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viernes, 15 de junio de 2012

Revista Estilo Áureo




Nos complace presentar el quinto número de la revista Estilo Áureo. Viene cargado de buenas intenciones y de un sentido homenaje a la figura de Ray Bradbury, fallecido recientemente.

Click aquí para leer la revista
 

María José Sánchez nos habla sobre el funcionariado español y la sanidad. Nos informa del tema para que podamos reflexionar y comentar con conocimiento de causa.

Maite Zúñiga desarrolla una magnífica interpretación sobre los primeros resultados de la Feria del Libro de Madrid y es la encargada de traernos el sentir del maestro Bradbury.

Otra de nuestras colaboradoras, Alicia López, nos traslada hasta el mundo del autoconocimiento. Su artículo ¿Quién soy? es una llave hasta nuestro yo verdadero, descorriendo las cortinas rasgadas del temor.

La actualidad política y social de la mano de Antonio Velázquez en la sección El ojo de la cerradura.

Megan Maxwell hace un profundo análisis sobre uno de los mitos de la sociedad: El hombre perfecto. Un escrito lleno de humor, una búsqueda del ideal masculino.

Salvador Ortiz, en la seccion el gato negro, expone uno de los enigmas más interesantes de la literatura: El enigma Shakespeare. ¿Fue Shakespeare el autor de las obras que se le atribuyen? 

El coleccionista de mitos, también llamado Kendall Maison, realiza una retrospectiva poética y genial sobre la figura del escritor. El observador.

Nuetra colaboradora Carmen Montilla, nos sumerge en la correspondencia literaria de la novela 84 Charing Cross Road.  Una novela romántica en su desarrollo y en su origen.

En la sección del escritor invitado contamos con un magnífico artículo de Francisco Rodríguez Tejedor. Un escrito sobre las etapas de nuestra existencia.

Manuela Sayago nos habla de la vida de Su amiga Merchi. Una historia de superación y perdón.

Una señora, un bus y un bolso lleno de dinero. Este es el tema de la sección de María Luisa Serradilla. Siempre hay buenas noticias y nuestra colaboradora ensalza los valores positivos de las personas.

Para acabar, Irene Margarita Gracía y Ponciano Prol firman nuestra sección De tu puño y letra con dos excelentes relatos.

Pasen y lean...


(En esta revista aparece una recomendación de mi libro Cuentos Caníbales, y quiero mostrar desde aquí mi agradecimiento)

jueves, 14 de junio de 2012

Reseña de Cuentos Caníbales en Página Trece


Página Trece es una web dedicada fundamentalmente a los book trailers. ¿Qué no sabéis lo que es eso? Todos conocemos los trailers de las películas, esas escenas que nos ponen al principio donde se recogen los momentos más llamativos o interesantes del  film. Por analogía, en un book trailer se da a conocer con imágenes, sonido y texto el argumento de nuestro libro o lo que queramos resaltar de él.  Os animo a visitarla porque os puede ayudar a elegir vuestra próxima lectura.
Yo aún no he hecho el book trailer de Cuentos Caníbales, lo más probable es que tenga que pedir ayuda a alguien, soy muy torpe para estas cosas, pero Vanessa Gil, la creadora de esta página, a tenido a bien leer mi libro de cuentos y el resultado ha sido esta magnífica reseña, os dejo un trozo por aquí.
"En resumen, creo que lo que Felisa Moreno nos propone es un ejercicio de conocimiento; mirar en nuestro interior e intentar descubrir qué tenemos cada uno de nosotros de caníbal, de manipulador, de maltratador, pero también qué parte de nosotros arriesgaría su vida por salvar a una niña, o cuánto estamos dispuestos a sufrir por el bienestar de un hijo. Para terminar os cuento un secreto: mis dos relatos favoritos son El Hijo de los Monstruos y Amantis. Y ¿los vuestros?"

Puedes leerla completa en este enlace:





martes, 3 de abril de 2012

Alcaudete Imaginado: La ermita de la Fuensanta

Os dejo mi colaboración con la revista municipal DeParEnPar, dentro de la sección Alcaudete Imaginado. En esta sección publico relatos ambientados en lugares emblemáticos de Alcaudete, en esta ocasión me he atrevido con la Ermita de la Virgen de la Fuensanta, un lugar de visita obligada para muchos alcaudetenses devotos de esta Virgen, patrona de la localidad.


