera el último empuje para pedirte que dejaras
a tu marido y que ligaras tu destino al mío de forma definitiva. Con la excusa
de un mareo repentino, saldríamos fuera y, con la Torre del Homenaje de fondo, te
suplicaría que me hicieras la persona más feliz del mundo aceptando mi
proposición.
Nuestra relación clandestina no ha sido
fácil, supongo que tampoco lo sería la vida de los monjes en aquel castillo,
siempre asediado; envuelto en luchas por defender una frontera que pasaba de un
bando a otro una y otra vez. Estas guerras fronterizas dejaban tras de sí cientos de víctimas,
personas inocentes que tan solo querían vivir, más bien sobrevivir, en un mundo
hostil. Así me he sentido muchas veces en mi vida, dentro de una lucha
continua, ganando algunas batallas, perdiendo otras. Al otro lado de una
frontera invisible más infranqueable que los muros del Castillo. ¿No te parece
a ti, Sofía, que hemos combatido como verdaderos soldados?
Llegó el día. Estabas preciosa con aquel
traje de época, verde como tus ojos de gata salvaje. Marcaba el cuerpo que yo
tanto deseaba, el que soñaba cada noche. Él te llevaba de la mano, pero yo sabía
que solo tenías ojos para mí. Bajo aquellos techos abovedados impregnados de
historias no siempre amables, me sentía con la fuerza suficiente para
enfrentarme a todos. Mi brazo sujetaba la espada que haría trizas la
incomprensión con la que el resto del mundo vería nuestra relación. Una espada
forjada en noches de insomnio, en las que solo podía pensar en ti. No me
resultaba fácil regresar a mi cama tras nuestros encuentros, fría como una
noche de enero, donde otro cuerpo ocupaba el que yo quisiera que fuera tu lugar.
Heladas deberían ser, también, las
madrugadas a la falda del castillo, a la espera de una rendición que, a veces,
tardaba meses. Nunca, nadie, consiguió entrar por la fuerza en el Castillo de
Alcaudete. Nunca, nadie, logrará romper las murallas que protegen nuestro amor.
Tendremos que luchar como los monjes
calatravos, aunque tengo la seguridad de que ellos nunca habrían peleado por
nuestra causa. A aquellas caballerizas que ahora nos acogen con la luz tenue de
las antorchas, regresaban los caballos, exhaustos por esfuerzo realizado. En
las mesas, los manjares medievales nos trasladan a otra época. Entre risas,
disfrutamos tomando los alimentos con las manos: no hay cubiertos. Unos actores
interpretan la leyenda de la Fuente Zaide, narran las desgracias de un amor
clandestino, como el nuestro. Te prometo que no acabaremos igual. No habrá
muertes ni llantos, quizás algún grito, una discusión, insultos que no nos harán
daño. Nadie decide de quién se enamora, no se elige, no se escoge. El amor
crece hasta en los campos más baldíos. En nuestra boda estarán prohibidas las
lágrimas, y no invitaremos a la gente que nos señale con el dedo. Solo sonrisas y pétalos de rosa nos acompañaran en
el paseo nupcial.
Ha llegado el momento. La luna se ha
vestido de plata para la ocasión. Encerradas tras la puerta de las
caballerizas, han quedado las voces de nuestras parejas y del resto de los asistentes
a la cena. En mi mano derecha tiembla la cajita del anillo. No me pongo de
rodillas, sería muy engorroso con esta ropa. Acaricio tu pelo y digo las
palabras que tantas veces he soñado:
-
Sofía, ¿te
quieres casar conmigo?
Y tu voz, que se ha vuelto de seda, que
ha transformado tus palabras en mariposas que recorren el espacio y el tiempo
con una terrible lentitud, me responde.
-
Es lo que más
deseo en esta vida, María José.
Cogidas de la mano regresamos a las
caballerizas, donde nos esperan los postres y nuestros maridos, con los que, antes
o después, tendremos que hablar.
martes, 16 de enero de 2018
Alcaudete Imaginado: La Semana Santa
Alcaudete imaginado: La Semana Santa
Cada año, desde hacía más de
diez, esperaba con ilusión que llegara la Semana Santa.
Maldecía las veces en las que se retrasaba y tenía que aguardar hasta bien
avanzado abril. No era por vestirme de nazareno ni por ver procesionar las
hermosas imágenes que albergaban las iglesias y conventos de Alcaudete. Los
días previos, sentía la necesidad de salir a correr, de perderme por los
carriles de la Sierra
Ahillos mientras trataba de recordar cómo era su rostro. No
me había atrevido a sacarle ninguna fotografía, ni mucho menos a pedírsela. Tan
solo el azul intenso de sus ojos permanecía con fuerza en mi memoria, me traía
el recuerdo del mar, ese que a veces contemplaba en los veranos.
