jueves, 12 de marzo de 2020

Entrevista por Alberto López Escuer





Es un placer entrevistar a Felisa Moreno Ortega para "Viendo la vida pasar", con ella hablamos de teatro y literatura un binomio que tan bien conoce Felisa no en vano ha escrito varias novelas y obras de teatro. Una escritora que disfruta con la dramaturgia y la narrativa lugares donde la magia se da de formas distintas , una magia llena de belleza.
·        Felisa has escrito Cuentos, relatos, novelas ¿Como surgió la idea de escribir teatro?
Fue a raíz de la publicación de un libro de relatos titulado Cuentos Caníbales. Los beneficios de este libro los destiné a la Asociación Española Contra el Cáncer y un grupo de teatro local, relacionado con esta asociación, preparó la adaptación de uno de los relatos y la llevó a escena el día de la presentación. Para mí fue impactante ver a mis personajes cobrando vida y moviéndose por el escenario. A partir de ese día decidí que quería escribir teatro y empecé a prepararme para hacerlo, leyendo manuales de escritura dramática y obras de otros autores.

·        ¿Cuántas obras de teatro has escrito hasta ahora?
Me resulta difícil precisar con exactitud, sé que son ocho largas, cuatro comedias y cuatro dramas, y más de treinta entre breves y mínimas. Lo cierto es que he hecho el recuento para esta entrevista  y me asombra tener tanta producción, pues solo llevo cinco años escribiendo teatro.

·        ¿Qué te resulta más fácil escribir novela o teatro?
Pues, en consonancia con la respuesta que he dado a la pregunta anterior, me resulta más fácil escribir teatro. Una novela me requiere mucho más tiempo, tanto para escribirla como para revisarla, con algunas he estado más de tres años. Una obra de teatro larga puedo acabarla en dos o tres meses, incluidas las revisiones. Disfruto mucho con la dramaturgia, me parece apasionante, más ágil y directa que la narrativa, pero también te permite momentos de calma y belleza estilística.

·        ¿Todas se han representado?
No, no todas, pero estoy satisfecha con el nivel de representación de mis obras, pues puedo decir que más del cincuenta por ciento han llegado a los escenarios. Y algunas de ellas han sido reconocidas con premios a nivel nacional e internacional. Me gustaría destacar “La luz prestada de la Luna” un drama sobre la prostitución y la trata de blancas, que obtuvo el premio nacional Martín Recuerda de teatro. Esta obra se estrenará en 2020 en el teatro Isabel La Católica de Granada.
También quisiera incidir en “Alojamiento gratuito”, una comedia sobre la vejez y las relaciones intergeneracionales. Esta obra ha sido publicada por la editorial madrileña Acto Primero y me gustaría que también fuera representada este año. Quizás, por primera vez, me atreva a ser yo la directora de una de mis obras. 
·        ¿Has experimentado la magia del teatro?
Sí, claro que sí. En cada función, cuando veo a mis personajes en escena y compruebo que el público reacciona como yo quería; cuando se ríe en el momento que había previsto que lo hiciera; cuando los espectadores se acercan a mí a final de la actuación y me dicen que se han emocionado con mi historia. Siempre he pensado que la literatura tiene magia, que se establece una conexión especial entre escritor y lector, en el teatro, esta magia es más inmediata e intensa.
¿Qué dramaturgos han sido tus referentes?
En la comedia he leído, entre otros,  a José Luis Alonso de Santos, Jardiel Poncela, y en teatro mínimo destacaría las “pulgas dramáticas” de José Moreno Arenas. Considero imprescindibles a Shakespeare y Calderón de la Barca, aunque aún me quedan lecturas pendientes de ellos. Y en la dramaturgia actual tengo especial debilidad por Alberto Conejero, que consigue trasladar la poesía a la dramaturgia sin caer en el exceso. Al llevar, relativamente, poco tiempo interesándome por este género, aún tengo muchas lecturas pendientes. Reconozco que he de profundizar en el conocimiento de los clásicos, a la vez que investigo dramaturgias nuevas, que me ayuden a encontrar mi propia voz.  
·        Dice la leyenda que la relación entre los autores y los directores no siempre es fluida ¿Como es la tuya con los directores que llevan al escenario tus obras?
Hasta ahora no he tenido demasiados conflictos con los directores de mis obras. Considero que la escritura, al contrario de lo que ocurre en otros géneros, es solo una parte del resultado final, que puede que no llegue ni al cincuenta por ciento. El director, los actores, los técnicos, etc. que intervienen en la puesta en escena tienen mucho que aportar para lograr el éxito de una función, por eso merecen todo mi respeto hacia su trabajo. Si me piden opinión, la doy, pero, normalmente, los dejo trabajar sin inmiscuirme.
·        ¿Cómo vives el día del estreno de una de tus obras?
Es un día de nervios, desde que me levanto. Sabes que la obra está muy trabajada, esperas que funcione y que el público disfrute de ella, pero siempre te queda la incertidumbre. Solo hasta que empieza la función y notas que todo fluye, no te quedas tranquila. Después es hermoso: los aplausos, el encuentro con los actores y el director o directora, con el público que se acerca a saludar… Sientes que todo el esfuerzo, que todas esas horas que has dedicado a escribir merecen la pena.