La ermita de la Fuensanta


El anciano sube arrastrando los pies por el sendero amarillo de hormigón impreso, los años pesan sobre su espalda encorvada y la respiración se le hace cada vez más dificultosa. Aún faltaba media hora para su cita, pero se le antojaba tarde y temía no llegar a tiempo. Buscaba las raquíticas sombras de los árboles que escoltaban el camino, que aún eran escasas a finales de un mes de marzo especialmente caluroso.

Una cita con una mujer hermosa, qué más puede pedir un hombre a su edad, pasados los ochenta lo único que se aguarda es la muerte. De ahí el apresuramiento de sus pasos, la angustia que oprime su pecho hambriento de un oxígeno, que ni su boca ni su nariz pueden suministrarle con la suficiente abundancia ni rapidez.

Avanza unas decenas de metros más, sus ojos cansados ya le permiten divisar la blanca ermita, aunque sus contornos parecen ser elásticos y deformables en vez de eficaces líneas rectas. La torre de ventanas cuadradas se levanta orgullosa de su esbelta planta; la gran puerta de madera que sólo se abre en las grandes ocasiones, como la Velada, permanece cerrada, inmutable; la imagen de la Virgen impresa en los azulejos que decoran la fachada parece dar la bienvenida al paseante… La emoción le obliga a detenerse bajo una palmera y tomar asiento en un banco de hierro. El chillido de los pájaros sobre su cabeza le reafirma en la convicción de que aquello no es un sueño, que está allí, frente a la fuentecilla de piedra de la entrada, con el cuerpo cansado y el alma tan ligera como las palomas que sobrevuelan la escena. No se ve a nadie en toda la explanada, está solo. Con estudiada lentitud, como si gozara de la espera, saca del bolsillo la carta y la lee por enésima vez, cuando la recibió, nada más verla, reconoció la letra picuda del sobre. Nadie escribía la A de Antonio como ella, nadie más podía reflejar su amor en unos simples trazos. Dentro, apenas una cuartilla escrita sólo por una cara, suficiente para fijar una cita: “Si aún me quieres, te espero mañana a las cinco en la Ermita de la Fuensanta”. Siempre tuya, Carmela.

Si aún me quieres… ¿Cómo podía ni siquiera pensar que la había olvidado? Cincuenta años habían pasado, cincuenta penosos inviernos, cincuenta veranos vacíos; sin dejar de recordarla un solo día.

Nada más entrar le reconforta el frescor de la ermita. Pisa, indeciso, el suelo ajedrezado, la sensación de mareo se ha incrementado por el esfuerzo, los últimos metros se le habían hecho eternos. Avanza con paso vacilante por el pasillo central. Al fondo, justo en el primer banco, se distingue un bulto oscuro, quizás es ella. Desea verla, comprobar cómo la ha tratado la vida, ni siquiera sabe si podrá reconocerla.

Las vidrieras incrustadas en los muros filtran una luz azulada. Bajo ellas se sitúan faroles de forja, que destacan como negros pecados sobre unas paredes de blancura inmaculada.

¿Por qué se detiene hoy a mirar lo que le es tan familiar, a repasar cada objeto del templo, los sobrios bancos de madera, las plantas que siembran de verdor el silencio de la ermita, el confesionario, las cruces simétricas, las flores del altar, el manto nuevo de la Virgen, los arcos del techo…? Quizás para retrasar el encuentro, para encontrar las palabras que le permitan transmitir lo que ha sufrido por ella sin herirla. No, no quiera venganzas ni rencores, los años aplacan la furia, la trituran hasta dejarla hecha un puré apto para la boca sin dientes de un anciano como él.