Siempre la encontraba durante
la representación del Paso de Abraham, en la Plaza. Nada más verla,
sentía que los edificios giraban alrededor de ella, que era el único centro de
aquel universo de personas que contemplaban entre devotas y divertidas la
representación de uno de los episodios de la pasión de Jesús, en las voces
afectadas de actores ocasionales. Llevaba un vestido blanco y rebeca azul, el
pelo sujeto con un pasador del mismo color, como hubiera querido vestirse a
juego con su mirada. Me quedaba prendado de ese aire retro que desprendía su
figura. En cuanto ella aparecía, el mundo dejaba de existir. Ya no veía la
fachada engalanada del ayuntamiento ni su reloj ni sus escalones de piedra. No
existía el Arco de la Villa
ni las casas señoriales de fachadas ocres. Había desaparecido la antigua ermita
de la Aurora y
los macetones de flores del centro de la plaza. Mi mirada se clavaba en su
figura, mientras la suya parecía ensimismada en la representación. En ese
momento me sentía feliz porque la tenía un buen rato quieta, para mí solo.
Podía observarla sin temor, me situaba a una distancia prudencial y dejaba que
mis ojos se extasiaran en su belleza.
Antes del Viernes Santo, la buscaba
en el recorrido de las distintas procesiones, pero nunca la encontraba. Intentaba
localizar su intensa mirada azul tras la capucha roja de los nazarenos de la Borriquilla en el Domingo de Ramos, la Borriquilla como
solemos llamarla. O bajo la verde o granate de El Huerto y Nuestra Señora del
Rosario, el Lunes Santo. El Martes me
afanaba en descubrirla tras los pasos de San Juan Evangelista, el Cristo de la Columna , la Virgen de la Amargura o el Cristo de la Agonía. Llegaba cansado a un
miércoles en el que las procesiones se sucedían sin clemencia alguna: Virgen de
la Piedad ,
Cristo de la Misericordia
y la Virgen de
las Lágrimas. También la buscaba entre la gente que contemplaba con devoción el
paso de las imágenes. En esos momentos, me hubiera gustado ser como ellos y no
estar obsesionado con la figura de una muchacha de la que no sabía nada, que
tan solo veía una vez al año y que ocupaba mis pensamientos todos los días de
mi vida. El Jueves Santo observaba los pasos, ya casi sin esperanza: Santísimo
Cristo de la Expiración ,
Señor de la Humildad ,
Nuestra Señora de la Antigua ,
Jesús Cautivo y la Virgen
de las Nieves. Me sentía agotado por mi Vía Crucis particular, por mi
persecución a una imagen pagana, que no me aportaba consuelo ni descanso.
Por fin llegaba el Viernes
Santo, cada año esperaba el momento con una mezcla de desazón y alegría, temía
que no se presentara a nuestra cita, que me dejara plantado bajo el balcón de
la plaza donde se representaba el Paso de Abraham. Antes había recorrido el
resto de los pasos, sin éxito alguno. Pasada la representación, ella se perdía
entre la gente. Por más que intentaba seguirla por la calle Llana, me era
imposible. Cuando por fin podía avanzar entre el gentío, mi musa ya había
desaparecido. No me daba por vencido y me iba al encuentro de las procesiones
que salían ese día: San Elías, Nuestro Padre Jesús Nazareno, la Santa Verónica , la Virgen de los Dolores, y
por la noche, el Santo Entierro y la Soledad.
El sábado descansaba en mi casa, ya dada por perdida mi
misión de búsqueda. El Domingo de Resurrección conseguía reunir fuerzas para
buscar entre nazarenos y devotos su amado rostro. Cuando se encerraba el paso
en la iglesia de San Pedro, yo me iba a enclaustrarme en mi habitación para
sufrir en silencio mi mal de amores.