·        Nos han dicho que "Cuidado con lo que deseas" se va a llevar al escenario en Navarra ¿Qué te parece?
Estoy muy contenta de que esta comedia se represente en Navarra, creo que es lo más lejos que han llegado mis obras hasta ahora, si exceptuamos una lectura dramatizada que si hizo en Atenas en 2019. Además, me hace especial ilusión que sean un grupo de jóvenes los integrantes del grupo de teatro Valle de Ezcarbarte dirigidos por alguien tan apasionado del teatro como es Alberto López Escuer. Esta fue la segunda obra que escribí, en plena crisis económica, y aborda en clave de humor los problemas de una familia agobiada por la falta de trabajo y dinero. Espero que tenga allí el éxito que tuvo cuando la estrenamos en tierras andaluzas. Y me encantaría asistir, si nada me lo impide, estaré a allí el día del estreno.

·        ¿Cuáles son tus próximos proyectos literarios?
Siguen centrados en el teatro. Actualmente me encuentro en el proceso de creación de una obra que ha sido seleccionada para el Primer programa de mentoring con autoras de la Fundación SGAE, y estoy siendo tutorizada por la dramaturga Carmen Losa. La escritura dramática la compagino con artículos de opinión y relatos que publico en diversas revistas, por ahora descarto escribir novela.
       
       Entrevista: Alberto López Escuer 

lunes, 24 de febrero de 2020

La soldado rusa


https://youtu.be/a37ssX7ZHuE

martes, 1 de octubre de 2019

Excelente acogida en Noguerones a "Ni siquiera sabía su nombre"

Aforo completo en el Salón del Centro Socio Cultural Estrella Amaro en la representación de la comedia de Felisa Moreno "Ni siquiera sabía su nombre". De nuevo acudimos de la mano de la Asociación de Mujeres Las Nogueras, que celebraba su XVI Semana Cultural. Le representación de la obra culminó con un gran aplauso por parte del público que llenaba el salón. 





















martes, 3 de septiembre de 2019

La luz prestada de la Luna





XVII Premio Nacional de Teatro José Martín Recuerda

Esta obra nos lleva por un camino de incertidumbre y violencia. El hombre protagonista está secuestrado, encerrado en una nave y sometido a tortura por parte de dos mujeres, dos prostitutas que se alternan para atormentarlo. Él no sabe por qué está allí, no consigue recordar nada de su pasado y eso hace que la tensión sea mayor. Ellas, entre golpe y golpe, le cuentan como se vieron abocadas a la prostitución. Conforme avanza la obra, el espectador irá descubriendo que las cosas no siempre son lo que parecen, los personajes se van transformando y asoma su verdadera naturaleza.
Puedes adquirirlo en tu librería habitual y también en diversas páginas on line. Este es el enlace a Aamzon:

https://www.amazon.es/Luz-prestada-Luna-Premio-Recuerda/dp/8478076360

jueves, 4 de abril de 2019


¡OFERTA!
¡EN ABRIL, LIBROS MIL!

