Translate

viernes, 31 de octubre de 2014

HALLOBLOGWEEN, 2014


Me apunto a la iniciativa de mi amiga Teresa Camesalle, puedes ver más sobre esta forma de compartir relatos terroríficos en su blog: http://www.teresacameselle.com/2014/10/pasen-y-vean-halloblogween-2014.HTML



Título: No abras la puerta

 No abras la puerta a nadie, le dijo su madre antes de marcharse a trabajar, aunque te lo pida por favor, te lo suplique o te prometa cosas maravillosas, ¿entendido? El niño asintió con la cabeza. Era verano, a través de la ventana veía a los otros chicos corretear. Él no podía salir. Había prometido no abrir la puerta de la calle, ni las demás… Se entretuvo jugando con los cromos, hasta que el ruido de los gritos le resultó insoportable. Voces dulces que le pedían por favor que les abriera, voces agresivas que se lo exigían, voces desesperadas.

Si están encerrados es porque se lo merecen, son unos degenerados, le decía su madre, pero él no entendía qué significaba degenerado. Ni entendía por qué apenas les daba de comer ni por qué los torturaba cada noche azotándolos con un látigo. Tampoco comprendía el anuncio de prensa que su madre tenía recortado: “Ama cruel busca sumiso para hacerle sufrir”

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cuentos Caníbales, un libro solidario.


Hace casi seis meses que no me asomo a este blog. Me he dejado seducir por la inmediatez de Facebook y otras redes sociales, pero no olvido que este fue mi inicio como escritora en internet.
Hoy regreso para anunciar que tengo un nuevo libro editado. Es un proyecto muy especial, pues está financiado por la empresa Desguace J.Torres SL y todo el dinero que se recaude con su venta se destinará a la Asociación Española Contra el Cáncer. Es especial también porque está dedicado a mi hermana María, que murió hace poco víctima de esta enfermedad.
Si estás interesado en adquirir este libro, en el margen derecho de esta página puedes encontrar un acceso para pagarlo con Paypal o tarjeta de crédito o de débito. Si prefieres hacerlo por transferencia bancaria, escríbeme un correo a felisamorenoortega@gmail.com
También puedes encontrarlo en todas las librerías de Alcaudete.
El precio es de 10 euros más 2 de gastos de envío (para envíos en Península y Baleares, en otros casos consultar en el correo electrónico).
Agradecería también toda la difusión que puedas hacer sobre este libro, todos conocemos a alguien que ha padecido o padece esta enfermedad, entre todos podemos hacer algo por combatirla. Gracias.

 

viernes, 28 de marzo de 2014

Presentación La nieve en el almendro en Jaén.


lunes, 3 de marzo de 2014

Entrevista en Mundo Palabras




Felisa Moreno Ortega (Alcaudete (Jaén) 1969), a quien ya tuvimos el placer de entrevistar, acaba de presentar la novela La nieve en el almendro. Una autora que desde aquel diciembre de 2010 ha seguido creciendo. Mucho y bien. Buen momento para que nos hable de ella; de la obra y de su carrera.
 
mundopalabras: Encantados de contar contigo de nuevo en esta página, Felisa. La nieve en el almendro es tu nueva novela. ¿Qué encontrará el lector en ella?
Felisa Moreno: Para mi es un placer y un honor repetir en estas páginas, y agradezco mucho la invitación.
La nieve en el almendro nos trae la historia de un amor imposible, que son los más intensos. Julián, el protagonista, en 1978 se enamora de la madre de su mejor amigo, cuando tan solo cuenta con trece años. Treinta años después, en el bar que regenta aparece esta mujer convertida en una mendiga. A partir de este suceso, la vida de Julián se trastoca. Está casado con una mujer a la que no quiere, sus hijas lo desprecian, mantiene una relación con una prostituta; en definitiva, vive una vida que no le gusta en absoluto. A esto se le añade el peso de los recuerdos, los remordimientos por un hecho trágico que destrozó su infancia. En su bar trabaja Salva, un camarero aspirante a escritor. Él será el encargado de escribir la historia de Julián niño, una novela dentro de otra novela, con un estilo diferente, incluso con título propio: Retazos de amor y sexo. A partir de los recuerdos de Julián, Salva irá reconstruyendo la historia de ese amor adolescente, mientras convive con sus propios demonios.
Aunque la trama pueda parecer compleja, es una novela fácil de leer, con un lenguaje sencillo y sin excesivas florituras. Una novela que conmueve al lector, pues profundiza mucho en los personajes, incluso en los secundarios. No hay buenos ni malos, solo personas empeñadas en sobrevivir, porque hasta el más malvado de la novela, Don Andrés, tiene tras de sí una historia de sufrimiento y humillación.
No debería ser yo quien lo dijera, pero considero que esta es una novela que no dejará indiferente al lector, que tras el proceso de la lectura le llevará al de la reflexión y la asimilación de lo leído. Refleja un tema que es recurrente en mí, y creo que en muchos escritores más, el hecho de que la infancia puede marcar, para bien o para mal, el resto de tu vida.
 
 
mp: La asesina de los ojos bondadosos, Trece cuentos inquietantes, Cuentos caníbales, El Club de las Palabras Prohibidas y ahora La nieve en el almendro. Muy fecundos estos últimos años, sin duda. ¿Has sentido alguna evolución en tu narrativa desde las primeras obras hasta esta última?
FM: Por supuesto, he evolucionado y mucho. Creo que los escritores tenemos que estar en constante cambio, aspirar a la perfección, aunque sepamos que llegar a ella es imposible, de ahí la frustración que siempre nos acompaña. A mí me daba miedo la posible reacción de mis lectores ante esta nueva novela, porque se sale de la línea de las obras anteriores, más centradas en la intriga, con tramas más dinámicas o finales sorprendentes. Aún siendo consciente de esto, necesitaba escribir esta historia, para mí suponía un reto en distintos aspectos, sobre todo por ponerme en la piel de un adolescente y de un hombre adulto; hubiera sido más sencillo narrar los hechos desde el punto de vista de algún personaje femenino, desde luego, pero ya no sería lo mismo. Creo que esta es la novela más madura que he escrito hasta ahora, también a la que he dedicado un mayor esfuerzo.
 