Esta Semana Santa será
distinta, he renunciado a verla, pronto cumpliré treinta años y en mi vida no ha
existido otra mujer aparte de ella. Mi madre me mira preocupado, soy hijo único
y siempre quiso ser abuela. No iré a ver el Paso de Abraham, ni la buscaré como
un loco entre la gente que visita Alcaudete. Me he propuesto olvidarla, sellar
su recuerdo en un apartado oscuro de mi memoria. Creo que mi madre ha notado el
cambio, mi sonrisa más amplia, la mirada menos tensa. Me pide que la acompañe a
visitar a una amiga suya que emigró a Barcelona. Sus padres decidieron irse
tras una desgracia familiar, no quiere entrar en detalles. Nada más llegar a la
casa, noto un escalofrío. Huele a humedad y a tragedia. Una anciana se mece
tranquila en el zaguán, al abrigo de unos rayos de sol que atraviesan el hueco
de la puerta, la mirada perdida. Mi madre y su amiga se abrazan. Las dos pasan
ya de los cincuenta, pero en sus risas encuentro un deje infantil, como si los
recuerdos compartidos las rejuvenecieran. Las dejo que charlen mientras
contemplo las fotografías que adornan las paredes. Algunas ajadas por el tiempo
y la humedad que suelen acumular las casas cerradas. Creo que me voy a morir
cuando veo un retrato de ella. Lleva el mismo vestido blanco, la misma
rebequita azul, la misma mirada intensa. Trago saliva, el suelo ha dejado de
ser consistente bajo mis pies. Necesito unos minutos para recuperarme. Por fin,
logro reunir suficiente aire para preguntar: ¿quién es esa chica? La amiga de mi madre se acerca y mira con
devoción el cuadro. Era mi hermana, murió
hace muchos años. Nunca lo olvidaré, fue un Viernes Santo, se desmayó en la
plaza viendo el Paso de Abraham y no despertó. Por eso llevábamos tanto tiempo
sin venir en estas fechas, mi madre no podía soportarlo. Ahora ya no se entera
de nada, tiene Alzeheimer.
lunes, 15 de enero de 2018
Alcaudete Imaginado: El Arco de la Villa
Alcaudete
imaginado: El Arco de la Villa
Antes de esa noche, Elena pasaba todos los días con su Ibiza bajo el Arco
de la Villa sin
prestarle demasiada atención. No reparaba en su belleza, ni en la antigüedad de
las piedras que lo componían. Permanecía allí desde siempre, recortando la
calle General Baena con el Castillo al fondo o la casa de balcones amarillos de
la Plaza 28 de Febrero,
según desde donde se mirara. Alguna vez había escuchado que era la puerta de
entrada al recinto amurallado de la antigua ciudad medieval.
La noche en cuestión era sábado y el reloj del Ayuntamiento marcaba las doce.
Tras la cena de Navidad con los compañeros de trabajo, su coche se había
quedado parado justo debajo del Arco. Por más que lo intentó, no consiguió que
arrancara. Llamó a la puerta del edificio de la policía municipal, que estaba
justo al lado, pero no recibió respuesta. Regresó al bar en busca de ayuda, ya
habían echado el cierre y no quiso molestar. La plaza estaba desierta, en el
mes de enero las puertas se cierran y la gente disfruta del calor de sus casas,
al abrigo de los problemas ajenos. Buscó el teléfono móvil en su bolso, y
maldijo entre dientes cuando comprobó que estaba sin batería. No podía avisar a
su marido, ni a la grúa. Decidió esperar a que apareciera otro coche, no
dudaría en prestarle ayuda, pues estaba obstruyendo la calle. Se metió dentro
del vehículo y se arrebujó en el abrigo. A pesar del frío, el cansancio
acumulado durante la jornada hizo que se quedara dormida.
La despertó el sonido de un claxon, provenía de un sedán negro de alta
gama. Elena salió y se acercó a la ventanilla de cristales tintados. La golpeó
con cierta delicadeza. En un primer momento no obtuvo respuesta. Como si el
conductor del coche dudara qué hacer. Por fin, el cristal bajó y la mujer pudo
verlo. Dio un respingo cuando comprobó que el hombre que estaba al volante llevaba
un traje de caballero medieval y una máscara que le ocultaba casi todo el
rostro. Solo dejaba a la vista unos labios gruesos y una barba bien recortada.