Estamos en un mes especial, el  23 celebramos el Día Internacional del Libro y creo que no hay mejor forma de hacerlo que facilitando la lectura. Por eso he decidido poner en oferta todos mis libros, y ofrecer dos ejemplares por tan solo 15€ más 2€ de gastos de envío.
Proceso de compra: Pulsa sobre el botón Añadir al Carro, puedes pagar con Paypal (Pagar con Paypal) o con tarjeta bancaria (Pagar). Después, enviarme un correo electrónico a felisamorenoortega@gmail.com indicando los dos títulos elegidos. O bien, dejar en el proceso de pago un número de teléfono para que pueda llamarte.
Si prefieres pagar por transferencia bancaria, escríbeme al correo antes indicado.
Si vives en Alcaudete, me lo puedes pagar en mano, escríbeme y quedamos.






OFERTA ABRIL




miércoles, 17 de enero de 2018

Alcaudete imaginado: Las caballerizas del Castillo



Alcaudete imaginado: Las caballerizas del Castillo

Aquella cena prometía ser inolvidable, las caballerizas del Castillo Calatravo se ofrecían como el mejor lugar para pedirte que te casaras conmigo. Reservamos con suficiente tiempo para una fecha muy especial, las Fiestas Calatravas, justo en el segundo fin de semana de julio. Buscaría el momento adecuado, cuando el hipocrás, el vino con especias que servían en la comida medieval, me diera el último empuje para pedirte que dejaras a tu marido y que ligaras tu destino al mío de forma definitiva. Con la excusa de un mareo repentino, saldríamos fuera y, con la Torre del Homenaje de fondo, te suplicaría que me hicieras la persona más feliz del mundo aceptando mi proposición.
Nuestra relación clandestina no ha sido fácil, supongo que tampoco lo sería la vida de los monjes en aquel castillo, siempre asediado; envuelto en luchas por defender una frontera que pasaba de un bando a otro una y otra vez. Estas guerras fronterizas  dejaban tras de sí cientos de víctimas, personas inocentes que tan solo querían vivir, más bien sobrevivir, en un mundo hostil. Así me he sentido muchas veces en mi vida, dentro de una lucha continua, ganando algunas batallas, perdiendo otras. Al otro lado de una frontera invisible más infranqueable que los muros del Castillo. ¿No te parece a ti, Sofía, que hemos combatido como verdaderos soldados?
Llegó el día. Estabas preciosa con aquel traje de época, verde como tus ojos de gata salvaje. Marcaba el cuerpo que yo tanto deseaba, el que soñaba cada noche. Él te llevaba de la mano, pero yo sabía que solo tenías ojos para mí. Bajo aquellos techos abovedados impregnados de historias no siempre amables, me sentía con la fuerza suficiente para enfrentarme a todos. Mi brazo sujetaba la espada que haría trizas la incomprensión con la que el resto del mundo vería nuestra relación. Una espada forjada en noches de insomnio, en las que solo podía pensar en ti. No me resultaba fácil regresar a mi cama tras nuestros encuentros, fría como una noche de enero, donde otro cuerpo ocupaba el que yo quisiera que fuera tu lugar. Heladas deberían ser, también,  las madrugadas a la falda del castillo, a la espera de una rendición que, a veces, tardaba meses. Nunca, nadie, consiguió entrar por la fuerza en el Castillo de Alcaudete. Nunca, nadie, logrará romper las murallas que protegen nuestro amor.
Tendremos que luchar como los monjes calatravos, aunque tengo la seguridad de que ellos nunca habrían peleado por nuestra causa. A aquellas caballerizas que ahora nos acogen con la luz tenue de las antorchas, regresaban los caballos, exhaustos por esfuerzo realizado. En las mesas, los manjares medievales nos trasladan a otra época. Entre risas, disfrutamos tomando los alimentos con las manos: no hay cubiertos. Unos actores interpretan la leyenda de la Fuente Zaide, narran las desgracias de un amor clandestino, como el nuestro. Te prometo que no acabaremos igual. No habrá muertes ni llantos, quizás algún grito, una discusión, insultos que no nos harán daño. Nadie decide de quién se enamora, no se elige, no se escoge. El amor crece hasta en los campos más baldíos. En nuestra boda estarán prohibidas las lágrimas, y no invitaremos a la gente que nos señale con el dedo. Solo  sonrisas y pétalos de rosa nos acompañaran en el paseo nupcial.
Ha llegado el momento. La luna se ha vestido de plata para la ocasión. Encerradas tras la puerta de las caballerizas, han quedado las voces de nuestras parejas y del resto de los asistentes a la cena. En mi mano derecha tiembla la cajita del anillo. No me pongo de rodillas, sería muy engorroso con esta ropa. Acaricio tu pelo y digo las palabras que tantas veces he soñado:
-          Sofía, ¿te quieres casar conmigo?
Y tu voz, que se ha vuelto de seda, que ha transformado tus palabras en mariposas que recorren el espacio y el tiempo con una terrible lentitud, me responde.