Avanza decidido, en su memoria pervive la imagen de la mujer hermosa que le dejó plantado frente al altar cincuenta años antes. Llega a la altura del bulto oscuro que ha visto desde la entrada, decepcionado comprueba que no es ella, ni siquiera se trata de una mujer. Busca en su bolsillo la carta, quizás ha equivocado la hora, sólo encuentra la lista de la compra que confeccionó por la mañana. Levanta la vista hacia el altar, como otras veces, sorprende una lágrima en el rostro de la Virgen, que llora con él.











sábado, 7 de enero de 2012

Alcaudete Imaginado: La Sierra Ahillos

Una nueva colaboración con la revista Deparenpar, en esta ocasión el relato transcurre en la Sierra Ahillos. Como sabéis, Alcaudete Imaginado comprende historias que suceden en sitios muy conocidos de Alcaudete, son narraciones de ficción, no tienen ninguna base real, aunque ya me han preguntado más de una vez si lo que cuento llegó a suceder. Casi en todas ellas aparece algún elemento sobrenatural, para hacerlas más entretenidas. Espero que os guste.


ALCAUDETE IMAGINADO: LA SIERRA AHILLOS




El día amaneció gris. Una maraña de niebla ocultaba la cima de la Sierra Ahillos. Tomás la veía tras el cristal empañado de su ventana. Ya se había puesto el chándal y las zapatillas, le encantaba caminar en las mañanas brumosas, lo hacía desde que murió Clara, su novia, porque se le antojaba que era lo más parecido a estar en el cielo, cerca de ella. Además, desde hacía una semana tenía un motivo nuevo para disfrutar con sus caminatas matinales.

El otoño por fin había decido mostrarse. La tierra, mojada por las últimas lluvias, había adquirido un rojo más intenso. A su izquierda, los pinares se alzaban orgullosos, flotando en un manto de agujas secas. A la derecha, los olivos, impasibles al paso de las estaciones, siempre verdes, siempre fuertes y poderosos, se humillaban ahora con el peso verdinegro de las aceitunas.

Tomás avanzaba con rapidez, sus piernas ya estaban acostumbradas a la pendiente, a la carretera sinuosa que lo llevaría hasta el lugar de encuentro. Su corazón no estaba alterado por el esfuerzo sino por las ganas de volver a verla, de contemplar su cabellera rojiza, como la tierra mojada que las lluvias habían arrastrado por la cuneta, y el verde oliva de sus ojos transparentes. Hacía una semana que se habían conocido, y cayó por primera vez en la cuenta de que aún no sabía su nombre.

Ella apareció un poco antes de llegar al cortijo Las Pitas, justo en la pequeña meseta desde donde se puede divisar una hermosa panorámica de Alcaudete. Estaba parada, absorta en la contemplación del Castillo, su pelo ondeaba al viento y la niebla le daba un aspecto fantasmagórico. Una fuerza inesperada lo llevó a vencer su timidez y se detuvo junto a ella. Es precioso, ¿verdad?, dijo la chica y se quedó mirando a Tomás con fijeza.

Unos segundos después, ya caminaban juntos. No se habían presentado, pero Tomás sintió que la belleza del otoño lo unía a aquella muchacha, avanzaron algunos kilómetros más, hasta que ella se despidió al pie de un carril que se adentraba en la sierra. Me esperan, fue lo único que le dijo antes de desaparecer entre los pinos.

Ese día iba decidido a preguntarle el nombre, a pedirle el número de su teléfono móvil, a conseguir una cita… No era tan feo, y junto a ella, su timidez desaparecía como la niebla se deshilachaba conforme avanzaba el día. Hablaba sin cesar de su vida, de sus miedos, de sus inseguridades,… Ella sabía escuchar, parecía existir sólo para oír lo que él tenía que contarle. A veces, cuando regresaba a su casa, dudaba de que fuera real, quizás sólo la había imaginado, quizás sólo era una forma de alejar la soledad que se había instalado en su vida desde que su novia murió en un accidente de tráfico, hacía ya más de dos años.

Ella estaba esperándolo en el lugar acostumbrado, con la vista perdida en el horizonte; cuando Tomás se acercó pudo ver que lloraba. Lágrimas gruesas rodaban por su piel blanca, moteada con pecas de canela. El hombre deseó beberse aquellas lágrimas, acabar con la tristeza que las provocaba; deseó besar cada centímetro de su rostro. Era la primera vez que sentía atracción por una chica desde que su novia murió, la primera vez que tenía un motivo para seguir viviendo.



―Tengo que marcharme―, dijo ella― mi tiempo aquí se acabó.