mp: Parece que tu carrera literaria se asienta, Felisa. ¿Te marcas objetivos aún mayores?
FM: Marcarse objetivos en la literatura nos puede llevar a la frustración si, con el tiempo, no llegamos a alcanzarlos. Por eso prefiero vivir el día a día, disfrutar del momento. Por supuesto que me gustaría que me fichara una gran editorial y que mis libros estuvieran en todas las librerías o ganar algún premio importante, pero prefiero pensar que eso no está en mi mano y que debo centrarme en aprender y mejorar, que eso sí depende de mí. Además, mi experiencia con editoriales modestas ha sido muy buena, la relación que se establece es muy cercana. El editor es un amigo, sientes que estás llevando a cabo un proyecto común y que tu opinión es valorada. Esto en una editorial más grande seguro que sería mucho más complicado.
En definitiva, prefiero no marcarme objetivos, solo disfrutar con lo que hago, algo que me enseñó Ramón Alcaraz, mi profesor de escritura creativa y editor de mi última novela.
 
mp: ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario? ¿Qué puedes adelantarnos?
FM: Llevo unos meses en los que me cuesta mucho ponerme a escribir. Inicié una novela policíaca en la que recupero a Raquel, la periodista de mi primera novela La asesina de los ojos bondadosos, pero por ahora está aparcada. Por otra parte, tengo una novela terminada, que aún necesita varios repasos, que aborda el tema de la locura. Está en el “cajón virtual” de mi ordenador, reposando hasta que llegue su momento. También hay algún cuento infantil a medias y otros finalizados a la espera de respuesta editorial, pues me interesa mucho trabajar con los niños. Y hace poco, animada por mi hija, inicié una novela juvenil.
Ah, y estoy preparando la edición en papel de Cuentos Caníbales, que va a ser financiada por la empresa jiennense Desguace Juan Torres Sánchez S.L. y cuyos beneficios irán íntegramente destinados a la Asociación Española Contra el Cáncer
 
mp: Autopublicación o edición tradicional. Felisa, siempre has podido publicar en una editorial tradicional, pero ¿qué piensas de la autoedición? ¿Te parece una salida digna para una obra? ¿Te lo plantearías?
FM: Creo que no son salidas incompatibles para la obra de un escritor, incluso pueden ser complementarias. Esto se está demostrando en Amazon. Autores que empezaron auto publicándose en esa plataforma, y que tuvieron éxito, han visto luego como las editoriales importantes se interesaban por su obra y la editaban en papel.
Lo único que le diría a los escritores que se plantean la autoedición, sobre todo si es en papel, es que tengan cuidado con las promesas falsas que hacen algunas editoriales de autoedición o coedición. Que sean conscientes de que quien venderá esos libros será el propio autor y que, por tanto, lo que debe procurar es la mayor calidad al menor precio. No descarto la autoedición, es más, Cuentos Caníbales está autoeditado en Amazon. En cuanto al formato papel, también me la he planteado en varias ocasiones, pero si alguna vez la llevara a cabo, tengo muy claro que me iría directamente a una imprenta, sin pasar por intermediarios. Eso no significa que no contratara unos servicios de corrección, de diseño de portada, etc., me refiero a que no pagaría por una supuesta distribución y promoción que luego no es tal. Hoy en día el autor tiene mecanismos para distribuir su propia obra, sin dejarse llevar por encantadores de serpientes.
 
mp: En el 2010 te pedimos un par de consejos para escritores noveles. Hoy volvemos a hacerlo. Desde tu experiencia, ¿qué puedes aportarles?
FM: Cada día tengo más claro que esto es una carrera de fondo, con altibajos emocionales. A veces, perdemos el norte, nos ofuscamos y creemos que merecemos más de lo que hemos conseguido, el famoso ego del escritor. Miramos con envidia a aquellos que ascienden en el escalafón con menos méritos literarios, al menos desde nuestro punto de vista. Por eso mi principal consejo lo podría dar el conserje de la serie de televisión La que se avecina: “mente fría”. Hay que ser muy conscientes de que somos una gota en la inmensidad del océano, ser humildes y aceptar las críticas, disfrutar de lo que nos aporta la literatura: la grandeza de crear mundos y personajes, la relación con personas que tienen nuestros mismos intereses, el comentario de algún lector agradecido, la reseña en un blog de lectura, o el hecho de que alguien te ofrezca la posibilidad de contar tu experiencia en una entrevista como esta, algo que agradezco y valoro en gran medida.
Otros consejos más prosaicos serían:
-        Escribe sobre aquello que realmente te interesa, no te dejes llevar por modas. Trata de escribir lo que te gustaría leer.
-        Corrige hasta el aburrimiento, solo así al lector le llegará lo que realmente querías contarle. Cuidado con las repeticiones, el exceso de gerundios, adjetivos, etc. Un error típico del principiante, a mí me pasaba, suele ser el abuso de los adjetivos para “adornar” el texto. Es mejor dedicar tiempo a encontrar el adjetivo o el recurso literario que se ajusta al momento (comparación, metáfora, etc.) que poner una docena de adjetivos sacados de un diccionario de sinónimos.
-        Consigue que alguien lea tu obra, si puedes permitirte pagar un profesional, mucho mejor; si no, pide ayuda a algún amigo que sea lector, en quien confíes y sea sincero.
-        En relación con la anterior, acepta las críticas constructivas, solo así podrás crecer como escritor.
-        No te empeñes en publicar desde el minuto cero. Si la obra tiene la suficiente calidad, le llegará su momento. Si tienes un gran deseo de compartir lo que escribes, recurre a plataformas de autoedición que no te supongan un coste desproporcionado.
-        Participa en certámenes, pero no en los de las grandes editoriales, que suelen ser más complicados de ganar (por no decir imposible), sino en otros más modestos. Si ganas o eres finalista, puedes ver tu obra publicada. Así empecé yo y no me ha ido mal, estoy satisfecha con lo logrado hasta el momento.
 