Le pidió, casi le ordenó, que subiera a su coche. Ella lo pensó un instante,
apenas unos segundos, y obedeció. Sintió una atracción tan fuerte que hacía que
todo aquello le pareciera lógico. Por eso, no le extrañó que el sedán pasara
bajo el Arco de la Villa
atravesando su Ibiza, como si estuviera fabricado con aire. Ni que iniciara la
empinada cuesta que llevaba al Castillo. Tampoco consideró raro que aquel tipo
la ayudara a bajar y le pidiera que la acompañara a la torre del homenaje. Notó
que le costaba andar, que algo trababa sus pies. Miró hacia abajo y en vez de
su minifalda de lentejuelas encontró un vestido de raso verde que le llegaba
hasta los tobillos. Aquello no podía estar pasando. El vino de la cena la había
afectado y estaba teniendo visiones. Si solo había tomado cerveza sin alcohol… Entonces es un hermoso sueño, pensó, y
se dispuso a disfrutarlo. Le quitó la máscara al hombre y descubrió unos
inquietantes ojos verdes, una nariz recta, una frente despejada. Sintió deseos
de besarle y así lo hizo. Era su sueño, luego no tendría que dar explicaciones
a nadie, ni siquiera a su marido. El caballero la cogió en brazos y la llevó
hasta su alcoba. Lo que sucedió después ella no logra visualizarlo con
claridad, pero se estremece cada vez que lo recuerda. Hay sueños que parecen
tan reales…
Cuando despertó seguía dentro de su Ibiza, un policía municipal trataba
de llamar su atención golpeando los cristales, desde fuera no podía ver nada,
pues estaban empañados. Elena le explicó lo que había pasado, probó a arrancar
el coche para demostrarle que estaba averiado, pero el motor se puso en marcha
al primer intento. Ella enrojeció, la tomarían por una estúpida. Metió la
marcha y se dirigió a su casa. Lo que no
te pase a ti, le dijo su marido en tono burlón cuando le contó lo sucedido,
y regresó a la cama. Ella se quedó
levantada, no tenía sueño. Además, recordaba al caballero y echaba de menos sus
caricias, ¿y si su marido notaba algo? Qué
tontería, pensó, solo ha sido un
sueño. Decidió olvidarse de todo, buscó el móvil en el bolso para ponerlo a
cargar y al sacarlo, un pequeño sobre de color sepia cayó al suelo. Lo abrió,
dentro había una tarjeta escrita con letra primorosa:
Pasaré a recogerte
el próximo sábado,
bajo el arco, a la misma hora.
domingo, 14 de enero de 2018
Alcaudete Imaginado: El río Víboras
Alcaudete imaginado: El río Víboras
Antes de que un
seis de julio mi infancia cambiara para siempre, ya me preguntaba si los ríos
podían sentir. Lo hacía cuando estaba sumergido en el Víboras, en alguno de los
pocos remansos donde quedaba agua suficiente para poder bañarse. En aquellos
años, finales de los setenta, el río formaba parte de nuestras vidas. Entonces,
no había tantas piscinas y muy pocos podían permitirse unas vacaciones en la
playa. Las madres se sentaban en la orilla para vigilar a sus retoños, con un
tarro de Nivea en las manos, crema que hizo las funciones del bronceador hasta
que a las tiendas de Noguerones llegaron productos más específicos.
La corriente
ejercía una atracción fatal sobre nosotros, y nos gustaba disfrutarla a solas.
Ese día decidimos escaparnos de la vigilancia de las madres, yo no tenía
problema, porque la mía nunca estaba allí. Y no sabía si sentirme feliz o
desgraciado, un poco de atención no me hubiera venido mal. Antonio era el más
valiente de la pandilla, el que siempre tomaba las decisiones, y de él fue la
idea de caminar río abajo en busca de un buen lugar para atrapar peces con las
manos o tirarnos de cabeza desde una piedra. Los demás lo seguimos sin
rechistar, ya había demostrado en varias ocasiones que era el más fuerte del
grupo y nadie quería arriesgarse a llegar a casa con la nariz rota. Caminamos
un buen rato por el lecho del río, pero no conseguimos atrapar ninguno de los
escurridizos barbos que se atravesaron en nuestro camino.
Éramos seis y
creíamos estar preparados para todo.
No para lo que
surgió delante de nosotros a volver un recodo del río. Era el remanso más
grande que habíamos visto nunca y ninguno recordaba haber estado allí ni que
nadie le hubiera hablado de él. El agua parecía chocolate, como si alguien
hubiera estado removiendo el limo del fondo con un palo gigante. En un primer
momento nos sentimos felices, nuestro arrojo iba a tener su recompensa, allí
podríamos disfrutar del baño sin que nadie nos molestara. El primero en
lanzarse de cabeza fue Antonio. Aplaudimos y gritamos con entusiasmo, hasta que
nos dimos cuenta de que tardaba demasiado en salir del agua. Esperamos varios
segundos en tensión, pero su cuerpo no emergía a la superficie. Temiendo que se
hubiera golpeado con una piedra, nos sumergimos en su búsqueda y tanteamos por
debajo del agua, sin resultado alguno.
Ahora sólo
éramos cinco. Cinco niños asustados que no sabían que hacer. Por mucho que
buscábamos, nuestro amigo no aparecía. Asustados ante aquel hecho inexplicable,
llegamos a la conclusión de que nos estaba gastando una broma, que se había ido
nadando por debajo del agua hasta llegar a algún punto fuera de nuestra vista.