-          Es lo que más deseo en esta vida, María José.

Cogidas de la mano regresamos a las caballerizas, donde nos esperan los postres y nuestros maridos, con los que, antes o después, tendremos que hablar.

martes, 16 de enero de 2018

Alcaudete Imaginado: La Semana Santa




Alcaudete imaginado: La Semana Santa

Cada año, desde hacía más de diez, esperaba con ilusión que llegara la Semana Santa. Maldecía las veces en las que se retrasaba y tenía que aguardar hasta bien avanzado abril. No era por vestirme de nazareno ni por ver procesionar las hermosas imágenes que albergaban las iglesias y conventos de Alcaudete. Los días previos, sentía la necesidad de salir a correr, de perderme por los carriles de la Sierra Ahillos mientras trataba de recordar cómo era su rostro. No me había atrevido a sacarle ninguna fotografía, ni mucho menos a pedírsela. Tan solo el azul intenso de sus ojos permanecía con fuerza en mi memoria, me traía el recuerdo del mar, ese que a veces contemplaba en los veranos.
Siempre la encontraba durante la representación del Paso de Abraham, en la Plaza. Nada más verla, sentía que los edificios giraban alrededor de ella, que era el único centro de aquel universo de personas que contemplaban entre devotas y divertidas la representación de uno de los episodios de la pasión de Jesús, en las voces afectadas de actores ocasionales. Llevaba un vestido blanco y rebeca azul, el pelo sujeto con un pasador del mismo color, como hubiera querido vestirse a juego con su mirada. Me quedaba prendado de ese aire retro que desprendía su figura. En cuanto ella aparecía, el mundo dejaba de existir. Ya no veía la fachada engalanada del ayuntamiento ni su reloj ni sus escalones de piedra. No existía el Arco de la Villa ni las casas señoriales de fachadas ocres. Había desaparecido la antigua ermita de la Aurora y los macetones de flores del centro de la plaza. Mi mirada se clavaba en su figura, mientras la suya parecía ensimismada en la representación. En ese momento me sentía feliz porque la tenía un buen rato quieta, para mí solo. Podía observarla sin temor, me situaba a una distancia prudencial y dejaba que mis ojos se extasiaran en su belleza.
Antes del Viernes Santo, la buscaba en el recorrido de las distintas procesiones, pero nunca la encontraba. Intentaba localizar su intensa mirada azul tras la capucha roja de los nazarenos  de la Borriquilla en el Domingo de Ramos, la Borriquilla como solemos llamarla. O bajo la verde o granate de El Huerto y Nuestra Señora del Rosario, el Lunes Santo.  El Martes me afanaba en descubrirla tras los pasos de San Juan Evangelista, el Cristo de la Columna, la Virgen de la Amargura o el Cristo de la Agonía. Llegaba cansado a un miércoles en el que las procesiones se sucedían sin clemencia alguna: Virgen de la Piedad, Cristo de la Misericordia y la Virgen de las Lágrimas. También la buscaba entre la gente que contemplaba con devoción el paso de las imágenes. En esos momentos, me hubiera gustado ser como ellos y no estar obsesionado con la figura de una muchacha de la que no sabía nada, que tan solo veía una vez al año y que ocupaba mis pensamientos todos los días de mi vida. El Jueves Santo observaba los pasos, ya casi sin esperanza: Santísimo Cristo de la Expiración, Señor de la Humildad, Nuestra Señora de la Antigua, Jesús Cautivo y la Virgen de las Nieves. Me sentía agotado por mi Vía Crucis particular, por mi persecución a una imagen pagana, que no me aportaba consuelo ni descanso.