―No puedes hacerme eso, ¿dónde te vas? Dime la dirección, iré a visitarte, por favor, no desaparezcas de mi vida. Ni siquiera sé como te llamas.

―No admiten visitas a donde voy, ni se necesita nombre, ni siquiera cuerpo; se puede coger prestado si, como ahora, me hace falta. De todas formas, puedes llamarme Noviembre.

―¿Noviembre? ¿Qué clase de nombre es ese?

―Noviembre es el mes de los muertos. Los vivos se acuerdan de sus difuntos, los cubren de flores y de velas, los llaman y a veces…

―A veces, ¿qué? ¡Dime! ― gritó Tomás sin poder ocultar sus lágrimas.

―A veces …, respondemos a esa llamada, Tomasete.



Y dicho esto se lanzó con los brazos abiertos hacia el horizonte. Tomás observó, asombrado, como flotaba sobre los olivos, mientras su cuerpo se transformaba en niebla; la misma niebla húmeda y fría que se había quedado helada en su espaldas al oír la palabra Tomasete. Sólo una persona en el mundo lo llamaba así: Clara.





lunes, 21 de noviembre de 2011

El número 4, visto por Ilkhi Carranza

Hoy he recibido por correo postal la revista Al otro lado del Espejo, (hace unos días os anunciaba su presentación en Madrid). Esteban Gutiérrez había quedado en enviármela, pero lo había olvidado, así que la sopresa ha sido mayor y más agradable aún. Como podéis imaginar me he ido a buscar mi relato, y no me ha decepcionado, ya conocía el dibujo que había hecho Ilkhi para ilustrar mi cuento, pero ha vuelto a sorprenderme, os lo dejo por aquí. Los que hayan leído El número cuatro, verán que la ilustración ha captado muy bien la esencia del mismo.
Para quien no lo haya leído aún, puede hacerlo aquí.


Si quereis disfrutar con la obra de Ilkhi Carranza podéis visitar su blog pinchando aquí.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Escritora del mes en la revista Cronopio


Pincha sobre la imagen para ir a la revista.

Quiero agradecer a los amigos de la revista Cronopio la amabilidad que han tenido al invitarme como escritora del mes, especialmente a Juan Manuel Zuluaga, director de la revista. Os invito a conocer esta publicación: http://www.revistacronopio.com/

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Presentación de la revista Al otro lado del espejo (AOLDE)

En este número se incluye uno de mis relatos "El número cuatro" perteneciente al libro Trece cuentos inquietantes, ilustrado con un estupendo dibujo de Ilkhi Carranza.

