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domingo, 22 de enero de 2012

Un simple gesto


Ayer, cuando bajaba las escaleras de mi piso, vi a un chico negro utilizando el cristal de la puerta del bloque para acicalarse. Venía del campo, los pantalones manchados de aceituna, una gorra publicitaria en la cabeza y el cansancio reflejado en los ojos. Pude observarlo bien porque la inclinación de los rayos solares había convertido unos simples cristales transparentes en un eficaz espejo, y él no podía verme. Por un momento, tuve una extraña sensación, yo hubiera hecho lo mismo, no habría resistido la tentación de contemplar mi reflejo, de comprobar cuál era mi aspecto después de una larga jornada de trabajo en el campo.

Cada día los veo por el pueblo, en el supermercado, en la frutería, en el parque sentados en un banco al sol… Están ahí, a nuestro lado, sé que son personas, claro, y así se lo decía a mis hijos cuando eran más pequeños y se agarraban con fuerza a mi mano al verlos pasar. Son personas, por supuesto, nadie lo duda, aunque a veces nos sea más conveniente olvidarlo. Y no es extraño que un simple gesto puede conmovernos más que todas las palabras del mundo, aunque sólo sea un gesto de coquetería.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Aprender a perder

Mis hijos y el Mediterráneo (Alicante, 2009)
Si algo he aprendido en los años que llevo escribiendo, ha sido a perder. A no ganar y ni siquiera recibir mención en certámenes literarios, a sufrir rechazos de editoriales y agentes literarios,… Al principio, cada derrota me la tomaba como un fracaso personal que minaba mi autoestima y la confianza en mis escritos. Si enviaba un mismo relato a varios concursos y no conseguía nada, perdía la fe en él, aunque al escribirlo me había parecido bueno, o al menos aceptable.

Al principio, hacía un seguimiento de los certámenes a los que me presentaba y, cuando salían las listas de finalistas o ganadores y mi relato no estaba, era como si me golpearan con fuerza en la boca del estómago. Ahora, me olvido hasta de los concursos en los que estoy participando, no presto atención al desarrollo de los mismos y si, por casualidad, me entero de que se han fallado, sólo noto un ligero malestar que pasa enseguida.

Aún así, hay concursos en los que pongo un interés especial, y reconozco que esos me duelen un poquito más. Me ha pasado con el Premio Setenil al mejor libro de relatos, tenía la ilusión de que mis Trece cuentos inquietantes estuviera entre los finalistas, pero no pudo ser.

Aprender a perder es lo primero que debería plantearse un escritor novel si quiere sobrevivir en el mundillo literario. Creo que podía ser una asignatura más en los talleres literarios.