 
Puedes adquirir la novela por 12 euros (sin gastos de envío adicionales) enviando un correo a info@editorialeldesvan.com
(Si haces referencia a que has leído esta entrevista en mundopalabras.es, recibirás, junto con el libro, un obsequio de la editorial).

domingo, 16 de febrero de 2014

Reseña de Elena Marqués en Canal Literatura



Quiero dar las gracias desde este blog a Elena Marqués, por la completa y detallada reseña que ha hecho de mi libro. Y he querido copiarla aquí porque creo que hace una muy buena aproximación a mi novela.

La nieve en el almendro (El desván de la memoria, 2013), última novela de Felisa Moreno Ortega, es, en realidad, dos novelas que se complementan. Por un lado la que se desarrolla en un presente acuciado por los recuerdos, la del Julián cuarentón y vencido, casado sin amor y padre de dos hijas distantes y desagradecidas que busca el refugio de una prostituta y vuelve a su no menos desastroso pasado al reencontrarse con Macarena, madre de su mejor amigo en la adolescencia de la que estuvo (y quizás aún está) perdidamente enamorado. Por otro los capítulos trazados por Salva, camarero en su bar, conato de escritor que tiene en común con la autora de este libro su vinculación con Alcaudete (¿querrá este dato identificar, de algún modo, a los dos narradores?), que reconstruye lo que su jefe le cuenta en los capítulos de Retazos de amor y sexo hasta que se enfrenta a sus propios problemas y termina abandonando.
Con esto quedaría resumido el libro, del que no quiero desvelar cómo acaba pues sería una verdadera faena para el lector. Es, eso sí, un final sorprendente, y quién sabe si necesario, muy bien guardado a lo largo de todo la obra aunque la autora ha sabido dejar alguna pista, ha trabajado en la coherencia de ese aspecto fundamental que es la estructura.
Igualmente trabajado está el lenguaje, aparentemente sencillo, pero a la vez poético, con imágenes hermosas y vivas que dejan traslucir a una gran escritora en ciernes, con buenas descripciones físicas tras las que enseguida entrevemos la figura completa.

Llama la atención el escaso protagonismo de algunos personajes, los que conforman la vida actual de Julián. Su mujer y sus hijas apenas son sombras que le destrozan los días, a las que evita a toda costa pues su mero contacto lo hace infeliz. Sin embargo, los que componen la segunda novela acaban superponiéndose a los primeros, por ser, al fin y al cabo, los que expliquen tantas cosas (no hay más que ver el título del primer capítulo del libro, «El peso del pasado»). Serán esos actores de su adolescencia los que acaparen nuestra atención.
La abuela de Julián es protagonista fundamental, mucho más que los padres. Su imagen dura se va suavizando poco a poco a los ojos de su nieto y ante los lectores al conocer los reveses que le ha dado la vida.
Porque realmente todos los personajes han atravesado una existencia trágica; algo que se nos haría insoportable si la autora no fuera dosificando la información, cambiándola según la percepción del que lo cuenta, ya sea el Julián adulto o el Julián niño.
Quizás la presentación de muchos personajes como meros prototipos sea necesaria al argumento. Cada uno participa y se muestra en función de su papel en la obra. También su caracterización fluctúa con datos que parecen contradictorios, como si el producto de los recuerdos no alcanzara una sólida consistencia o el transcriptor interpretara y escribiera según el momento. Así, Macarena, un fantasma que apenas habla en la novela número 1, es en «Retazos de amor y sexo» solo una mujer hermosa y sensual, y, aunque se nos informa de cierta actividad política, esta no se desarrolla por no ser un elemento fundamental en la trama. La hermana de Julián, Marta, se presenta simplemente como la niña odiosa y mimada que desemboca en la droga seguramente cuando descubre que la vida no le gusta. La madre es una mujer triste que solo le demuestra indiferencia. La existencia del padre se reduce a estar siempre borracho. Y Salva, que ansía convertirse en escritor, se retira abruptamente agredido por su propio pasado, aunque llega a finalizar lo fundamental de su obra. Nos sirve de escribano y de contrapunto aparentemente amable a la triste realidad de su jefe, maltratado desde la niñez por unas burlas que no acaban de desaparecer.
Por supuesto, hay otros personajes secundarios que no merecen mucha más atención, todo ese público que llena el bar por las mañanas, incómodo ante la realidad sucia de una mendiga a la que desprecian. Será don Andrés quien se erija en portavoz y pida su alejamiento, como podía haber sido cualquier otro, si bien la autoridad que le confiere su cargo en la empresa Resplandor Seguros es la que lo empuja a actuar. Su caracterización como un chulo insensible es también la esperada en estos casos.
Papel fundamental es el de los espacios, mejor tratado que el tiempo, donde se detectan algunas inexactitudes (parece que toda la historia de Macarena se reduce a uno o dos meses, algo difícil de creer dada la profundidad y la trascendencia de la relación). Los lugares de la infancia se plasman en las páginas con todos sus sabores y olores; una pobreza triste que se suaviza en la casa de Macarena, pues su mera presencia todo lo arregla, y el hecho de que sea un lugar prohibido lo idealiza aún más. Y, acompañándolo todo, la insistencia de la lluvia, que no acaba de borrar las máculas de la desgracia.
La nieve en el almendro es una novela de contrastes, donde la diosa se convierte en pordiosera, donde el amor de Julián oscila entre la piel negra de Mariela y la nieve de su recuerdo adolescente, donde la vida mediocre pero acomodada que ha alcanzado se cambia por el abandono y la soledad quizás como deseo de pagar innecesariamente una culpa que solo descubriremos en el último capítulo: aquel hecho de 1978, su enamoramiento de Macarena, que solo traerá consecuencias trágicas y justifica la mayor y más trascendente de sus decisiones.
Por eso digo que el libro está bien estructurado, pues va aportando los elementos para que conozcamos toda la historia de Julián, desde su mísera adolescencia hasta su mísero final, en el momento justo, con datos que se reparten entre las dos historias paralelas con voces diferentes pero, en el fondo, muy semejantes: la del protagonista de esta historia y la de su narrador, que abandona la tarea, quién sabe si definitivamente, por una mujer que vuelve de un pasado también dañino.
Porque La nieve en el almendro es, como ya indica su primer capítulo, una novela sobre el peso del pasado, una cuenta pendiente para todos y cada uno de nosotros. También para Salva, el contrapunto del protagonista, que, sin embargo, acabará igualmente engullido por las circunstancias.
Debo confesar que se sufre mucho al leer esta novela, que se siente uno «abducido» por ese fardo del que es imposible liberarse para construir cada día un nuevo presente. Que es muy difícil tirar lastre. Y que la historia acaba por repetirse en su ciclo inagotable.
Quizás es que yo no haya querido entender que el final no es triste y que la elección de Julián es la que lo libera; que lo que para mí significa sumergirse en una nueva pesadilla no es sino un gran paso para el protagonista. Que la frase del principio «Dicen que si sacas fuera lo que te hace daño, el dolor disminuye, que es como extirpar un cáncer» realmente consigue su efecto.
Pero en esto, como en todo, será el lector quien calibre.
 Elena Marqués

jueves, 13 de febrero de 2014

Retazos de amor y sexo (I) (La nieve en el almendro)