martes, 17 de mayo de 2011

Alcaudete Imaginado: La calle Carnicería





Alcaudete Imaginado: La calle Carnicería

La veía pasar todos los días desde hacía más de un mes. Subía la calle Carnicería con aire ausente, tan sólo preocupada por no enganchar los tacones de sus zapatos en las piedrecillas del pavimento. Cuando llegaba a la altura del Convento de Santa Clara dejaba reposar sus ojos en la fuente y los arbolillos del patio de la entrada, impregnándose de su frescor. A veces, se desviaba para contemplar la fachada de la iglesia, su mirada enredada en las retorcidas columnas salomónicas que parecían ejercer una fuerte atracción sobre ella.
La extranjera no era joven. El tiempo había marcado en su piel unas arrugas profundas, como en la calle el agua había ido arrastrando la masilla que unía las piedras hasta dejarlas descarnadas. No usaba maquillaje, y su pelo rubio blanquecino, mal cortado, se le metía en los ojos constantemente. Había algo en ella que le atraía poderosamente, y no era sólo su marcada diferencia con las otras mujeres del pueblo. Tenía los ojos claros, la piel pálida y un halo de tristeza que iba derramando tras de sí, como una lluvia ácida que corrompía la mañana. Tardó un tiempo en relacionarla con su juventud, con aquellos años locos que vivió en la capital; luego, le fue imposible abandonar la idea de que ya la conocía de antes.
Qué no daría él por hablarle, por disipar esa melancolía, por saciar la curiosidad que le iba quemando por dentro: ¿sería ella? Se limitaba a seguirla a cierta distancia por la calle empinada que la llevaría hasta la plaza del pueblo, al mercado de abastos, su destino final. Por los ojos de ella, que solían detenerse en los edificios, contemplaba con deleite las casas que conformaban la calle, muchas de ellas centenarias. A él, que las había visto desde niño, ya le resultaban indiferentes. Sin embargo, las miradas de ella brillaban de admiración por aquellas fachadas blancas, por aquellos ventanales enrejados, y despertaba en el hombre una sensación que creía olvidada, el amor a su calle, a su barrio, que le había acogido durante tantos años.
.
A veces piensa en María, en su esposa difunta. Sentiría celos de su obsesión por la extranjera. Ella nunca supo de aquella relación, nunca le habló de Helen, la inglesa de piel transparente y ojos de agua que le enamoró como a un loco cuando estaba en Madrid haciendo el servicio militar. Y sabía que era una tontería, pero le gustaba pensar que esa anciana cansada y triste que a diario pasaba por delante de su casa, era la misma chica joven que bailaba desnuda para él en una oscura pensión del centro. Por eso ansiaba el momento de hablar con ella, de recordar aquellas palabras que le enseñó: Darling, my love, …
Han pasado varios días y la mujer no ha aparecido. El anciano se desespera. No sabe donde vive. Nunca la ha seguido a la vuelta, cuando pasa la fachada gris del convento se asoma para verla desaparecer dejando atrás el Antiguo Hospital de la Misericordia. No le gusta seguirla hasta allí, casi siempre hay gente en la puerta que miraría con curiosidad a un anciano en bata. Si supiera dónde está su casa, si supiera algo más de ella que el sonido de sus pasos sobre las piedras de la calle, si se hubiera atrevido alguna vez a preguntarle algo, cualquier cosa…
Hoy ha vuelto a verla. Al anciano se le ha roto el corazón. No iba sola, una mano pálida y vellosa apretaba la suya, unos pies cansados adecuaban el paso a su paso. La tristeza había desaparecido de su rostro, parecía más joven, más guapa.
Mientras el hombre recogía los pedazos rotos de sus ilusiones, una idea iba tomando fuerza en su cabeza. No, no puede ser ella, se repetía una y otra vez. Imposible, exclamaba en voz alta mientras se reía a carcajadas. No es ella porque está con otro hombre. Y Helen me prometió que me esperaría siempre. ¡Siempre! No importa que hayan pasado más de cincuenta años.


(Mi nueva colaboración en la Revista DeParenPar)

sábado, 16 de abril de 2011

En la revista Cronopio


Os dejo el enlace a la revista Cronopio que ha publicado en sus páginas la entrevista que me hizo hace unos meses Pilar Alberdi, para su blog Sobre Literatura Fantástica. Han hecho una muy buena composición de fotos y texto, creo que merece la pena verlo.

jueves, 17 de marzo de 2011

Presentación del nº 2 de la Revista Terral

Esta es la portada de la nueva edición de la revista Terral, y puedo asegurar que el contenido es tan atractivo como promete: entrevistas, literatura, cine, flamenco, historia...
En este número he colaborado con el relato El número cuatro.
Podéis verla y descargarla en esta página:
La presentación tendrá lugar el viernes 25 de marzo a las 19,00 en la Biblioteca Pública de Arroyo de la Miel.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Alcaudete Imaginado: Las huertas


Sigo colaborando con la revista Deparenpar, en este número se incluye un relato sobre las huertas de Alcaudete. Tengo que confesar que lo escribí este verano, mientras disfrutaba de la tranquilidad que me da mi huerta, mi lugar de descanso. Quizás, en parte, es autobiográfico, nosotros compramos aquel terreno, practicamente abandonado, con la idea de hacer una piscina y, poco a poco, se ha convertido en algo más, toda la familia colabora para que nunca falte fruta o verduras, en verano apenas voy por la frutería, sólo tengo que darme una vuelta por el campo, alargar la mano y coger los melocotones más deliciosos que jamás he probado.
Alcaudete Imaginado: Las huertas