Decidimos regresar, confiados de que en la presa nos encontraríamos a un
Antonio burlón, que se reiría de nosotros por ser tan ingenuos. No fue así. Antonio
nunca volvió de aquel remanso que se lo había tragado, como el pez grande se
come al chico.
Acompañamos a
los adultos para tratar de localizar el remanso, pero fue imposible dar con él.
El río apenas llevaba agua suficiente para formar charcos pequeños. Sin
embargo, a pesar de que nadie nos creía, nosotros estábamos seguros de haberlo
visto y de que nos habíamos sumergido en él. Hubo quien nos señaló como
culpables, pero la inocencia de nuestros ocho años y el miedo que se nos
reflejaba en los ojos, disiparon cualquier sospecha.
El tiempo, que no
todo lo cura, pasó. Los padres de Antonio murieron envueltos en la tristeza de
no poder recuperar el cadáver de su hijo y los otros cinco niños aventureros
nos convertimos en adultos tristes. Tras el suceso, sin darnos cuenta, nos
alejamos los unos de los otros y nos fuimos integrando en otras pandillas. Sin embargo, una fuerza extraña nos llevaba a
reunirnos el seis de julio de cada año, el
mismo día que Antonio desapareció. La primera vez nos encontramos allí por
sorpresa, cada uno llegó sin saber nada del resto. Caminamos río abajo hasta el
lugar donde vimos el remanso y allí estaba. Enorme y chocolateado parecía
mirarnos burlón, como diciéndonos que ya nadie nos creería. Comprendimos
entonces que los ríos pueden quedarse con lo que quieran y escupir a la orilla
lo que les desagrade.
Y al Víboras le
había gustado la fuerza y el coraje de nuestro amigo Antonio.
viernes, 12 de enero de 2018
Alcaudete imaginado: La Fuente Amuña
Alcaudete imaginado: La fuente Amuña
Despertó con un tremendo dolor de cabeza. Al abrir
los ojos, los primeros rayos de un sol de primavera lo deslumbraron. Tardó unos
segundos en comprobar que no estaba solo, un rostro de mujer lo observaba con
atención, sus ojos eran negros e intensos, con destellos de luz intermitentes,
como una noche de tormenta. Se incorporó con dificultad, la cabeza le daba
vueltas. Miró a su alrededor y comprobó que estaba en la Fuente Amuña , por su
mente pasaron las horas anteriores, el
alcohol y las risas de las chicas. Ahora, allí no quedaba nadie de sus amigos,
tan solo aquella muchacha extraña que vestía de una forma muy rara. Blusa
blanca de manga corta, falda de vuelo hasta los tobillos y unas sandalias
rústicas. Con una mano sujetaba un canasto lleno de ropa a su cintura, en la
otra llevaba una tabla que le recordaba a la pila de lavar que había en su
casa.
—¿Quién eres? —preguntó el chico.
—Eloísa me llaman, ¿y tú?
—Victor.
—¿Victor qué?, ¿cuál es tu apellido?
—Ah, no me gusta mi apellido, ¿tengo que decírtelo?
Vale. Te lo diré, me llamo Victor Ahumado, ¿a que es raro?
La chica enmudeció, su rostro se había ensombrecido y
una tristeza antigua acudió a sus ojos. De pronto, soltó lo que llevaba en sus
manos y acarició el rostro de Victor, que la miraba asombrado.
—Te pareces mucho a él—dijo por fin—, su misma nariz,
sus mismos labios…
—¿Quién es él? —preguntó Victor con cierto incomodo,
no le había gustado que lo comparara con otro.
—Mi novio.
—Ah, tienes novio. Por cierto, ¿por qué vistes de esa
forma?, ¿vas a un concurso de disfraces?
—No, visto así todos los días cuando vengo a lavar a
la fuente. Disculpa, creo que debo explicarte algo. Vengo del pasado, soy una aparición.
—¿Una aparición? —preguntó el chico asombrado.
—Sí, un fantasma, creo que es así como lo llamáis
ahora.
Víctor la miraba con asombro, desde luego era una
chica extraña, pero de ahí a que se tratara de un fantasma…. Alargó la mano y
rozó su brazo, suave y consistente. No, no podía ser.
—Puedo materializarme o volverme invisible.
Nada más decir esto su contorno se fue desdibujando,
su piel se difuminaba hasta desaparecer. Víctor creyó que iba a desmayarse.