Por fin llegaba el Viernes Santo, cada año esperaba el momento con una mezcla de desazón y alegría, temía que no se presentara a nuestra cita, que me dejara plantado bajo el balcón de la plaza donde se representaba el Paso de Abraham. Antes había recorrido el resto de los pasos, sin éxito alguno. Pasada la representación, ella se perdía entre la gente. Por más que intentaba seguirla por la calle Llana, me era imposible. Cuando por fin podía avanzar entre el gentío, mi musa ya había desaparecido. No me daba por vencido y me iba al encuentro de las procesiones que salían ese día: San Elías, Nuestro Padre Jesús Nazareno, la Santa Verónica, la Virgen de los Dolores, y por la noche, el Santo Entierro y la Soledad. El sábado descansaba en mi casa, ya dada por perdida mi misión de búsqueda. El Domingo de Resurrección conseguía reunir fuerzas para buscar entre nazarenos y devotos su amado rostro. Cuando se encerraba el paso en la iglesia de San Pedro, yo me iba a enclaustrarme en mi habitación para sufrir en silencio mi mal de amores.
Esta Semana Santa será distinta, he renunciado a verla, pronto cumpliré treinta años y en mi vida no ha existido otra mujer aparte de ella. Mi madre me mira preocupado, soy hijo único y siempre quiso ser abuela. No iré a ver el Paso de Abraham, ni la buscaré como un loco entre la gente que visita Alcaudete. Me he propuesto olvidarla, sellar su recuerdo en un apartado oscuro de mi memoria. Creo que mi madre ha notado el cambio, mi sonrisa más amplia, la mirada menos tensa. Me pide que la acompañe a visitar a una amiga suya que emigró a Barcelona. Sus padres decidieron irse tras una desgracia familiar, no quiere entrar en detalles. Nada más llegar a la casa, noto un escalofrío. Huele a humedad y a tragedia. Una anciana se mece tranquila en el zaguán, al abrigo de unos rayos de sol que atraviesan el hueco de la puerta, la mirada perdida. Mi madre y su amiga se abrazan. Las dos pasan ya de los cincuenta, pero en sus risas encuentro un deje infantil, como si los recuerdos compartidos las rejuvenecieran. Las dejo que charlen mientras contemplo las fotografías que adornan las paredes. Algunas ajadas por el tiempo y la humedad que suelen acumular las casas cerradas. Creo que me voy a morir cuando veo un retrato de ella. Lleva el mismo vestido blanco, la misma rebequita azul, la misma mirada intensa. Trago saliva, el suelo ha dejado de ser consistente bajo mis pies. Necesito unos minutos para recuperarme. Por fin, logro reunir suficiente aire para preguntar: ¿quién es esa chica? La amiga de mi madre se acerca y mira con devoción el cuadro. Era mi hermana, murió hace muchos años. Nunca lo olvidaré, fue un Viernes Santo, se desmayó en la plaza viendo el Paso de Abraham y no despertó. Por eso llevábamos tanto tiempo sin venir en estas fechas, mi madre no podía soportarlo. Ahora ya no se entera de nada, tiene Alzeheimer.