La nieve en el almendro es algo más que una novela, en realidad son dos, y creo que es justo ofrecer la lectura del primer capítulo de la novela que habita dentro de la otra novela. En esta se narra la vida de Julián adolescente, con la visión que le da Salvador, un camarero que quiere ser escritor.




 
Retazos de amor y sexo (I)
 
 
La familia
 
La abuela, vestida de negro y con un delantal de cuadritos.
 Mi padre rascándose la entrepierna y viendo Sandokan en la tele.
Mi amigo Carlos agachado, jugando a las chapas.
Las braguitas de colores de Macarena colgando del tendedero.
 
Todas las historias, hasta las más insignificantes o vulgares tienen un inicio, un punto de partida que nos lleva al desarrollo del argumento; después, éste se resuelve en un final más o menos inesperado. La mía se inició el día que Carlos se mudó a nuestro barrio a principios de septiembre de 1978. Casi un mes después, y a pesar de que ya éramos buenos amigos, yo aún no había entrado en su piso ni una sola vez. La culpa de que nuestra amistad no incluyera visitas a nuestras respectivas casas la tenía mi abuela. Me había prohibido terminantemente ir al piso de mi amigo, si entraba en aquella casa acabaría condenándome al infierno, al menos eso era lo que ella decía y, para dar más fuerza a sus palabras, me pellizcaba el brazo hasta hacerme prometer que nunca pasaría el umbral de aquel piso.
Como decía, mi historia alcanzó esa categoría cuando Carlos y su madre se mudaron a nuestro barrio. El niño tardó poco en ser mi mejor amigo, entre otras cosas, porque no tenía ningún otro. Los dos jugábamos en la acera con la misma expresión de aburrimiento y cara de acelga cocida. Fue él quien se acercó un día y me invitó a echar una partida de las chapas. Desde entonces, nos volvimos inseparables, dos islas que repentinamente se habían unido por un arrecife de coral o, mejor dicho, por unas chapas multicolores.
Su madre, tan joven como bonita, se convirtió en el objeto de mi admiración, no había nada en ella que no me pareciera hermoso y original. Me sentía feliz el día que podía verla, aunque fuera a distancia, desde la ventana de mi dormitorio, o por la de la cocina, cuando tendía la colada en el patio de luces, aunque desde allí apenas podía admirar sus brazos delgados y morenos, que acababan en unas manos pequeñas y ágiles como palomas.
En realidad, ella es la protagonista de esta historia, por eso se inicia con el día en que me habló por primera vez. La jornada empezó mal, como siempre, por causa de mi abuela.
Esa mañana, mi abuela cogió a Satanás por la piel del cuello, a salvo de sus garras, y tomó impulso para lanzarlo por la ventana. Me estremecí al oír el aullido que escapó de la garganta del gato mientras surcaba el aire enrarecido de aquel barrio maloliente. Me asomé al ventanuco de cristales sucios, buscando el cadáver de mi mascota sobre el cemento. Pronto descubrí, con alivio, que el felino huía calle abajo, sólo perseguido por las risas de unos chiquillos que jugaban a las canicas en la acera.
Mi abuela se llamaba Catalina. Vestía de luto riguroso, camisa, falda y toquilla, excepto un delantal a cuadritos blancos y negros que solía usar para estar en casa. A mí me recordaba a los personajes de los dibujos animados, que siempre aparecían en el televisor con la misma ropa. Al principio pensaba que vestían igual porque eran más pobres que yo, y eso me reconfortaba. Me identificaba con Marco, mis pantalones también solían gastar remiendos mal disimulados; pero yo tenía madre y no necesitaba salir a recorrer el mundo tras ella. Una madre, eso sí, que apenas veía, se marchaba al amanecer y no regresaba hasta la hora de cenar. Mi abuela, encargada de cuidarme, se recogía el pelo en un moño gris, un puñado de pelos tristes claveteados con horquillas de metal, a veces se sacaba una para limpiarse la mugre de las uñas o la cerilla de los oídos. Sus ojos pequeños, vivos, nerviosos como insectos deslumbrados por una bombilla, nunca se detenían en un sitio concreto, y eran capaces de inspeccionar una habitación en escasos segundos. La nariz, chata y aplastada, apenas daba sombra a unos labios escasos formados por dos líneas pardas que se curvaban hacia abajo en un rictus de despecho.
 