—Quiero contarte algo—dijo Eloísa que, poco a poco,
recuperaba su aspecto inicial—Sabía quien eras antes de preguntarte. Lo sabía
desde anoche, desde que te vi llegar con tus amigos. Solo puedo aparecerme una
vez al año, coincidiendo con el día de mi muerte. Ese día yo había venido a
lavar, ese era mi oficio, la mejor lavandera del pueblo decían que era, y las
familias más nobles contrataban mis servicios. Mientras lavaba esperaba a tu
bisabuelo, se llamaba Victor, como tú. Nos encontrábamos allí a escondidas,
pues sus padres no me consideraban buen partido. Soy el espíritu dolido de una
persona y estoy aquí para resarcir mi buen nombre. Durante muchos años he
acudido a esta fuente para encontrar a Víctor primero, luego a alguno de sus
descendientes y, hasta hoy, la suerte no me ha sonreído. Mi novio, mi amor, se
enfureció conmigo, creyó que me había suicidado y no me lo perdonó. Nunca
regresó a la Fuente Amuña
por eso no pude explicarle lo que había pasado.
Eloísa se calló. En sus ojos habían aparecido unas
lágrimas traicioneras.
—Lo siento—dijo Victor, que seguía sin salir de su
asombro.
—Yo no me suicidé, me arrebataron la vida de una
forma cruel y rastrera, para después simular que había sido un suicidio y que
ni siquiera mi alma pudiera descansar en tierra santa. Dos hombres me golpearon
y me ataron, luego me colgaron de ese árbol, y así fue como me encontró mi
madre. Más tarde supe, porque cuando estás muerta puedes colarte en todos
sitios, que los había mandado su padre, tu tatarabuelo.
Víctor la miraba sin saber qué decir. A su alrededor
la primavera dibujaba un paisaje idílico, de la fuente brotaba agua en
abundancia, los pájaros piaban, el césped resurgía de las cenizas del invierno
y, sin embargo, una tristeza gris lo empañaba todo.
—Tengo que marcharme, he cumplido mi misión—dicho
esto, le dio un beso y desapareció, esta vez de forma instantánea.
Víctor nunca pudo olvidar aquella aparición, trató de
convencerse de que solo había sido un sueño, sin embargo, regresó cada veinte
de abril a la Fuente
Amuña con la esperanza de encontrar a Eloísa. Ella no volvió
a aparecer.
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jueves, 11 de enero de 2018
Alcaudete Imaginado: Antiguo Hospital de la Misericordia
Alcaudete Imaginado: El Antiguo Hospital de la Misericordia
Sabía que aquel edificio era especial desde el
primer día que empecé a trabajar allí.
Aún no tenía conocimiento de que anteriormente había sido hospital,
escuela y consultorio médico, apenas llevaba unas horas en Alcaudete. Fue cruzar la vieja puerta de madera y sentir
el aliento de una mujer en mi nuca y su aroma a colonia antigua, que tenía la intensidad
del jazmín recién cortado. Miré hacia atrás, pero no había nadie, solo un sol
ceniciento que rebotaba en la fachada blanca y se estrellaba contra los
adoquines de la calle. Subí por las escaleras, asida a la baranda de madera,
pues la presencia me había conmocionado, y notaba que mis piernas temblaban y
me hacían perder el equilibrio.
Mi despacho estaba situado en la primera planta,
desde la ventana podía ver el patio trasero, unas chumberas, un trozo de
muralla y lo más alto de la torre del castillo. Me sentí bien allí, casi había
olvidado esa brisa que perturbó mi llegada, quizás solo había sido un mal
presentimiento. Los primeros días todo transcurrió con normalidad. Por las
mañanas, justo al llegar, antes de conectar el ordenador, subía las persianas
amarillas de las ventanas de la fachada principal, que daban a la calle
Carnicería. Durante unos segundos contemplaba el cerro del Calvario y la Sierra Ahillos ,
como si buscara en ellos la fuerza necesaria para afrontar la jornada.
No sucedió nada especial
hasta el primer día que me tocó trabajar por la tarde. Estaba sola y anocheció
pronto. “El invierno se alía con los
espíritus”, era una frase que solía repetir mi madre en aquella estación. Al
poco de llegar, empezaron los ruidos. Eran pequeños golpes que venían del piso
de arriba. Subí las escaleras sin miedo, ya apenas recordaba ese aliento en la nuca
del día de mi llegada. Creía que los sonidos que había escuchado podían
provenir de algún gato callejero. Una mañana, al abrir la puerta, había saltado
uno por el hueco de las escaleras, sobresaltándome y provocándome una sonrisa
de alivio al descubrir que solo era un felino que había pasado allí la noche.