La huerta parecía abandonada, apenas unos árboles sobrevivían en medio de las malas hierbas que se comían el terreno, devorando aquella tierra fértil y fecunda hasta transformarla en un erial. No me preocupaba en exceso, mi intención era rehabilitar el cortijo y construir una piscina. María estaba embarazada, los dos esperábamos con ilusión al que sería nuestro primer y tan deseado hijo Alfonso.
Apenas reparé en aquel árbol el primer día, un melocotonero que se encontraba más bien apartado, en una esquina del terreno, casi oculto por el hierbazal que amenazaba con engullirlo. En las siguientes visitas al terreno, mientras trazaba planos y edificaba castillos en el aire, su sombra empezó a perseguirme. Del tronco retorcido salían unas ramas secas, como los brazos esquilmados de un esqueleto. No era una imagen seductora, pero me atraía. Mis ojos la buscaban al llegar, y no me sentía tranquilo hasta comprobar que seguía allí.
Los trabajos avanzaban, los albañiles hacían su labor con rapidez. La piscina ya era un gran hoyo excavado en la tierra que rezumaba agua, el líquido se filtraba desde el río cercano, el Víboras, del que apenas me llegaba un murmullo de frescor. Marzo se aproximaba a su fin. María y yo contemplábamos absortos su vientre abultado, a mi cabeza vino la imagen de un melocotón y el tacto de su piel de seda. En ese momento miré al árbol que nos observaba impasible desde su esquina; el milagro de la vida se abría paso, en una de sus ramas había nacido una flor rosada, tersa y suave como la barriga de mi esposa.
Sentí una extraña desazón. Cuando compré aquella huerta nunca había pensado en otra cosa que habilitar un lugar de descanso, un sitio donde disfrutar de la infancia de mi hijo. Poco me importaban los árboles, y menos aquel triste melocotonero que parecía condenado a la extinción. Ahora me sentía responsable. Algo latía bajo la piel muerta de sus ramas. A aquella flor le seguirían otras; la vida, igual que en el vientre de mi esposa, pugnaba por abrirse camino.
Compré una azada, me rompí las manos, maltraté mi espalda. Conseguí mantener a raya a las malas hierbas que atenazaban su tronco. Mi siguiente adquisición fue un pequeño tractor de segunda mano. No podía evitar pensar en el resto de los árboles, el ciruelo, los manzanos, los perales…; tan abandonados como el melocotonero. Pasaba mis horas libres dedicado a transformar la huerta, y observaba asombrado el más mínimo progreso. Cultivé tomates, pimientos, sandías, melones,… Recordé a mi abuelo, cómo le hubiera gustado verme allí, ser testigo de aquel regreso inesperado a mis orígenes. En mi mente seguía grabada su figura inclinada sobre la hortaliza, el sombrero de paja, sus manos fuertes y curtidas, que también sabían acariciar mi piel de niño.

El día que cogí los primeros melocotones nació Alfonso. María fue la primera en probarlos. Se los ofrecí pelados, me sonrió agradecida y los mordió con ansia, apenas acabó de comerse un par de trozos cuando me miró con el rostro lívido. Acababa de romper aguas. Emprendimos una carrera desenfrenada que nos llevaría al hospital. Unas horas después, casi cuatro kilos de ilusión, provistos de los ojos más hermosos del mundo, se colaron para siempre en nuestras vidas.

Pocos días más tarde, vino a visitarnos el antiguo propietario del terreno. Paseamos juntos, admiró la rehabilitación del cortijo, la piscina y el buen aspecto que presentaba la huerta. Se quedó sorprendido al ver el melocotonero, verde y reluciente, que aún conservaba algunos frutos, maduros y grandes como puños. Le ofrecí un melocotón, que cogió mirándolo con estupor.
Es imposible, me dijo, imposible. Si no lo veo no lo creo. Le pedí que me explicara la causa de su asombro. Fue entonces cuando me dijo que aquel árbol llevaba seco más de tres años. Tres años sin florecer, sin ver crecer las hojas en sus ramas y, por supuesto, tres años sin dar fruto.
Tres años, los mismos que nosotros habíamos tardado en concebir a Alfonso tras decirnos el médico que era imposible, que nunca seríamos padres.



jueves, 1 de abril de 2010

Alcaudete Imaginado: El castillo


Os dejo mi colaboración en la revista municipal Deparenpar, un relato ambientado en el Castillo de Alcaudete.