 Al cabo de una hora, el gato regresó maltrecho y tembloroso, cuidándose mucho de acercarse a los tobillos de mi abuela, hinchados como globos y negros como el candil que se trajo del pueblo y que guardaba en su cuarto como una reliquia, nunca se fío demasiado de la luz eléctrica. Solía ocultar sus piernas, comidas de varices, tras unas gruesas medias oscuras. El luto lo llevaba por mi abuelo Macario, aunque yo sospechaba que no era por pena, sino por el qué dirán. Más de una vez la había sorprendido mientras escupía en un retrato del abuelo que conservaba sobre la cómoda de su cuarto. Lo agarraba con rabia y lanzaba insultos y babas sobre la fotografía. Al final, lloraba e imploraba perdón al difunto en un inesperado brote de  arrepentimiento.
Recuerdo, no sin cierta nostalgia, las noches en que mi madre me obligaba a dormir con mi abuela porque tenía miedo de quedarse sola en la habitación donde había muerto mi abuelo. No es que me gustara compartir lecho con el cuerpo ajado de la anciana, con su insufrible aroma a sopa de ajo y a sudor agrio. El caldo de la sopa que sus dedos temblorosos derramaban sobre el delantal calaban la combinación y permanecían allí toda la semana, hasta el domingo, día de baño general. No me gustaban tampoco sus ronquidos agónicos; más de una noche la pasé en blanco por temor a que se muriera allí mismo, junto a mí; ni los pedos que se tiraba los días que comíamos potaje: de garbanzos, de lentejas, de alubias; es decir, casi todos los días. Lo que me hacía recordar aquella etapa de manera agradable era la pasión de mi abuela Catalina por las cartas. Cada día jugábamos un rato a la brisca o al chinchón antes de apagar la luz. Le brillaban los ojos cuando llevaba buen juego, incluso conseguía enderezar la línea de sus labios en algo parecido a una sonrisa. No solía dejarse ganar; aunque cuando yo empezaba a aburrirme, misteriosamente, ella perdía. Pensaba entonces que me permitía pequeños triunfos porque me quería, porque era su nieto preferido. Cuando cumplí un par de años más me di cuenta de que mi abuela actuaba movida por el egoísmo, por el ansia de seguir jugando. Comprendí que aquellas victorias regaladas eran sólo un caramelo para incitarme a continuar. Aun así, fueron los únicos momentos agradables que viví con mi abuela, y me gustaba conservarlos envueltos en ese halo de felicidad que da la nostalgia, aunque fuera falsa. 
Yo tenía mi propia teoría sobre el miedo de mi abuela a quedarse sola en la habitación: ella creía en las apariciones de los muertos, y pensaba que su marido regresaría para llevársela, algo remordía su conciencia, quizás su negativa a cuidarlo en sus últimos días. Mi madre solía contar que una mañana se sentó en una mecedora, justo al lado de la puerta de la habitación conyugal donde reposaba el enfermo, y desde entonces no se movió de allí ni de día ni de noche; decía que prefería morir de hambre a vivir con aquella vergüenza. Al principio mi madre no le hizo demasiado caso, pues a la abuela siempre le gustaron los grandes aspavientos que luego se quedaban en nada; pero esta vez iba en serio, pasó más de dos días con sus noches meciéndose a un ritmo pausado y sólo se levantaba para ir al retrete.
Fue por este motivo por el que el abuelo murió justo en aquella cama. Mi madre se lo llevó a casa ya moribundo para atenderlo mejor. La abuela no quiso venir, pero prometió que volvería a moverse y a comer. No nos visitó hasta que falleció el abuelo, entonces se mudó a vivir con nosotros, algo que cayó muy mal a mi padre, que nunca se había llevado bien con su suegra.
—¿Qué miras, zagalón?
—Nada
—Pues eso, a ver si tengo que hacer contigo lo mismico que con el gato ese del demonio, el muy gandul se echó la siesta sobre el chaleco que le estoy tejiendo a tu hermana.
No contesté, aunque me dolieron sus palabras. Sabía que cuando la abuela estaba de malas era mejor callar nada. Me hubiera gustado que el chaleco fuera para mí, pocas veces se acordaba de que tenía un nieto; en todo caso, para pedir ropa usada a la vecina del tercero y humillarme un poco más obligándome a que me la pusiera para ir al colegio. Llevar las camisas de otro, algunas incluso con las iniciales de un extraño bordadas, hacía que me sintiera inferior al resto de los niños. Mientras que las prendas pertenecieran a chicos de fuera del barrio no me importaba demasiado, el problema era el vecino del tercero, un año mayor que yo, hijo único, mimado y orgulloso. Más de una vez me había dejado en ridículo en el colegio, sobre todo delante de las chicas, me señalaba con el dedo y decía: esa camisa es mía, ese pantalón y esos zapatos son míos. Y yo hubiera querido desaparecer. Que la tierra se abriera a mis pies y me tragara. Ser pobre es una mierda, una gran mierda, repetía una y otra vez, como si hablar de modo escatológico pudiera compensar las humillaciones que sufría a diario.
Durante la comida mi padre me hizo reír, logró que me olvidara del golpe de Satanás y de ese chaleco que nunca sería para mí. Contó chistes de Jaimito con la voz gangosa que tanto me gustaba. Mi padre se reía del mundo y sus habitantes, sobre todo de la abuela, que siempre andaba cuchicheando a sus espaldas, haciéndose cruces como si del diablo se tratara. Él no le hacía caso, y acercaba su boca a mi oreja, notaba el calor de su aliento a vino mezclado con el olor a la obra, al cemento, a los ladrillos mojados y al sudor que destilaban sus axilas de albañil para decirme que era una mosca cojonera, me guiñaba un ojo y se rascaba la entrepierna con gestos ostensibles, como si le hubiera picado un insecto. Mi madre nos miraba sin disimular su enojo. Callada, una estatua de sal, tan inmóvil como amargada.
Me gustaba observar a mi padre mientras que me hablaba de su trabajo y presumía de ser el mejor encofrador de la ciudad. Lo imaginaba construyendo aquellos edificios gigantescos, esqueletos que crecían hacia el cielo y que yo admiraba cuando iba camino del colegio. Entonces, henchía mi pecho y elevaba la mirada, orgulloso de ser su hijo. Pronto se llenarían de gente, personas que no sabían que podían vivir allí gracias a mi padre. Era alto y sus espaldas eran tan anchas que, en algunas puertas, tenía que pasar de lado. Yo me preguntaba si alguna vez lograría parecerme a él, aunque no hubiera heredado el azul de sus ojos. Ese color se lo quedó Marta, la tonta de mi hermana; mi madre solía decir que la mirada de su niña parecía un trozo de cielo. Yo pensaba que, además de ser una cursilería, si analizáramos la frase encontraríamos que tras el cielo está el infierno, y que tras su apariencia de niña buena había un demonio engreído. Ella fingía inapetencia para que nuestra madre le comprara yogures y quesitos, que a mí me estaban vedados, a pesar de que mi aspecto famélico contrastaba con la figura oronda y rebosante de buena salud de mi hermana.
Ese día deseaba que mi padre me contara más cosas sobre su trabajo o de la vida en general; pero en la tele ponían Sandokan, su serie favorita, así que no lo quise molestar y así evitarme una colleja. Me acomodé junto a él en el sofá de escay y traté de mostrar un interés que no sentía en absoluto, nunca me gustaron las películas de acción. Mi mente se escapaba hacia otro lugar, muy lejos de los mares del sur. Decidí marchar a mi puesto de vigilancia. Desde la ventana de mi cuarto podía ver la puerta de entrada del edificio, gracias a su forma, lugar obligado de paso para todos los residentes, incluida Macarena, la madre de mi amigo Carlos. Pasaba muchas horas apostado. A veces, incluso me dormía apoyado contra el cristal. Esa tarde, la suerte no me favorecía, más de dos horas y mi musa no había salido aún, sin duda un cambio de turno inesperado. Tendría que sonsacarle a mi amigo el nuevo horario de su madre en la cafetería; eso sí, con cautela, no fuera a sospechar algo. Me hubiera gustado ir a casa de Carlos y comprobar si estaba allí Macarena, su madre, pero mi abuela me lo tenía prohibido terminantemente.
Desilusionado, me fui al cuarto de baño por enésima vez ese día. Me contemplé en el espejo tratando de encontrar mi lado bueno, el más atractivo; sin éxito. Me vi allí preguntándome a quién había salido, mientras observaba mi pelo, negro como el de mi padre, algo más lacio y deslustrado. Mis ojos no eran azules, sería demasiado pedir para un chico tan vulgar como yo, pensé. En mi cara se podría trazar un triángulo perfecto. La barbilla afilada y la boca pequeña formarían el vértice. Arriba, los ojos marrones, grandes y abiertos como si quisieran comerse el mundo, configurarían la base. Este triángulo invertido que era mi rostro empezaba a motearse con granitos rojos que me molestaban, porque afeaban aún más mi cara, nada atractiva de por sí y, sobre todo, porque eran un signo de que me estaba haciendo mayor, como lo era la rapidez con que crecía y el vello que me estaba saliendo por todo el cuerpo. Y me asustaba dejar de ser un niño.
 