El segundo piso estaba dividido en dos grandes
salas de techos abuhardillados y una pequeña antesala con varios expositores.
En uno de ellos había algo que llamaba poderosamente mi atención: una vitrina
con instrumentos ginecológicos, me habían contado que en aquel edificio, cuando
todavía era un hospital, habían nacido muchos niños. Descubrí, asombrada, que
estaba abierta y que algunos de ellos habían desaparecido. De pronto, los
golpes se reanudaron, ahora con más intensidad, provenían de la sala de la
izquierda, la que estaba adaptada como aula de formación en simulación de
empresas.
Empecé a
sentir miedo. El miedo es algo extraño, se manifiesta de distintas formas, hay
gente que se queda paralizada, a otros les da por correr, hay quien se orina
encima o quien se vuelve agresivo. A mí
me da por cantar, no puedo evitarlo. Así, que sin más, empecé a entonar una
canción de Nino Bravo que tenía almacenada en algún remoto rincón de mi mente:
“De día viviré pensando en tu sonrisa, de noche las estrellas me
acompañaraaaaaaaaaaaaan…”
Entonces ocurrió algo que me obligó a callar.
Alguien me llamaba por mi nombre desde el otro lado de la puerta. Intenté
entrar, pero estaba cerrada. La llamada parecía más bien una súplica. Así que
bajé las escaleras en busca de la llave del aula. Ni siquiera paré a
reflexionar sobre lo que estaba haciendo, aquellos gritos desconsolados habían
despertado en mí el deseo de ayudar. Cuando abrí la puerta, en un acto reflejo,
se me abrió también la boca. En vez de los ordenadores, las mesas de despacho,
los paneles y las pizarras que componían el aula, me encontré con una hilera de
camas, con blancos cabeceros de forja, todas vacías menos la primera. Allí
yacía una mujer embarazada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y me pedían
suplicantes que la ayudara. Bajo su cama se estaba formando un charco, grité
cuando comprendí que era de sangre.
Yo sabía que los fantasmas existen. Me lo había
contado mi madre cuando era pequeña, ella solía verlos continuamente, por eso
no estaba más asustada aún. Y supe que en aquel edificio había fantasmas desde
el primer día, aunque intenté obviarlo y traté de centrarme en mi trabajo
burocrático. Y ahora estaba allí, frente
a una mujer etérea, que se abrazaba a su barriga como si quisiera evitar una
gran desgracia. Una desgracia que había ocurrido muchos años atrás.
¿Qué podía hacer? Sabía que aquello no era real,
pero la mujer seguía sufriendo. Me pedía
que salvara a su niña, “estoy segura de que será niña, yo voy a morir, pero
tienes que salvarla a ella”, me suplicaba. Recordé entonces que mi madre siempre
me decía que la mejor forma de espantar a un fantasma era aceptarlo, creer en
su existencia. Ese día yo pude comprobarlo. Traté de consolarla con palabras
dulces. Acaricié su pelo inexistente, sequé sus lágrimas de polvo y poco a
poco, tal como había llegado, fue desapareciendo. Salí del aula, apagué las
luces de la segunda planta, después de comprobar que todo el instrumental
médico había vuelto a su sitio, bajé a mi despacho y con la firme decisión de
abandonar aquel trabajo lo antes posible, empecé a redactar mi renuncia. Sabía
que aquello se repetiría, que los fantasmas no desaparecerían, pues en pocas
ocasiones encuentran a personas como yo, que pueden verlos y entenderlos. Eso
también me lo había dicho mi madre.
Aún tardé un par de semanas en marcharme, les di
tiempo a mis jefes para que buscaran a otro técnico en asesoramiento
empresarial y ponerlo al tanto de los asuntos pendientes. Unos días antes de
irme, una señora entró a la antesala de mi despacho mirándolo todo con
curiosidad, “cómo ha cambiado esto” me dijo. Y yo sentí un escalofrío al ver
sus ojos. “Yo nací aquí” continuó, “hace más de medio siglo. Pobrecita mi
madre, que murió al dar a luz”. Dicho esto, sus ojos se inundaron de lágrimas y
entonces lo entendí todo, aquellos ojos eran idénticos a los de la mujer
embarazada.
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miércoles, 10 de enero de 2018
Alcaudete imaginado: El calvario
Alcaudete
Imaginado: El Calvario
Siempre
que Clara discutía con su madre, algo que últimamente sucedía a menudo, se iba
al Calvario. Subía por el camino contando las cruces que encontraba, como si
necesitara comprobar que seguían siendo las mismas, que no se había producido
ninguna variación desde la última vez. Alguien le había dicho que tener trece
años no era fácil, que el cuerpo cambia y la mente más, que te haces un lío
contigo misma y odias a quien deberías querer. Quizás era eso lo que le pasaba
con su madre.