lunes, 15 de enero de 2018

Alcaudete Imaginado: El Arco de la Villa

Alcaudete imaginado: El Arco de la Villa

Antes de esa noche, Elena pasaba todos los días con su Ibiza bajo el Arco de la Villa sin prestarle demasiada atención. No reparaba en su belleza, ni en la antigüedad de las piedras que lo componían. Permanecía allí desde siempre, recortando la calle General Baena con el Castillo al fondo o la casa de balcones amarillos de la Plaza 28 de Febrero, según desde donde se mirara. Alguna vez había escuchado que era la puerta de entrada al recinto amurallado de la antigua ciudad medieval.
La noche en cuestión era sábado y el reloj del Ayuntamiento marcaba las doce. Tras la cena de Navidad con los compañeros de trabajo, su coche se había quedado parado justo debajo del Arco. Por más que lo intentó, no consiguió que arrancara. Llamó a la puerta del edificio de la policía municipal, que estaba justo al lado, pero no recibió respuesta. Regresó al bar en busca de ayuda, ya habían echado el cierre y no quiso molestar. La plaza estaba desierta, en el mes de enero las puertas se cierran y la gente disfruta del calor de sus casas, al abrigo de los problemas ajenos. Buscó el teléfono móvil en su bolso, y maldijo entre dientes cuando comprobó que estaba sin batería. No podía avisar a su marido, ni a la grúa. Decidió esperar a que apareciera otro coche, no dudaría en prestarle ayuda, pues estaba obstruyendo la calle. Se metió dentro del vehículo y se arrebujó en el abrigo. A pesar del frío, el cansancio acumulado durante la jornada hizo que se quedara dormida.
La despertó el sonido de un claxon, provenía de un sedán negro de alta gama. Elena salió y se acercó a la ventanilla de cristales tintados. La golpeó con cierta delicadeza. En un primer momento no obtuvo respuesta. Como si el conductor del coche dudara qué hacer. Por fin, el cristal bajó y la mujer pudo verlo. Dio un respingo cuando comprobó que el hombre que estaba al volante llevaba un traje de caballero medieval y una máscara que le ocultaba casi todo el rostro. Solo dejaba a la vista unos labios gruesos y una barba bien recortada. Le pidió, casi le ordenó, que subiera a su coche. Ella lo pensó un instante, apenas unos segundos, y obedeció. Sintió una atracción tan fuerte que hacía que todo aquello le pareciera lógico. Por eso, no le extrañó que el sedán pasara bajo el Arco de la Villa atravesando su Ibiza, como si estuviera fabricado con aire. Ni que iniciara la empinada cuesta que llevaba al Castillo. Tampoco consideró raro que aquel tipo la ayudara a bajar y le pidiera que la acompañara a la torre del homenaje. Notó que le costaba andar, que algo trababa sus pies. Miró hacia abajo y en vez de su minifalda de lentejuelas encontró un vestido de raso verde que le llegaba hasta los tobillos. Aquello no podía estar pasando. El vino de la cena la había afectado y estaba teniendo visiones. Si solo había tomado cerveza sin alcohol… Entonces es un hermoso sueño, pensó, y se dispuso a disfrutarlo. Le quitó la máscara al hombre y descubrió unos inquietantes ojos verdes, una nariz recta, una frente despejada. Sintió deseos de besarle y así lo hizo. Era su sueño, luego no tendría que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su marido. El caballero la cogió en brazos y la llevó hasta su alcoba. Lo que sucedió después ella no logra visualizarlo con claridad, pero se estremece cada vez que lo recuerda. Hay sueños que parecen tan reales…
Cuando despertó seguía dentro de su Ibiza, un policía municipal trataba de llamar su atención golpeando los cristales, desde fuera no podía ver nada, pues estaban empañados. Elena le explicó lo que había pasado, probó a arrancar el coche para demostrarle que estaba averiado, pero el motor se puso en marcha al primer intento. Ella enrojeció, la tomarían por una estúpida. Metió la marcha y se dirigió a su casa. Lo que no te pase a ti, le dijo su marido en tono burlón cuando le contó lo sucedido,  y regresó a la cama. Ella se quedó levantada, no tenía sueño. Además, recordaba al caballero y echaba de menos sus caricias, ¿y si su marido notaba algo? Qué tontería, pensó, solo ha sido un sueño. Decidió olvidarse de todo, buscó el móvil en el bolso para ponerlo a cargar y al sacarlo, un pequeño sobre de color sepia cayó al suelo. Lo abrió, dentro había una tarjeta escrita con letra primorosa:
Pasaré a recogerte el próximo sábado,
 bajo el arco, a la misma hora.