El sonido del portero automático me sacó de mi ensimismamiento. La voz cantarina de Carlos me alivió, quería jugar a las chapas. Bajé las escaleras para reunirme con él en la calle. No me apetecía jugar, pero necesitaba estar con alguien. De repente, me puse triste sin ningún motivo en concreto; o sí, quizás la causa no residía en aquel instante, iba más allá, al momento en que nací en el seno de aquella familia de tarados a la que le era indiferente, no reparaban en mí más que en cualquier mueble de la casa. O, simplemente, era que esa tarde había conseguido ver a Macarena, pero esto último no podía decírselo a mi amigo.
—¿Qué te pasa, a qué viene ese careto? —preguntó Carlitos.
—Nada, lo de siempre, mis viejos han discutido otra vez—mentí.
—Venga tío, no te agobies.
—La culpa ha sido de mi abuela, ha estado calentando a mi madre…
—Tu abuela es un regalito, ¿eh?
—Sí, bueno, vamos a jugar. Esto… oye, ¿tu madre no trabaja hoy?
—Tiene turno de noche, se irá más tarde, ¿y eso?
—No, nada, es que no la vi salir… Venga vamos a jugar.
 
Preparé las chapas, arrepentido de haber preguntado tan directamente a mi amigo sobre su madre. Carlos no pareció sospechar nada. Según mi abuela, era un chiquillo desgraciado; aunque se le veía feliz, a pesar de ser más canijo que yo y vivir en los bajos del edificio, el peor sitio por la humedad y los olores. Sentí en lo más profundo de mi alma que era la única persona del mundo en la que podía confiar, la única que conocía mi horrible vida de familia.
—¿Sabes? Hoy he hecho un nuevo experimento —dijo Carlos en voz baja, como si temiera que alguien pudiera robarle sus ideas.
—¿Y?
—Ya sabes que estoy investigando en mi vacuna para evitar la muerte…
—Sí —lo interrumpí—, esa que cobrarás a los ricos y regalarás a los pobres del barrio…
—… Pero de vez en cuando me gusta crear cosas diferentes —continuó Carlos, haciendo como que no me había oído.
—¿Cómo qué?
—Te lo cuento si me prometes que lo probarás.
—No puedo prometerte eso, no hasta que me digas cómo lo has hecho.
—A ver, mi madre siempre dice que los pepinillos en vinagre son muy nutritivos, pero a mí no me gusta el sabor del vinagre, así que he cogido el vaso de la Nocilla y lo he mezclado todo, machacando bien los pepinillos. Aún no lo he probado, pero tiene una pinta…, una pinta…
—¿Asquerosa?
—Nooooo, buenísima, ¿lo probarás?
 