La subida hasta el Castillo aparecía iluminada por un sol en apuros, a punto de ser devorado por la línea del horizonte. La oscuridad no preocupaba a Carlos, ilusionado en visitar la fortaleza al abrigo de la noche. Así le costaría menos imaginar que el tiempo había retrocedido, que se encontraba en la Edad Media. El corazón danzaba agitado dentro de su pecho, para calmarse trató de acompasar sus latidos a las marchas de la Semana Santa: Ta, taratata, taratata, tan, tan… Apretó la mano de su padre y notó su propio sudor, se soltó con rapidez para limpiarse la palma en el pantalón. No podía permitir que lo creyera un niño miedoso, pronto cumpliría nueve años.

Las puertas del Castillo Calatravo volvieron a sorprenderlo, se sintió pequeño, un insecto insignificante a punto de cruzar el umbral que conduce a otro universo, a un mundo tan pasado como real, lleno de vidas y muertes, de caballeros y damas, de monjes guerreros… Con sus ojos de chiquillo que quieren comerse el mundo, busca ansioso las piedras esféricas, pruebas irrefutables de que en aquel castillo se habían librado cruentas batallas. Sonrió con satisfacción al comprobar que seguían allí, cerca del aljibe, esperando pacientes para ser lanzadas desde alguna catapulta.

Avanzaron en silencio acortando los metros que les separaban del refectorio. Cuando se adentraron en el edificio, la noche ya se había apoderado del aire tornándolo frío y espeso, casi tangible. La estancia era rectangular, de techos altos y paredes revestidas en piedra; adheridas a ellas, unas antorchas coniformes proporcionaban una luz irreal, mágica.

A Carlos le llegó un extraño olor a aceite quemado. Sorprendido, revisó con la mirada una por una las lámparas para asegurarse de que eran eléctricas. De repente, se sintió atraído por una figura blanca situada al fondo de la sala. Cuando se acercó pudo comprobar que se trataba de un muñeco vestido con los hábitos de la Orden de Calatrava; sobre el pecho destacaba la cruz roja, flordelisada. Se aseguró de que su padre no le miraba antes de tocar aquellas atrayentes ropas. Fue entonces cuando sucedió lo imposible, el maniquí movió el brazo con agilidad y lo agarró por la muñeca, mientras su boca pronunciaba estas palabras “tengo sed, la jornada se hizo larga, luchamos con brío, el enemigo era fuerte y bravo, pero conseguimos vencerlo”.

Carlos no podía dar crédito a sus oídos, ni a sus ojos. Ante él, el rostro de un hombre, curtido por el sol y las guerras le sonreía. “Venga, jovenzuelo, moved vuestras piernas y traedme vino”, dicho lo cual le pegó un empujón que casi lo tira al suelo. El niño salió corriendo, preguntándose dónde podría encontrar la bebida. Recordó entonces que después de la visita se serviría un aperitivo en las caballerizas. Con sigilo, para evitar que lo descubrieran los camareros, cogió una de las jarras y la ocultó bajo su chaqueta. Regresó al refectorio, ahora el corazón no atendía a razones ni a marchas semana santeras, se le iba a salir por la boca. Su padre seguía charlando con un amigo, ajeno a sus preocupaciones. Entregó el recipiente al monje y dio un paso atrás. En ese momento oyó que lo llamaban y se marchó, sin esperar a que se tomara el vino.

No pudo ocultar los nervios por mucho tiempo y su padre terminó interrogándole; “¿qué has hecho, has roto algo?”. Intentó contárselo, pero las palabras se resistían a salir; por fin pudo decir “el monje ese está vivo”. Su padre lo miró divertido, con una sonrisa de incredulidad en la boca, de todas formas, accedió a acompañarlo. Cuando llegaron ante el maniquí, sólo era eso, un muñeco de manos rígidas e inmóviles, incapaces de sostener ningún objeto. Su padre se alejó riendo mientras repetía “Este niño no va a cambiar nunca”.

Carlos, desolado, busca la jarra de vino, la encuentra casi oculta tras la túnica calatrava y la recoge para devolverla a su lugar, convencido de que todo ha sido fruto de su imaginación. Casi se desmaya cuando comprueba que está vacía y que un pequeño arroyuelo rojo desciende por la comisura de los labios del maniquí.