domingo, 14 de enero de 2018

Alcaudete Imaginado: El río Víboras

Alcaudete imaginado: El río Víboras

Antes de que un seis de julio mi infancia cambiara para siempre, ya me preguntaba si los ríos podían sentir. Lo hacía cuando estaba sumergido en el Víboras, en alguno de los pocos remansos donde quedaba agua suficiente para poder bañarse. En aquellos años, finales de los setenta, el río formaba parte de nuestras vidas. Entonces, no había tantas piscinas y muy pocos podían permitirse unas vacaciones en la playa. Las madres se sentaban en la orilla para vigilar a sus retoños, con un tarro de Nivea en las manos, crema que hizo las funciones del bronceador hasta que a las tiendas de Noguerones llegaron productos más específicos.
La corriente ejercía una atracción fatal sobre nosotros, y nos gustaba disfrutarla a solas. Ese día decidimos escaparnos de la vigilancia de las madres, yo no tenía problema, porque la mía nunca estaba allí. Y no sabía si sentirme feliz o desgraciado, un poco de atención no me hubiera venido mal. Antonio era el más valiente de la pandilla, el que siempre tomaba las decisiones, y de él fue la idea de caminar río abajo en busca de un buen lugar para atrapar peces con las manos o tirarnos de cabeza desde una piedra. Los demás lo seguimos sin rechistar, ya había demostrado en varias ocasiones que era el más fuerte del grupo y nadie quería arriesgarse a llegar a casa con la nariz rota. Caminamos un buen rato por el lecho del río, pero no conseguimos atrapar ninguno de los escurridizos barbos que se atravesaron en nuestro camino.
Éramos seis y creíamos estar preparados para todo.
No para lo que surgió delante de nosotros a volver un recodo del río. Era el remanso más grande que habíamos visto nunca y ninguno recordaba haber estado allí ni que nadie le hubiera hablado de él. El agua parecía chocolate, como si alguien hubiera estado removiendo el limo del fondo con un palo gigante. En un primer momento nos sentimos felices, nuestro arrojo iba a tener su recompensa, allí podríamos disfrutar del baño sin que nadie nos molestara. El primero en lanzarse de cabeza fue Antonio. Aplaudimos y gritamos con entusiasmo, hasta que nos dimos cuenta de que tardaba demasiado en salir del agua. Esperamos varios segundos en tensión, pero su cuerpo no emergía a la superficie. Temiendo que se hubiera golpeado con una piedra, nos sumergimos en su búsqueda y tanteamos por debajo del agua, sin resultado alguno.
Ahora sólo éramos cinco. Cinco niños asustados que no sabían que hacer. Por mucho que buscábamos, nuestro amigo no aparecía. Asustados ante aquel hecho inexplicable, llegamos a la conclusión de que nos estaba gastando una broma, que se había ido nadando por debajo del agua hasta llegar a algún punto fuera de nuestra vista. Decidimos regresar, confiados de que en la presa nos encontraríamos a un Antonio burlón, que se reiría de nosotros por ser tan ingenuos. No fue así. Antonio nunca volvió de aquel remanso que se lo había tragado, como el pez grande se come al chico.
Acompañamos a los adultos para tratar de localizar el remanso, pero fue imposible dar con él. El río apenas llevaba agua suficiente para formar charcos pequeños. Sin embargo, a pesar de que nadie nos creía, nosotros estábamos seguros de haberlo visto y de que nos habíamos sumergido en él. Hubo quien nos señaló como culpables, pero la inocencia de nuestros ocho años y el miedo que se nos reflejaba en los ojos, disiparon cualquier sospecha.
El tiempo, que no todo lo cura, pasó. Los padres de Antonio murieron envueltos en la tristeza de no poder recuperar el cadáver de su hijo y los otros cinco niños aventureros nos convertimos en adultos tristes. Tras el suceso, sin darnos cuenta, nos alejamos los unos de los otros y nos fuimos integrando en otras pandillas.  Sin embargo, una fuerza extraña nos llevaba a reunirnos el seis de julio de cada año, el  mismo día que Antonio desapareció. La primera vez nos encontramos allí por sorpresa, cada uno llegó sin saber nada del resto. Caminamos río abajo hasta el lugar donde vimos el remanso y allí estaba. Enorme y chocolateado parecía mirarnos burlón, como diciéndonos que ya nadie nos creería. Comprendimos entonces que los ríos pueden quedarse con lo que quieran y escupir a la orilla lo que les desagrade.
Y al Víboras le había gustado la fuerza y el coraje de nuestro amigo Antonio.