Nos interrumpió el ruido de la puerta de entrada al bloque. La madre de Carlos se dirigía hacia nosotros, llevaba puestos unos pantalones muy ajustados y una camisa de flores. Le dio un beso a su hijo y me dedicó una sonrisa.
—Hola, tú eres Julián, ¿no? Carlos me habla mucho de ti y, hasta ahora, sólo te he visto de lejos. ¿Por qué no vienes un día a casa, a merendar, así podremos conocernos mejor?
—Pues, pues,…  Sí, un día de estos voy, seguro —dije sin demasiada convicción.
—Te aseguro que no nos comemos a nadie —y soltó una carcajada, mostrando sus dientes parejos y muy blancos.
—Ya, supongo que no come mucho, está muy delgada.
—Háblame de tú, no soy tan mayor, y no estoy tan delgada, que como muy bien, ¿verdad Carlitos?
Mi amigo asintió con la cabeza. Parecía abstraído, no prestaba atención a la conversación que yo mantenía con su madre.
—Bueno, tengo que marcharme, no te acuestes demasiado tarde. Y tú, Julián, no olvides que tenemos una cita; para merendar, ya sabes.
En ese mismo instante decidí que entraría en aquella casa, aunque me costara acabar en el infierno, ese horrible sitio que mi abuela describía para mí con tanta precisión y mala uva.
Macarena era lo único bonito que había en el edificio, la única persona no gris, no triste, no amargada, no… Podría pasar horas pensando en las cosas que no era la madre de Carlos, o simplemente podría decir que era maravillosa. Nunca había hablado con ella; como me gustaba espiarla, conocía los horarios de la cafetería donde trabajaba y estaba pendiente de sus entradas y salidas, como si fuera un novio celoso. Nunca se lo dije a Carlos, pero me gustaba su madre, me gustaban las braguitas de colores que colgaba en el tendedero del patio de luces, tan pequeñitas, tan encantadoras. Al verlas no podía evitar compararlas con las enormes bragas de algodón blanco o color carne de mi madre, con la goma dada de sí que, más que colada, parecían los restos de un naufragio.
Me gustaban sus vestidos de flores, los zapatos de plataforma, el bolso hecho con retazos de piel y sus ojos color avellana. Me gustaban sus sonrisas y su forma de andar, y sus labios pintados de rojo, como si se le hubieran manchado al comer fresas; siempre me pregunté si tendrían su sabor agridulce. Una vez las probé, las fresas. Cuando era niño no era una fruta al alcance de todos; un día mi madre se lio la manta a la cabeza, como solía decir y nos compró medio kilo. Las traía cuidadosamente envueltas en papel de estraza, depositó el bulto sobre la mesa de la cocina y nos llamó a mi hermana y a mí. Los dos mirábamos asombrados aquel fruto de forma triangular y color intenso. Sabíamos que eran fresas, las habíamos visto en la frutería del barrio, y nunca hasta ese día las habíamos probado. No nos decidimos a meter la mano en el plato hasta que mi madre nos dio permiso para hacerlo con una sonrisa complacida, una de las pocas veces que la vi sonreír. Ella tan sólo se comió una, para probarlas, dijo, como si se avergonzara de aquella pequeña debilidad. La mayoría las devoró Marta, y yo también pude degustarlas. Desde entonces soñé con ellas y con los labios de Macarena, dos frutas tan prohibidas como deseadas.

*Si te interesa la novela puedes adquirirla enviando un email a info@editorialeldesvan.com (te la mandan sin pagar gastos de envío adicionales) o pídela en tu librería habitual y que se pongan en contacto con la editorial.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La caricia de Tánatos de María José Moreno


LA CARICIA DE TÁNATOS

 
La caricia de Tánatos contiene una historia inquietante que nos engancha desde la primera página, Mercedes, la psicóloga protagonista,  tiene que enfrentarse a un psicópata muy hábil, que sabe cómo seducir a sus víctimas y llevarlas hasta límites insoportables. A la vez, lucha contra sus propias inseguridades, un desengaño amoroso marcó su vida y la llevó a refugiarse en su trabajo. Sin embargo, la aparición de un hombre trastorna su pacífica existencia, a la vez que empieza a recibir mensajes y llamadas amenazadoras.
En esta novela encontramos todo tipo de emociones y relaciones: de amor, de amistad, de rencor, de venganza… Encontramos secretos de familia y personajes con una gran carga emocional a sus espaldas. Esta es una de las cosas que más me han gustado de la novela, cada personaje arrastra un pasado, y María José nos muestra lo difícil que es empezar una nueva vida, olvidando los fantasmas de ese pasado.
El lenguaje utilizado es claro y sencillo, muy cuidado, se nota que la autora ha mimado el texto hasta lograr que la novela llegue al lector en unas condiciones inmejorables.
Otro aspecto a destacar es el realismo con que se retrata a los personajes y las situaciones, además, me encanta que esté ambientada en Córdoba, un ciudad hermosa y acogedora. Todo esto hace que La caricia de Tánatos posea una alta dosis de credibilidad e, incluso, que nos pueda servir como advertencia a los lectores ante situaciones de maltrato que van más allá de lo físico, precisamente, esas son las más difíciles de reconocer.
La lectura de este thriller psicológico nos proporciona un valor añadido, pues además de ser intrigante y adictivo, sabemos que el punto de vista que nos da Mercedes está respaldado por los amplios conocimientos de la autora, psiquiatra de profesión.
Por cierto, un detalle, leyendo esta novela me ha pasado algo curioso. Me costaba separar el personaje de Mercedes de la escritora, María José Moreno, será porque la conozco personalmente. Supongo que todos los escritores ponemos algo nuestro en los personajes que inventamos.
En definitiva, una novela muy recomendable que te enganchará desde la primera línea y que, una vez finalizada, te puede llevar a la reflexión sobre ciertas personas y actitudes.

Puedes encontrar La caricia de Tánatos en Amazon, en este enlace:


 La autora:

 

María José Moreno nació en Córdoba (España) en 1958, donde reside. Escritora, psiquiatra y profesora titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba, se inicia en el ámbito de las publicaciones con artículos científicos y libros en el campo de la psiquiatría. En el año 2008 irrumpe en la literatura de ficción, con un relato titulado “Cosas de Catedráticos”, que fue galardonado con el Cuarto Accésit en el II Certamen Internacional de Relato Breve de la Universidad de Córdoba. Al año siguiente, inaugura Lugar de Encuentro, su propio blog literario. Con más de doscientas mil visitas, es el referente para la publicación de sus relatos cortos. http://www.mjmorenodiaz.com/
El año 2010 queda finalista en el Certamen de Novela por entregas (ediciones Fergutson), con su novela “Vida y milagros de un ex”, la que en 2011 fue publicada en formato eBook y consiguió más de cuarenta mil descargas, actualmente en venta bajo el sello B de Books. Además, ha participado en varios encuentros literarios tratando el tema de la publicación digital independiente y colabora habitualmente en la Revista Terral (de arte y literatura) desde su creación.

Tras el éxito de “Vida y milagros de un ex”, publicó el 2012 “Bajo los tilos”, novela que se ha mantenido entre los primeros lugares en los top de ventas de las plataformas digitales más importantes (Amazon, Grammata, Fnac) y que ha salido publicada en papel en enero de 2014, bajo el sello editorial Vergara del grupo Ediciones B. En mayo de 2013 publica “La Caricia de Tánatos” en formato digital, con la editorial El desván de la memoria, novela que constituye la primera parte de una trilogía y que a los pocos meses también se convirtió en un fenómeno de ventas. Su estilo narrativo, definido por los lectores como prodigioso, creativo e intenso, a través de un lenguaje que resulta ameno y envolvente, la va perfilando poco a poco como un nuevo referente de la literatura contemporánea.