No paró hasta llegar al refugio antiaéreo, se
subió encima de él y desde allí contempló el magnífico espectáculo que le
ofrecía la Sierra Ahillos, después se fue girando hasta encontrarse con el
Castillo. Como siempre, soñó con ser una princesa medieval. Al poco rato, bajó y
se sentó sobre una piedra. A su alrededor el paisaje era verde, moteado de
florecillas blancas y amarillas. Los colores de la primavera estallaban
rabiosos. Allí arriba todo parecía más hemoso. De pronto, una voz masculina la
sacó de su ensoñación.
—Hola,
¿puedes ayudarme?
Clara se
dio la vuelta y se quedó de piedra cuando vio al propietario de la voz que la
había sobresaltado. Era un chico joven, de ojos azules y sonrisa perfecta, pero
no fue eso lo que llamó su atención, sino sus ropas. Vestía un uniforme de
soldado muy viejo y desgarrado por algunas partes, incluso se apreciaban unas
manchas oscuras que podrían ser de sangre.
—¿No me
has oído? Te preguntaba si puedes ayudarme. Tengo que encontrar al jefe del
destacamento para darle un mensaje. Es urgente.
—Sí, te he
oído, pero no sé a quién buscas, aquí no hay nadie.
—¿Han
abandonado la posición? ¡Imposible!
—No
entiendo nada de lo que dices, supongo que me estás gastando una broma, y no sé
por qué estás disfrazado si no es carnaval.
—¿Disfrazado?
No te entiendo…
—Pareces
recién salido de la Guerra Civil. Hace poco vi una película e iban vestidos
igualitos que tú; los rojos, los que perdieron.
—¿Cómo
dices? ¿Una película…? ¿Perdimos…?
—Vale, no
me rayes más, no estoy para bromas.
El chico
no la escuchaba, en ese momento miraba con asombro las antenas de telefonía que
estaban instaladas al lado de la pequeña ermita blanca. Después su vista se
fijó en el Castillo y exclamó.
—¡Parece
otro! Está más nuevo.
—Lo ha
rehabilitado el ayuntamiento, yo estuve hace poco con mi clase. ¿Cuánto tiempo
hace que no vienes por aquí?
—Solo dos
semanas, desde abril y, no sé, todo está distinto. ¿Puedes explicarme qué ha
pasado?
Una idea
absurda empezaba a tomar forma en la mente de Clara, aquel soldado parecía
salido del pasado, sabía que eso era imposible, pero no podía dejar de
pensarlo, así que le preguntó:
—¿Sabes en
el año que estamos?
—Claro, no
soy tonto, en el 38.
La chica
notó que la tierra se movía bajo sus pies, o aquel muchacho estaba mal de la
cabeza o había regresado del pasado. No sabía qué le daba más miedo.
—No, nada
de eso, estamos en el 2012, la guerra acabó hace tiempo, más de setenta años.
El soldado
se sentó a su lado, abatido. Para corroborar sus palabras, Clara le enseñó su
móvil. A él le resultó muy extraño, nunca había visto un reloj como ese,
cuadrado y lleno de imágenes que podían moverse a un solo toque de la chica. Hablaron
un buen rato, Clara le explicó lo mejor que pudo, la Historia no era su
asignatura favorita, lo que había pasado en todos aquellos años. Él le dijo que
se llamaba Evaristo Gutiérrez Mesa y que lo habían reclutado cuando cumplió los
dieciséis años, que no sabía muy bien el por qué de aquella guerra, que aún no
había matado a nadie y que esperaba no tener que hacerlo. Cuando terminaron de
hablar el sol ya se ponía a sus espaldas, incendiando el horizonte. Clara le
dijo que tenía que marcharse. Evaristo la miró con desconsuelo, ¿puedo ir contigo?, le preguntó con voz
apagada. Ella asintió con la cabeza, aunque no sabía cómo le explicaría a su
madre que volvía tan tarde y con un chico del pasado. Bajaron el sendero en
silencio, tan solos acompañados por el sonido del viento entre los pinos, como
un susurro de voces de otros tiempos. Clara llegó a su casa y, cuando se volvió
para invitar a pasar a Evaristo, no encontró a nadie. Había desaparecido.
Días
después, buscó el nombre de aquel chico en Internet. Evaristo Gutiérrez Mesa
había muerto en uno de los bombardeos de 1938, en la zona del Calvario, a la edad
de diecisiete años.
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