viernes, 12 de enero de 2018

Alcaudete imaginado: La Fuente Amuña




Alcaudete imaginado: La fuente Amuña
Despertó con un tremendo dolor de cabeza. Al abrir los ojos, los primeros rayos de un sol de primavera lo deslumbraron. Tardó unos segundos en comprobar que no estaba solo, un rostro de mujer lo observaba con atención, sus ojos eran negros e intensos, con destellos de luz intermitentes, como una noche de tormenta. Se incorporó con dificultad, la cabeza le daba vueltas. Miró a su alrededor y comprobó que estaba en la Fuente Amuña, por su mente pasaron las  horas anteriores, el alcohol y las risas de las chicas. Ahora, allí no quedaba nadie de sus amigos, tan solo aquella muchacha extraña que vestía de una forma muy rara. Blusa blanca de manga corta, falda de vuelo hasta los tobillos y unas sandalias rústicas. Con una mano sujetaba un canasto lleno de ropa a su cintura, en la otra llevaba una tabla que le recordaba a la pila de lavar que había en su casa.
—¿Quién eres? —preguntó el chico.
—Eloísa me llaman, ¿y tú?
—Victor.
—¿Victor qué?, ¿cuál es tu apellido?
—Ah, no me gusta mi apellido, ¿tengo que decírtelo? Vale. Te lo diré, me llamo Victor Ahumado, ¿a que es raro?
La chica enmudeció, su rostro se había ensombrecido y una tristeza antigua acudió a sus ojos. De pronto, soltó lo que llevaba en sus manos y acarició el rostro de Victor, que la miraba asombrado.
—Te pareces mucho a él—dijo por fin—, su misma nariz, sus mismos labios…
—¿Quién es él? —preguntó Victor con cierto incomodo, no le había gustado que lo comparara con otro.
—Mi novio.
—Ah, tienes novio. Por cierto, ¿por qué vistes de esa forma?, ¿vas a un concurso de disfraces?
—No, visto así todos los días cuando vengo a lavar a la fuente. Disculpa, creo que debo explicarte algo.  Vengo del pasado, soy una aparición.
—¿Una aparición? —preguntó el chico asombrado.
—Sí, un fantasma, creo que es así como lo llamáis ahora.
Víctor la miraba con asombro, desde luego era una chica extraña, pero de ahí a que se tratara de un fantasma…. Alargó la mano y rozó su brazo, suave y consistente. No, no podía ser.
—Puedo materializarme o volverme invisible.
Nada más decir esto su contorno se fue desdibujando, su piel se difuminaba hasta desaparecer. Víctor creyó que iba a desmayarse.
—Quiero contarte algo—dijo Eloísa que, poco a poco, recuperaba su aspecto inicial—Sabía quien eras antes de preguntarte. Lo sabía desde anoche, desde que te vi llegar con tus amigos. Solo puedo aparecerme una vez al año, coincidiendo con el día de mi muerte. Ese día yo había venido a lavar, ese era mi oficio, la mejor lavandera del pueblo decían que era, y las familias más nobles contrataban mis servicios. Mientras lavaba esperaba a tu bisabuelo, se llamaba Victor, como tú. Nos encontrábamos allí a escondidas, pues sus padres no me consideraban buen partido. Soy el espíritu dolido de una persona y estoy aquí para resarcir mi buen nombre. Durante muchos años he acudido a esta fuente para encontrar a Víctor primero, luego a alguno de sus descendientes y, hasta hoy, la suerte no me ha sonreído. Mi novio, mi amor, se enfureció conmigo, creyó que me había suicidado y no me lo perdonó. Nunca regresó a la Fuente Amuña por eso no pude explicarle lo que había pasado.
Eloísa se calló. En sus ojos habían aparecido unas lágrimas traicioneras.
—Lo siento—dijo Victor, que seguía sin salir de su asombro.
—Yo no me suicidé, me arrebataron la vida de una forma cruel y rastrera, para después simular que había sido un suicidio y que ni siquiera mi alma pudiera descansar en tierra santa. Dos hombres me golpearon y me ataron, luego me colgaron de ese árbol, y así fue como me encontró mi madre. Más tarde supe, porque cuando estás muerta puedes colarte en todos sitios, que los había mandado su padre, tu tatarabuelo.
Víctor la miraba sin saber qué decir. A su alrededor la primavera dibujaba un paisaje idílico, de la fuente brotaba agua en abundancia, los pájaros piaban, el césped resurgía de las cenizas del invierno y, sin embargo, una tristeza gris lo empañaba todo.
—Tengo que marcharme, he cumplido mi misión—dicho esto, le dio un beso y desapareció, esta vez de forma instantánea.
Víctor nunca pudo olvidar aquella aparición, trató de convencerse de que solo había sido un sueño, sin embargo, regresó cada veinte de abril a la Fuente Amuña con la esperanza de encontrar a Eloísa. Ella no volvió a aparecer.