 

 

jueves, 23 de enero de 2014

Y por fin, el silencio de Alicia G. García



  
Elisa tiene sobre su cabeza una sentencia de muerte, el médico le ha comunicado que tiene un cáncer terminal. Se pide vacaciones para poner en orden su cabeza y su vida, pero un suceso le impide alejarse de su trabajo como inspectora de policía. Ha aparecido muerta una muchacha, su cadáver sufre una mutilación que enlaza el crimen con dos casos anteriores.  Ella y sus dos compañeros, que se conocen desde su primer destino, tienen un especial interés en resolver este caso, así que Elisa trata de sobrellevar su enfermedad y los recuerdos de una infancia que no fue precisamente amable.
Con un lenguaje claro, sencillo, pero no por eso, falto de belleza, Alicia nos introduce en una historia policíaca donde no falta el maltrato y el abuso infantil, que condiciona el resto de la vida de sus personajes. Es importante destacar la relación de amistad que une a Elisa con sus dos compañeros  policías, que está en el eje de la novela. Ellos son su único apoyo, pues su madre siempre se ha despreocupado de ella. Me ha sorprendido agradablemente la profundidad de los personajes, la maestría con la que refleja los sentimientos, algo que no siempre se encuentra en las novelas de este género. Y la capacidad de conmover al lector.
Y de repente, el silencio me parece una novela muy recomendable, que engancha desde el primer capítulo y que tiene momentos brillantes con destellos de alta literatura. Estoy seguro que Alicia G. García tiene un futuro muy prometedor como escritora.
Puedes descubrirla por solo 1 euro en Amazon, en el siguiente enlace: http://www.amazon.es/Y-por-fin-el-silencio-ebook/dp/B00HVMH2C4/ref=cm_cr_pr_product_top



 LA AUTORA:
 
Me llamo Alicia González García. Nací en Gijón, Asturias, en 1972. Soy diplomada en Ciencias Empresariales, aunque mis inquietudes personales y laborales, no han estado muy dirigidas hacia mi formación reglada. Desde muy joven, participé en proyectos de carácter social, dirigidos hacia menores en riesgo social, primero como voluntaria y luego como profesional. En abril del año 2007 inicié mi andadura en el taller literario el Desván de la Memoria, que dirige Ramón Alcaraz.Gracias al apoyo de Ramón y a las experiencias acumulas en mi trabajo, tanto con los menores, como con sus familias, surgió la historia de “Buenos días”, mi primera novela, que resultó premiada en marzo del 2009 en el certamen Princesa Galiana que organiza el ayuntamiento de Toledo. En el año 2010, uno de mis relatos fue seleccionado para formar parte del libro Atmósferas, publicado por Escritores en Red. Otro de mis relatos está incluido en la edición del Crack del 2009, publicado en Marzo de2011 por Ediciones Parnass.

En Abril del año 2012 se produce la reedición de la novela Buenos días en papel. Un año después, Buenos días, inicia su andadura en los mundos digitales de Amazon.
Desde hace un par de meses poseo una pequeña casa, a la que con mucho gusto estáis todos invitados, si os apetece leer algunos de mis relatos. http://habiaunavezunaletra.blogspot.com.es/

Este 2014 comienza con la publicación de mi segunda obra “Y por fin, el silencio” una novela de misterio en la que mientras la inspectora Elisa Antuña descubre que su futuro desaparece, un antiguo caso sin resolver regresa a su vida, una nueva chica asesinada, un nuevo misterio sin pista. El pasado retorna para convertir de nuevo sus noches en pesadillas. Sin tiempo para pensar, Elisa debe actuar, no puede mantener sus fantasmas escondidos por más tiempo.

En febrero de 2014 verá la luz mi primera obra infantil Bernarda,la dragona, primero en Chile y unos meses más tarde aquí en España.

 

miércoles, 8 de enero de 2014

Reseña de La nieve en el almendro por Maribel Romero Soler



Si hay una escritora a la que admiro por su facilidad para inventar y escribir historias esa es Maribel Romero Soler. No hace falta que sus novelas estén en las listas de los más leídos, algunos de esos libros no le llegan ni a la suela de los zapatos. Pero ya sabemos como funciona esto...
Es por eso que esperaba su reseña sobre mi novela, porque su opinión me importa y mucho. Y por eso mismo me ha hecho muy feliz que mi novela le haya gustado.
Me dice cosas como estas:

"Los últimos capítulos son muy intensos, se desvelan secretos que aún permanecían ocultos, las reflexiones de Julián son de gran hondura, envuelven al lector, lo atrapan y lo zarandean.

La prosa es sencilla pero a la vez muy elaborada, con expresiones de alto contenido metafórico, se nota que hay un gran trabajo de creación por parte de su autora, que no se ha limitado a escribir, se ha esforzado por ofrecer belleza.

Los personajes principales son Julián y Salva, porque de las confesiones entre ambos nace la novela, y por supuesto Macarena, que es al fin y al cabo el leitmotiv. Los secundarios son tan secundarios que a veces pasan de puntillas por la historia, aunque es en Retazos de amor y sexo cuando se les retrata con mayor profundidad, sobre todo a la abuela de Julián o a Carlos, su mejor amigo.
La nieve en el almendro no tiene más trama que la vida, que en ocasiones puede ser más cruel de lo que imaginamos. Ha sido mi primera lectura del año y me ha tenido pegada a sus páginas con verdadero deleite. Con Felisa Moreno siempre está garantizada la calidad."

Puedes leer la reseña completa en su blog Ocurrió en febrero.
http://ocurrienfebrero.blogspot.com.es/2014/01/la-nieve-en-el-almendro-de-felisa.html

viernes, 27 de diciembre de 2013

Entrevista en Radio Alcalá

El pasado lunes me entrevistaron en Radio Alcalá, emisora municipal de Alcalá La Real.
Hablamos de mi nuevo libro La nieve en el almendro, y también de La asesina de los ojos bondadosos, una novela que ha tenido una muy buena aceptación en el municipio alcalaíno, tras su publicación por Pez Sapo.
En el siguiente enlace puedes escucharla: