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jueves, 13 de febrero de 2014

Retazos de amor y sexo (I) (La nieve en el almendro)


La nieve en el almendro es algo más que una novela, en realidad son dos, y creo que es justo ofrecer la lectura del primer capítulo de la novela que habita dentro de la otra novela. En esta se narra la vida de Julián adolescente, con la visión que le da Salvador, un camarero que quiere ser escritor.




 
Retazos de amor y sexo (I)
 
 
La familia
 
La abuela, vestida de negro y con un delantal de cuadritos.
 Mi padre rascándose la entrepierna y viendo Sandokan en la tele.
Mi amigo Carlos agachado, jugando a las chapas.
Las braguitas de colores de Macarena colgando del tendedero.
 
Todas las historias, hasta las más insignificantes o vulgares tienen un inicio, un punto de partida que nos lleva al desarrollo del argumento; después, éste se resuelve en un final más o menos inesperado. La mía se inició el día que Carlos se mudó a nuestro barrio a principios de septiembre de 1978. Casi un mes después, y a pesar de que ya éramos buenos amigos, yo aún no había entrado en su piso ni una sola vez. La culpa de que nuestra amistad no incluyera visitas a nuestras respectivas casas la tenía mi abuela. Me había prohibido terminantemente ir al piso de mi amigo, si entraba en aquella casa acabaría condenándome al infierno, al menos eso era lo que ella decía y, para dar más fuerza a sus palabras, me pellizcaba el brazo hasta hacerme prometer que nunca pasaría el umbral de aquel piso.
Como decía, mi historia alcanzó esa categoría cuando Carlos y su madre se mudaron a nuestro barrio. El niño tardó poco en ser mi mejor amigo, entre otras cosas, porque no tenía ningún otro. Los dos jugábamos en la acera con la misma expresión de aburrimiento y cara de acelga cocida. Fue él quien se acercó un día y me invitó a echar una partida de las chapas. Desde entonces, nos volvimos inseparables, dos islas que repentinamente se habían unido por un arrecife de coral o, mejor dicho, por unas chapas multicolores.
Su madre, tan joven como bonita, se convirtió en el objeto de mi admiración, no había nada en ella que no me pareciera hermoso y original. Me sentía feliz el día que podía verla, aunque fuera a distancia, desde la ventana de mi dormitorio, o por la de la cocina, cuando tendía la colada en el patio de luces, aunque desde allí apenas podía admirar sus brazos delgados y morenos, que acababan en unas manos pequeñas y ágiles como palomas.
En realidad, ella es la protagonista de esta historia, por eso se inicia con el día en que me habló por primera vez. La jornada empezó mal, como siempre, por causa de mi abuela.
Esa mañana, mi abuela cogió a Satanás por la piel del cuello, a salvo de sus garras, y tomó impulso para lanzarlo por la ventana. Me estremecí al oír el aullido que escapó de la garganta del gato mientras surcaba el aire enrarecido de aquel barrio maloliente. Me asomé al ventanuco de cristales sucios, buscando el cadáver de mi mascota sobre el cemento. Pronto descubrí, con alivio, que el felino huía calle abajo, sólo perseguido por las risas de unos chiquillos que jugaban a las canicas en la acera.
Mi abuela se llamaba Catalina. Vestía de luto riguroso, camisa, falda y toquilla, excepto un delantal a cuadritos blancos y negros que solía usar para estar en casa. A mí me recordaba a los personajes de los dibujos animados, que siempre aparecían en el televisor con la misma ropa. Al principio pensaba que vestían igual porque eran más pobres que yo, y eso me reconfortaba. Me identificaba con Marco, mis pantalones también solían gastar remiendos mal disimulados; pero yo tenía madre y no necesitaba salir a recorrer el mundo tras ella. Una madre, eso sí, que apenas veía, se marchaba al amanecer y no regresaba hasta la hora de cenar. Mi abuela, encargada de cuidarme, se recogía el pelo en un moño gris, un puñado de pelos tristes claveteados con horquillas de metal, a veces se sacaba una para limpiarse la mugre de las uñas o la cerilla de los oídos. Sus ojos pequeños, vivos, nerviosos como insectos deslumbrados por una bombilla, nunca se detenían en un sitio concreto, y eran capaces de inspeccionar una habitación en escasos segundos. La nariz, chata y aplastada, apenas daba sombra a unos labios escasos formados por dos líneas pardas que se curvaban hacia abajo en un rictus de despecho.
 
 Al cabo de una hora, el gato regresó maltrecho y tembloroso, cuidándose mucho de acercarse a los tobillos de mi abuela, hinchados como globos y negros como el candil que se trajo del pueblo y que guardaba en su cuarto como una reliquia, nunca se fío demasiado de la luz eléctrica. Solía ocultar sus piernas, comidas de varices, tras unas gruesas medias oscuras. El luto lo llevaba por mi abuelo Macario, aunque yo sospechaba que no era por pena, sino por el qué dirán. Más de una vez la había sorprendido mientras escupía en un retrato del abuelo que conservaba sobre la cómoda de su cuarto. Lo agarraba con rabia y lanzaba insultos y babas sobre la fotografía. Al final, lloraba e imploraba perdón al difunto en un inesperado brote de  arrepentimiento.
Recuerdo, no sin cierta nostalgia, las noches en que mi madre me obligaba a dormir con mi abuela porque tenía miedo de quedarse sola en la habitación donde había muerto mi abuelo. No es que me gustara compartir lecho con el cuerpo ajado de la anciana, con su insufrible aroma a sopa de ajo y a sudor agrio. El caldo de la sopa que sus dedos temblorosos derramaban sobre el delantal calaban la combinación y permanecían allí toda la semana, hasta el domingo, día de baño general. No me gustaban tampoco sus ronquidos agónicos; más de una noche la pasé en blanco por temor a que se muriera allí mismo, junto a mí; ni los pedos que se tiraba los días que comíamos potaje: de garbanzos, de lentejas, de alubias; es decir, casi todos los días. Lo que me hacía recordar aquella etapa de manera agradable era la pasión de mi abuela Catalina por las cartas. Cada día jugábamos un rato a la brisca o al chinchón antes de apagar la luz. Le brillaban los ojos cuando llevaba buen juego, incluso conseguía enderezar la línea de sus labios en algo parecido a una sonrisa. No solía dejarse ganar; aunque cuando yo empezaba a aburrirme, misteriosamente, ella perdía. Pensaba entonces que me permitía pequeños triunfos porque me quería, porque era su nieto preferido. Cuando cumplí un par de años más me di cuenta de que mi abuela actuaba movida por el egoísmo, por el ansia de seguir jugando. Comprendí que aquellas victorias regaladas eran sólo un caramelo para incitarme a continuar. Aun así, fueron los únicos momentos agradables que viví con mi abuela, y me gustaba conservarlos envueltos en ese halo de felicidad que da la nostalgia, aunque fuera falsa. 
Yo tenía mi propia teoría sobre el miedo de mi abuela a quedarse sola en la habitación: ella creía en las apariciones de los muertos, y pensaba que su marido regresaría para llevársela, algo remordía su conciencia, quizás su negativa a cuidarlo en sus últimos días. Mi madre solía contar que una mañana se sentó en una mecedora, justo al lado de la puerta de la habitación conyugal donde reposaba el enfermo, y desde entonces no se movió de allí ni de día ni de noche; decía que prefería morir de hambre a vivir con aquella vergüenza. Al principio mi madre no le hizo demasiado caso, pues a la abuela siempre le gustaron los grandes aspavientos que luego se quedaban en nada; pero esta vez iba en serio, pasó más de dos días con sus noches meciéndose a un ritmo pausado y sólo se levantaba para ir al retrete.
Fue por este motivo por el que el abuelo murió justo en aquella cama. Mi madre se lo llevó a casa ya moribundo para atenderlo mejor. La abuela no quiso venir, pero prometió que volvería a moverse y a comer. No nos visitó hasta que falleció el abuelo, entonces se mudó a vivir con nosotros, algo que cayó muy mal a mi padre, que nunca se había llevado bien con su suegra.
—¿Qué miras, zagalón?
—Nada
—Pues eso, a ver si tengo que hacer contigo lo mismico que con el gato ese del demonio, el muy gandul se echó la siesta sobre el chaleco que le estoy tejiendo a tu hermana.
No contesté, aunque me dolieron sus palabras. Sabía que cuando la abuela estaba de malas era mejor callar nada. Me hubiera gustado que el chaleco fuera para mí, pocas veces se acordaba de que tenía un nieto; en todo caso, para pedir ropa usada a la vecina del tercero y humillarme un poco más obligándome a que me la pusiera para ir al colegio. Llevar las camisas de otro, algunas incluso con las iniciales de un extraño bordadas, hacía que me sintiera inferior al resto de los niños. Mientras que las prendas pertenecieran a chicos de fuera del barrio no me importaba demasiado, el problema era el vecino del tercero, un año mayor que yo, hijo único, mimado y orgulloso. Más de una vez me había dejado en ridículo en el colegio, sobre todo delante de las chicas, me señalaba con el dedo y decía: esa camisa es mía, ese pantalón y esos zapatos son míos. Y yo hubiera querido desaparecer. Que la tierra se abriera a mis pies y me tragara. Ser pobre es una mierda, una gran mierda, repetía una y otra vez, como si hablar de modo escatológico pudiera compensar las humillaciones que sufría a diario.
Durante la comida mi padre me hizo reír, logró que me olvidara del golpe de Satanás y de ese chaleco que nunca sería para mí. Contó chistes de Jaimito con la voz gangosa que tanto me gustaba. Mi padre se reía del mundo y sus habitantes, sobre todo de la abuela, que siempre andaba cuchicheando a sus espaldas, haciéndose cruces como si del diablo se tratara. Él no le hacía caso, y acercaba su boca a mi oreja, notaba el calor de su aliento a vino mezclado con el olor a la obra, al cemento, a los ladrillos mojados y al sudor que destilaban sus axilas de albañil para decirme que era una mosca cojonera, me guiñaba un ojo y se rascaba la entrepierna con gestos ostensibles, como si le hubiera picado un insecto. Mi madre nos miraba sin disimular su enojo. Callada, una estatua de sal, tan inmóvil como amargada.
Me gustaba observar a mi padre mientras que me hablaba de su trabajo y presumía de ser el mejor encofrador de la ciudad. Lo imaginaba construyendo aquellos edificios gigantescos, esqueletos que crecían hacia el cielo y que yo admiraba cuando iba camino del colegio. Entonces, henchía mi pecho y elevaba la mirada, orgulloso de ser su hijo. Pronto se llenarían de gente, personas que no sabían que podían vivir allí gracias a mi padre. Era alto y sus espaldas eran tan anchas que, en algunas puertas, tenía que pasar de lado. Yo me preguntaba si alguna vez lograría parecerme a él, aunque no hubiera heredado el azul de sus ojos. Ese color se lo quedó Marta, la tonta de mi hermana; mi madre solía decir que la mirada de su niña parecía un trozo de cielo. Yo pensaba que, además de ser una cursilería, si analizáramos la frase encontraríamos que tras el cielo está el infierno, y que tras su apariencia de niña buena había un demonio engreído. Ella fingía inapetencia para que nuestra madre le comprara yogures y quesitos, que a mí me estaban vedados, a pesar de que mi aspecto famélico contrastaba con la figura oronda y rebosante de buena salud de mi hermana.
Ese día deseaba que mi padre me contara más cosas sobre su trabajo o de la vida en general; pero en la tele ponían Sandokan, su serie favorita, así que no lo quise molestar y así evitarme una colleja. Me acomodé junto a él en el sofá de escay y traté de mostrar un interés que no sentía en absoluto, nunca me gustaron las películas de acción. Mi mente se escapaba hacia otro lugar, muy lejos de los mares del sur. Decidí marchar a mi puesto de vigilancia. Desde la ventana de mi cuarto podía ver la puerta de entrada del edificio, gracias a su forma, lugar obligado de paso para todos los residentes, incluida Macarena, la madre de mi amigo Carlos. Pasaba muchas horas apostado. A veces, incluso me dormía apoyado contra el cristal. Esa tarde, la suerte no me favorecía, más de dos horas y mi musa no había salido aún, sin duda un cambio de turno inesperado. Tendría que sonsacarle a mi amigo el nuevo horario de su madre en la cafetería; eso sí, con cautela, no fuera a sospechar algo. Me hubiera gustado ir a casa de Carlos y comprobar si estaba allí Macarena, su madre, pero mi abuela me lo tenía prohibido terminantemente.
Desilusionado, me fui al cuarto de baño por enésima vez ese día. Me contemplé en el espejo tratando de encontrar mi lado bueno, el más atractivo; sin éxito. Me vi allí preguntándome a quién había salido, mientras observaba mi pelo, negro como el de mi padre, algo más lacio y deslustrado. Mis ojos no eran azules, sería demasiado pedir para un chico tan vulgar como yo, pensé. En mi cara se podría trazar un triángulo perfecto. La barbilla afilada y la boca pequeña formarían el vértice. Arriba, los ojos marrones, grandes y abiertos como si quisieran comerse el mundo, configurarían la base. Este triángulo invertido que era mi rostro empezaba a motearse con granitos rojos que me molestaban, porque afeaban aún más mi cara, nada atractiva de por sí y, sobre todo, porque eran un signo de que me estaba haciendo mayor, como lo era la rapidez con que crecía y el vello que me estaba saliendo por todo el cuerpo. Y me asustaba dejar de ser un niño.
 
El sonido del portero automático me sacó de mi ensimismamiento. La voz cantarina de Carlos me alivió, quería jugar a las chapas. Bajé las escaleras para reunirme con él en la calle. No me apetecía jugar, pero necesitaba estar con alguien. De repente, me puse triste sin ningún motivo en concreto; o sí, quizás la causa no residía en aquel instante, iba más allá, al momento en que nací en el seno de aquella familia de tarados a la que le era indiferente, no reparaban en mí más que en cualquier mueble de la casa. O, simplemente, era que esa tarde había conseguido ver a Macarena, pero esto último no podía decírselo a mi amigo.
—¿Qué te pasa, a qué viene ese careto? —preguntó Carlitos.
—Nada, lo de siempre, mis viejos han discutido otra vez—mentí.
—Venga tío, no te agobies.
—La culpa ha sido de mi abuela, ha estado calentando a mi madre…
—Tu abuela es un regalito, ¿eh?
—Sí, bueno, vamos a jugar. Esto… oye, ¿tu madre no trabaja hoy?
—Tiene turno de noche, se irá más tarde, ¿y eso?
—No, nada, es que no la vi salir… Venga vamos a jugar.
 
Preparé las chapas, arrepentido de haber preguntado tan directamente a mi amigo sobre su madre. Carlos no pareció sospechar nada. Según mi abuela, era un chiquillo desgraciado; aunque se le veía feliz, a pesar de ser más canijo que yo y vivir en los bajos del edificio, el peor sitio por la humedad y los olores. Sentí en lo más profundo de mi alma que era la única persona del mundo en la que podía confiar, la única que conocía mi horrible vida de familia.
—¿Sabes? Hoy he hecho un nuevo experimento —dijo Carlos en voz baja, como si temiera que alguien pudiera robarle sus ideas.
—¿Y?
—Ya sabes que estoy investigando en mi vacuna para evitar la muerte…
—Sí —lo interrumpí—, esa que cobrarás a los ricos y regalarás a los pobres del barrio…
—… Pero de vez en cuando me gusta crear cosas diferentes —continuó Carlos, haciendo como que no me había oído.
—¿Cómo qué?
—Te lo cuento si me prometes que lo probarás.
—No puedo prometerte eso, no hasta que me digas cómo lo has hecho.
—A ver, mi madre siempre dice que los pepinillos en vinagre son muy nutritivos, pero a mí no me gusta el sabor del vinagre, así que he cogido el vaso de la Nocilla y lo he mezclado todo, machacando bien los pepinillos. Aún no lo he probado, pero tiene una pinta…, una pinta…
—¿Asquerosa?
—Nooooo, buenísima, ¿lo probarás?
 
Nos interrumpió el ruido de la puerta de entrada al bloque. La madre de Carlos se dirigía hacia nosotros, llevaba puestos unos pantalones muy ajustados y una camisa de flores. Le dio un beso a su hijo y me dedicó una sonrisa.
—Hola, tú eres Julián, ¿no? Carlos me habla mucho de ti y, hasta ahora, sólo te he visto de lejos. ¿Por qué no vienes un día a casa, a merendar, así podremos conocernos mejor?
—Pues, pues,…  Sí, un día de estos voy, seguro —dije sin demasiada convicción.
—Te aseguro que no nos comemos a nadie —y soltó una carcajada, mostrando sus dientes parejos y muy blancos.
—Ya, supongo que no come mucho, está muy delgada.
—Háblame de tú, no soy tan mayor, y no estoy tan delgada, que como muy bien, ¿verdad Carlitos?
Mi amigo asintió con la cabeza. Parecía abstraído, no prestaba atención a la conversación que yo mantenía con su madre.
—Bueno, tengo que marcharme, no te acuestes demasiado tarde. Y tú, Julián, no olvides que tenemos una cita; para merendar, ya sabes.
En ese mismo instante decidí que entraría en aquella casa, aunque me costara acabar en el infierno, ese horrible sitio que mi abuela describía para mí con tanta precisión y mala uva.
Macarena era lo único bonito que había en el edificio, la única persona no gris, no triste, no amargada, no… Podría pasar horas pensando en las cosas que no era la madre de Carlos, o simplemente podría decir que era maravillosa. Nunca había hablado con ella; como me gustaba espiarla, conocía los horarios de la cafetería donde trabajaba y estaba pendiente de sus entradas y salidas, como si fuera un novio celoso. Nunca se lo dije a Carlos, pero me gustaba su madre, me gustaban las braguitas de colores que colgaba en el tendedero del patio de luces, tan pequeñitas, tan encantadoras. Al verlas no podía evitar compararlas con las enormes bragas de algodón blanco o color carne de mi madre, con la goma dada de sí que, más que colada, parecían los restos de un naufragio.
Me gustaban sus vestidos de flores, los zapatos de plataforma, el bolso hecho con retazos de piel y sus ojos color avellana. Me gustaban sus sonrisas y su forma de andar, y sus labios pintados de rojo, como si se le hubieran manchado al comer fresas; siempre me pregunté si tendrían su sabor agridulce. Una vez las probé, las fresas. Cuando era niño no era una fruta al alcance de todos; un día mi madre se lio la manta a la cabeza, como solía decir y nos compró medio kilo. Las traía cuidadosamente envueltas en papel de estraza, depositó el bulto sobre la mesa de la cocina y nos llamó a mi hermana y a mí. Los dos mirábamos asombrados aquel fruto de forma triangular y color intenso. Sabíamos que eran fresas, las habíamos visto en la frutería del barrio, y nunca hasta ese día las habíamos probado. No nos decidimos a meter la mano en el plato hasta que mi madre nos dio permiso para hacerlo con una sonrisa complacida, una de las pocas veces que la vi sonreír. Ella tan sólo se comió una, para probarlas, dijo, como si se avergonzara de aquella pequeña debilidad. La mayoría las devoró Marta, y yo también pude degustarlas. Desde entonces soñé con ellas y con los labios de Macarena, dos frutas tan prohibidas como deseadas.

*Si te interesa la novela puedes adquirirla enviando un email a info@editorialeldesvan.com (te la mandan sin pagar gastos de envío adicionales) o pídela en tu librería habitual y que se pongan en contacto con la editorial.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Portada de La nieve en el almendro, mi nueva novela



 
 
Detrás de esta portada hay muchas horas de trabajo, de buenos y malos ratos, de dudas, de arrojar la toalla y volver a recogerla al cabo de meses. Esta novela, como La asesina de los ojos bondadosos, nació a partir de un relato, uno de esos cuentos que te piden más, que quieren que te asomes a los ojos de sus personajes y rebusques dentro de su alma.
También, detrás de esta portada, hay buenos amigos que me han ayudado a seguir creyendo en la historia y a mejorarla. Una novela es la suma de voluntades, del escritor y del editor que cree en ella. Y me siento muy agradecida a Ramón Alcaraz, que ha apostado porque este título figure en el catálogo de obras de la editorial El desván de la memoria.
Dentro de nada, cuando esté impresa, será vuestra, de los lectores, eso es algo que me ha quedado muy claro en estos años, en el momento que publicas una obra, deja de pertenecerte.
Espero que os guste la portada, pero aún más deseo que os guste la novela, que os llegue al alma, que no os deje indiferentes.

 

martes, 22 de octubre de 2013

Asesina entre té y chocolate

Hoy, Inmaculada Puche Romero, la editora de Pezsapo me ha dado una agradable sorpresa, La asesina de los ojos bondadosos se puede adquirir y degustar entre tés y chocolates. ¿Qué no sabes de lo que hablo? Pincha en este enlace y lo comprobarás: http://degustate.es/es/45-regalo-libros-online

sábado, 21 de septiembre de 2013

La nieve en el almendro, mi próxima publicación.

Parque de Alcaudete

"Su presente podría ser la mulata. Se llamaba Mariela y pertenecía a un universo paralelo, residía en el otro lado de la ciudad, donde los cuerpos buscan alivio y las almas se condenan. Llegó a ella tras una de las muchas peleas que solía mantener con Matilde; más que peleas, humillaciones a las que ella lo sometía constantemente. Cuando cogió el coche, eran casi las dos de la madrugada y empezó a recorrer calles sin rumbo fijo hasta adentrarse en aquel barrio de mala muerte. Ese día le hubiera gustado desaparecer para siempre, ahogado en el alcohol que iba ingiriendo bajo la indiferente mirada de un barman acostumbrado a arrojar borrachos a la calle como el que le echa azucarillos al café. Entonces, entró ella, tan negra, tan alta, tan excesiva… Sus tacones repiquetearon por el local, los escasos ojos que aún permanecían abiertos se volvieron hacia su figura de ébano, y Julián ya no pudo despegar su mirada de aquel cuerpo exuberante. La mujer se dio cuenta y se dirigió hacia él. Se insinuó y le explicó las tarifas. Al principio no lograba entender a qué se refería, estaba demasiado borracho y hasta ese día nunca había ido a buscar sexo de pago a barrios indeseables donde viven mujeres increíbles, grandes y hermosas como flores exóticas, orquídeas crecidas en el barro."
(Extracto de mi próxima novela La nieve en el almendro)

viernes, 25 de enero de 2013

Reseña de La asesina de los ojos bondadosos, por Josefina Armenteros


Tengo que agradecer a Josefina Armenteros la reseña que ha escrito sobre La asesina de los ojos bondadosos en su blog literario "Mi cuaderno de lectura". Y aprovecho también para dar las gracias a todos los componentes del Club de lectura de Torredelcampo, con los que mantuve un encuentro el pasado martes, podéis ver las fotos en este enlace de facebook: 
http://www.facebook.com/media/set/?set=a.4350156592933.2155569.1258167783&type=1

Destaco un fragmento de la crítica:

A través de las páginas de la novela el lector va descubriendo que es necesario limpiar concienzudamente la imagen exterior de los hechos para que salga a relucir la verdad, oculta por las impurezas de lo aparente; que es preciso escarbar en lo más hondo de las personas para descubrir los motivos por los que actúan de una determinada manera. Que no siempre todo es lo que parece.  Y en relación con esta idea es genial el  paralelismo establecido por Felisa entre la abuela Martirio y Severina, dos mujeres valientes que, cada una a su modo, ha tomado decisiones acertadas o no, pero propias. Se vislumbra así en el desarrollo de la trama un juego muy atractivo entre inocencia y culpabilidad.

Podéis leerla entera en este enlace:

http://blogdejosefinaarmenteros.blogspot.com.es/2013/01/la-asesina-de-los-ojos-bondadosos.html#comment-form

lunes, 19 de abril de 2010

Una nueva locura


No se me ocurre definirlo de otra forma. Ayer por la tarde inicié una novela que debo terminar en las seis semanas próximas. Es una locura porque tengo el argumento cogido con pinzas, no he desarrollado los capítulos, ni sé muy bien como va a terminar. Una idea absurda, ese es el título que le he puesto, y que define muy bien mi forma de proceder. Envié el primer capítulo un par de horas antes de que se cumpliera el plazo de admisión al concurso de Ediciones Fergutson.


En fin, a lo hecho, pecho, sabia expresión popular. Os dejo el enlace por si quereis leer el primer capítulo, admito sugerencias e ideas para continuarla: Una idea absurda



lunes, 29 de marzo de 2010

Mi novela finalista en el Certamen López Torrijos


Esta tarde he recibido una llamada agridulce, creo que esa es la palabra adecuada, la primera que se me ha venido a la cabeza. Un amable señor de la Correduría de Seguros López Torrijos me ha comunicado que mi novela ha quedado finalista en el certamen literario que esta empresa convoca. Más concretamente que llegó hasta el final, disputando el premio con la ganadora. Me aseguró que él, aunque no pertenecía al jurado, había leído mi novela y le había gustado mucho, sólo que el final le parecía un poco flojo. Creo que tendré que plantearme modificarlo, no es la primera opinión que recibo al respecto.

Es complicado explicar lo que sientes en un momento así, a la alegría de estar finalista se contrapone la decepción por no haber conseguido el objetivo: ganar el premio y publicar. No es la primera vez que me pasa, y siempre he procurado quedarme con la parte positiva. Este segundo puesto me servirá para revitalizar la fe en mi obra, que voy perdiendo conforme la presento a concursos que no gano, porque lo normal es eso, no ganar.

El certamen me ha dejado muy buenas vibraciones, por la conversación que he tenido con el coordinador del premio, me da la sensación de que es un concurso limpio, y lo digo porque todos tenemos reciente lo que ha pasado con nuestra amiga Maribel.

Quiero aprovechar para felicitar a la ganadora, Consolación González Rico, y desearle toda la suerte del mundo con su novela, La voz del mar.

Pulsa aquí para ver la noticia, aunque en la misma no aparecen los finalistas por decisión de la entidad organizadora, así que tendréis que confiar en que lo que cuento es cierto.
(La foto no tiene mucho que ver con el tema, pero siempre me anima ver a mis hijos)


lunes, 8 de marzo de 2010

Presentación de mi novela en La Bobadilla


Ayer tuve la suerte de compartir la celebración del Día de la Mujer con la Asociación de Mujeres Santa Fe, de La Bobadilla y de presentarles mi novela "La asesina de los ojos bondadosos". Tomamos un café y les leí algunos párrafos de mi libro, que tuvieron muy buena aceptación. Para finalizar no pude resistir la tentación de compartir con ellas una carta utópica que fue premiada en el certamen Cartas a un Sueño, hace ya varios años. Aunque ya está publicada en el blog, os la dejo por aquí, creo que es apropiada para el día que celebramos hoy. Felicidades a todas las mujeres, pues todas somos trabajadoras, fuera o dentro de casa, bueno o la mayoría (Paris Hilton me hace dudar un poco). Un abrazo, amigas.



TÍTULO: In memoriam

Querida abuela,

Hoy te escribo con el alma llena de esperanza, imagino el brillo en tus ojos al leer esta carta, el color subiendo a tus mejillas y esa sonrisa que llevo grabada en mi mente desde que era niña. Una sonrisa teñida por la tristeza que tratabas de ocultar ante tus seres queridos. Aunque eso lo supe después, en aquel momento para mi sólo era un esbozo de ilusión y esperanza.

Hoy te escribo porque tengo una noticia, más bien una ausencia de noticias, ya es diciembre y durante todo este año no se ha producido ninguna muerte de violencia de género; los telediarios no han mostrado aceras manchadas, ni casas quemadas, ni cuchillos ensangrentados. No hemos guardado minutos de silencio ni hemos vertido lágrimas de hielo, que son las que más duelen porque aristan el corazón. No han hecho falta esas leyes que promulgamos para ayudar a las mujeres maltratadas, los hombres han entendido por fin que somos personas, no objetos de su propiedad.

Querida abuela, sé que te parecerá mentira, que no puedes creer mis palabras; pero lo que te cuento es cierto, lo sé de buena tinta. Todos los informes al final llegan a mí, porque, mi adorada abuelita, tu nieta, esa niña canija que siempre andaba enfrascada en los libros, ahora es la Presidenta del Gobierno y mi última decisión ha sido derogar la ley de cuotas porque ya no es necesaria; las mujeres somos mayoría en el Parlamento y no hemos tenido que renunciar a ser madres. ¿Te podrás creer que me presenté a las elecciones embarazada? Supongo que no, quién votaría en tus tiempos a una mujer en estado de gestación. Mi marido ha renunciado a su trabajo para cuidar de los niños, él se encarga de la organización de la casa, se muestra muy orgulloso de mí. No le preocupa lo que opinen los demás, nadie piensa que si un hombre se queda en casa es menos hombre.

De igual forma las mujeres acceden a cualquier empleo sin ningún tipo de discriminación, no les preguntan en las entrevistas de trabajo si están casadas o tienen novio, no las despiden cuando se quedan embarazadas ni cobran menos salario realizando las mismas tareas.

Por otra parte, hemos dejado de ser meros objetos sexuales, en la publicidad no se nos muestran modelos esqueléticas que propician la anorexia entre nuestras hijas; los cánones de belleza son amplios y no se basan sólo en unas medidas y un peso. Nos sentimos orgullosas de nuestro aspecto, no necesitamos dietas, ni agredir contra nuestro propio cuerpo con operaciones estéticas que nos convierten en meras replicantes. Participamos en la vida cultural, ganamos premios, publicamos novelas, inauguramos exposiciones, diseñamos edificios, construimos puentes... Me dirás que esto ya se daba en tus tiempos, pero puedo asegurarte que no a estos niveles de igualdad con el hombre.

Ya sé, abuelita, que todo lo que te cuento te parecerá increíble, que me he vuelto loca, que hablo de un mundo al revés, que sólo es un sueño irrealizable. Muchas veces pienso en ti, en esa sonrisa rota, en esos ojos siempre húmedos, en tus manos trenzando mi pelo y entretejiendo mi alma con tus caricias. Fue mucho más tarde cuando lo supe todo, aún no te había perdonado por haberme dejado tan pronto, tú y el abuelo me abandonasteis a la vez, desapareciendo de mi vida como un buque fantasma se pierde en la niebla. Nadie me daba explicaciones y crecí con la sensación de angustia, de pérdida, temiendo que cualquier día pasara lo mismo con mis padres.

Después lo entendí todo, fuiste una víctima más de la prepotencia masculina que aún imperaba en tus tiempos, sufriste en silencio durante muchos años hasta pagar con tu vida una deuda nunca contraída. Aunque lo intento no puedo dejar de odiar al abuelo, nada puede justificar lo que te hizo, cómo te arrancó de nuestro lado.

Mi amada abuela, los ojos se me llenan de lágrimas redactando esta carta y el pulso me tiembla, no me regañes por los borrones, estoy escribiendo con la pluma que me regalaste, aún la conservo para no olvidar que el pasado está ahí, que tenemos que estar atentos y sobre todo atentas para que no vuelva a repetirse la historia.

Hoy dejo esta carta sobre el frío mármol de tu tumba y se me encoge el corazón, luego sonrío y pienso: ¡cómo me gustaría ver el brillo de tus ojos al leerla!

Tu amantísima nieta,
Utopía.


domingo, 31 de enero de 2010

Ya tengo a mis "asesinas"


Por fin han llegado, incluso un poco antes de lo que esperaba. Cincuenta ejemplares de mi novela “La asesina de los ojos bondadosos”, que han sido rescatados de algún almacén olvidado. Ahora está en mi mano darles vida y ofrecerlos a quien quiera comprarlos. Al final he conseguido un descuento que me permite hacer frente a los gastos de envío en España, así que a partir de este momento, y como mi intención no es ganar dinero, la venderé a 12 euros incluyendo todos los gastos y una dedicatoria personalizada. Si alguien está interesado en adquirirla sólo tiene que escribirme a esta dirección algaidak@hotmail.com y le daré el número de cuenta para hacer el ingreso. (No hago envíos contra reembolso, son mucho más caros).

Gracias por vuestro apoyo, por la respuesta que siempre encuentro cuando hablo de mi novela, tanto si son buenas noticias como si no lo son tanto.
Ante el "amable" comentario que me hace Raúl a esta entrada, recordando los costes en que se incurre cuando se hace una transferencia, creo que no está de más avisar que si en vez de transferencia se ingresa el dinero en una sucursal del mismo banco (en este caso es Banesto), los gastos bancarios son cero.

viernes, 29 de enero de 2010

Será normal...


...pero no acabo de entender ciertas cosas. Creo que fue en junio, antes de irme de vacaciones cuando hice un pedido de libros, a través de una papelería de mi localidad. Esos libros no eran otra cosa que ejemplares de mi novela “La asesina de los ojos bondadosos”.
Tuvieron que pasar varios meses de espera infructuosa para enterarme que la distribuidora encargada de vender mi novela había desaparecido, se había esfumado sin dejar rastro. Una vez asumido que no podría contactar con la Editorial El Olivo (la citada distribuidora) traté de buscar otra vía para adquirir los libros y poder atender a varios pedidos que tenía pendientes. Fui directamente a Diputación y en septiembre conseguí que me mandaran unos 20 libros para la presentación que hice en Noguerones.

Después nada más, según la responsable del departamento, no podían venderme los libros, y me recordó “amablemente” que no era yo la persona indicada para distribuir mi novela y que, en realidad, no eran míos sino que pertenecían a la Diputación. Yo me cansé de repetirle que sólo quería comprarlos, que no pretendía que me los regalara.

Mientras tanto me enteré que trabajaban con otra distribuidora de Madrid e intenté hacer el pedido a través de ellos. Primero me dijeron que sí, luego que no. Al mes volví a intentarlo, volvieron a decirme que sí pero pasaban los días y no tenía noticias de ellos.
Ayer me llegó un correo, casi dos meses después, diciendo que ya tenían mis libros y que en cuanto les hiciera la transferencia me los enviarían. Hoy he ingresado el dinero y el lunes, si todo va conforme a lo que me han dicho, tendré los ejemplares de mi novela.

No sé si es normal, pero he necesitado siete meses para conseguir ¡mi propia novela! Muchas veces he estado a punto de tirar la toalla y olvidarme de todo, tan cansada estaba de esperar, tan harta de escuchar excusas incoherentes. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que tenía que seguir insistiendo, que el trabajo y la ilusión que he invertido en esta novela, merecían que continuara con mi particular lucha: sacar mis libros de algún almacén donde dormitan aburridos. Que Raquel y Severina puedan campar a sus anchas, contar sus historias a más lectores, a quien quiera escucharlas.

Creo que lo he conseguido, el lunes o el martes os contaré.

miércoles, 13 de enero de 2010

Tormenta de verano


"Aquella tarde llovía con la intensidad que sólo las tormentas de verano pueden ofrecer. Corrimos hasta su casa al caer las primeras gotas, pero en escasos segundos nos encontramos envueltos por una cortina de agua que amenazaba con ahogarnos. Cuando conseguimos alcanzar el portal ya estábamos empapados. Noelia se reía de mi aspecto, mi pelo había perdido totalmente la compostura que yo me afanaba en darle antes de salir, en un arduo trabajo de ocultar los claros, y dejaba a la vista su verdadero aspecto. Le regañé y la cogí de los brazos, para después cerrar su boca con un beso que me supo a colonia fresca. Noté que se entregaba, que su lengua buscaba la mía con ansia, como si un deseo hasta ese momento reprimido se hubiera desbocado y se derramara por su boca. Subimos las escaleras de dos en dos, dejando pequeños charcos de urgencia a nuestro paso, la huella del deseo que nos llevaba en volandas, sin tregua para respirar. Llegamos ahogados y volvimos a fundirnos en un beso, mientras que nuestras manos actuaban por su cuenta, arrancando la ropa mojada, que iba cayendo al suelo como la lana de las ovejas, mansa y acobardada.

Su figura desnuda provocó mi asombro, por un momento me detuve, me quedé clavado en el centro de la habitación, tratando de encontrar el ánimo necesario para sobreponerme a la belleza del cuerpo de Noelia. Por fin reuní la fuerza necesaria para extender el brazo y dejar que mis dedos rozaran su piel. Se encogió de forma instintiva y yo detuve la caricia, la miré a los ojos y vi miedo, un terror irracional que empequeñecía sus pupilas y le hinchaba la vena del cuello."


(Fragmento de mi última novela)

lunes, 9 de noviembre de 2009

Un pellizco de mi nueva novela

La vi nada más llegar al pueblo. La cabellera roja agitada por el viento inexistente de una mañana sumida en la más absoluta de las calmas, casi aletargada. Un escalofrío recorrió mi espalda como si, en vez de estar contemplando una joven hermosa, ante mí se encontrara el mismísimo diablo. Fue una visión fugaz, la muchacha pronto desapareció tras el edificio del hotel, engullida por la niebla, dejándome confuso y aturdido a un tiempo. Pensé en seguirla, pero me detuve al analizar lo absurdo de la situación. Yo corriendo tras una chiquilla de apenas quince años; no hubiera encontrado una explicación lógica que darle si, al percatarse de que la seguía, me hubiera pedido explicaciones.


Creo que anoche bebí en exceso, no puedo recordarlo con claridad, pero la botella de whisky que esta mañana encontré sobre la alfombra estaba vacía, de eso no hay duda. Mis movimientos lentos y el dolor de cabeza parecen aliarse para demostrar que me estoy pasando con el alcohol. No me importa, lo único que no soporto es la mirada triste de mi madre, cuando se acerca al piso a visitarme con cualquier excusa y tengo la sensación de que en realidad viene a comprobar que aún sigo vivo.
Recorre las habitaciones de mi casa con sus ojos plomizos tratando de evaluar el grosor de la capa de polvo que cubre los muebles, estrujándose las manos, clavando las uñas en las palmas para evitar la tentación de rozar la madera con su dedo índice de ama de casa fracasada. Sabe que no consentiré que limpie nada, que mueva nada, que trastoque ni tan siquiera el más insignificante rincón de mi casa.
Todo permanece en el mismo orden que ella lo dejó, su bolso aún pende de la percha como un trofeo inútil. Mi madre ha reparado en él, desvía la vista y se dirige a la cocina, mira de reojo el cubo de la basura, donde yacen las pruebas vacías de mi vicio recién adquirido. Mi madre se llama Salvadora, de ella heredé el nombre, y se siente impotente ante mi silencio obstinado que llena de vacíos nuestras conversaciones. No, no soporto la mirada derrotada de mi madre, un motivo más para marcharme. Y aquí estoy, en Villa Olvido.
Villa Olvido, curioso nombre para un pueblo, un lugar para los amnésicos o para los que quieren serlo. Aún no sé en qué grupo encuadrarme. Me gustaría olvidar todo lo que ha pasado en estos diez últimos años, ser aquel joven de treinta que buscaba miradas en las que perderse, hasta que encontró la suya, la de la chica de ojos tristes. Villa Olvido, un pueblo de apenas mil habitantes perdido entre montañas, alejado en el tiempo y en el espacio del mundo que yo conocía, el lugar donde esperaba pasar las próximas semanas tratando de descubrir un secreto que me permitiera reconciliarme con ella y conmigo mismo.

martes, 27 de octubre de 2009

Alucino en colores

Alucino en colores, no sé si esta expresión estará de moda o pasó hace tiempo, pero no se me ocurre otra forma de definir mi estado de ánimo en este momento. La editorial El Olivo, que distribuía mis libros, ha desaparecido, está missing, llevo desde el mes de junio esperando un pedido que hice a través de una librería de mi localidad. Ante la imposibilidad de contactar con ellos, los teléfonos sólo responden “Telefónica le informa que no existe ningún abonado con esta numeración” o algo parecido. El móvil del editor contesta “este número tiene restringidas temporalmente las llamadas” y la funcionaria de Diputación de Jaén se encoge de hombros, yo no se nada, que me registren.

Menos mal que quité el enlace que había en mi página a la editorial y estoy atendiendo los pedidos de mi novela personalmente, aunque tengo algunos sin enviar por falta de libros.

Después de mucho insistir he conseguido que me den el número de otra distribuidora que trabaja con la Diputación de Jaén que, aunque no tienen mi novela en existencias, parece ser que podría pedirla y servirnos los ejemplares solicitados. Ya sólo me queda esperar, no sé cuanto tiempo.

A veces me siento impotente, ¿para qué se publica un libro si luego no se presta ningún interés en su promoción y distribución? Si yo no me hubiera arremangao estoy segura que mi novela dormiría el sueño de los justos en algún almacén público. A través de mi blog, organizando presentaciones, haciendo uso de todos mis contactos he conseguido que la historia de Severina y Raquel llegue a muchas personas pero a veces pienso que no debería estar sola en esta lucha.
En fin, perdonad que irrumpa de esta manera, casi a gritos, tenía que desahogarme.

jueves, 22 de octubre de 2009

Esta tarde, encuentro en la biblioteca Miguel de Cervantes, Alcaudete


Hoy jueves a las 19,30, en la Biblioteca Pública Municipal Miguel de Cervantes de Alcaudete tendré un encuentro con el Club de Lectura Fuente Zaide y con todos aquellos lectores de mi novela "La asesina de los ojos bondadosos" que quieran acercarse por allí y compartir una charla literaria entre amigos.
Ya en Noguerones, en la presentación que hice de mi libro, pude conocer las opiniones y responder a las preguntas de los lectores. Y os puedo asegurar que es algo emocionante y que, de alguna forma, da valor añadido a mi literatura, me hace recapacitar sobre mis motivaciones cuando escribí tal o cual cosa, lo que me lleva a la reflexión y al análisis.
En estos encuentros, voy tomando nota de las elementos que han llamado más la atención a los lectores, qué personajes son sus favoritos, qué parte de la novela ha impactado más y cual ha pasado inadvertida, con la seguridad de que me serán útiles en mis próximos escritos.
No voy a negar que estoy un poco nerviosa, un club de lectura está acostumbrado a analizar obras de escritores con gran renombre y calidad y yo me siento una aficionada, casi una intrusa a su lado. En fin, que si estáis por Alcaudete y no tenéis nada mejor que hacer esta tarde, os espero en la biblioteca para hablar de mi asesina.

martes, 29 de septiembre de 2009

lunes, 28 de septiembre de 2009

Gracias a Mad el Mago, mi mejor cliente.



Mad el Mago, desde su Jardín Azul, su blog ha tenido la amabilidad de hacer una crítica sobre mi novela. Digo que es mi mejor cliente porque me encargó tres ejemplares de la novela, que se marcharon hacia Cadiz, su ciudad. Tenía yo mi "cosilla" porque no me había comentado lo que le había parecido el libro, pensé que no le había gustado y que prefirió no comentar nada, pero después me he encontrado con este comentario en su blog y me he puesto muy contenta.

Hoy, hace tiempo que debí hacerlo, os hablaré de un libro que fue Premio Diputación de Jaen a escritores Noveles (2007), escrito por Felisa Moreno Ortega, una Jiennense con palabra.Mi historia con este libro es muy sencilla, navegando por la red, buscando libros interesantes que leer, topé con una bloguera que había ganado un premio; en el enlace de abajo podéis acceder hasta el primer capítulo del libro, que tras leerlo me dio buenas vibraciones, se lo encargué a la autora directamente tras intentar hacerlo a través de la delegación de cultura de la Diputación de Jaén. (Aún espero respuesta) y esta(la autora), no solo me mandó 3 ejemplares que encargué, sino que me los dedicó con sabias palabras. Gracias de nuevo Felisa por tus dedicatorias.

El libro; Os diré mis sensaciones al leer la novela, al principio de esta, la novela se te hace distante, al igual que la protagonista, el lector siente que algo no va bien, creo que narra tan bien esas sensaciones de angustia de la periodista que la lectura se te hace muy cuesta arriba. Así mismo, en el momento que la protagonista logra desembarazarse de ese lastre, la novela al igual que ella (la prota) fluye deliciosamente entre los dedos, hoja a hoja vas necesitando devorar el devenir de la historia y quedas enganchado a una trama muy bien contada y narrada con una exquisita habilidad.No me queda más que deciros que compréis y leáis este libro que no os dejará indiferentes.http://felisamorenoortega.blogspot.com/2008/08/la-asesina-de-ojos-bondadosos.html

domingo, 27 de septiembre de 2009

Gracias Noguerones


No se me ocurre otra forma mejor de titular esta entrada después de la acogida que me dispensaron en mi pueblo ayer por la tarde. Llegué con la idea de encontrar diez o quince personas, pues esta era la segunda presentación de mi asesina y muchos de mis paisanos ya habían estado acompañándome en la primera, así que imaginaros mi sorpresa cuando la gente empezó a llegar, las sillas se llenaron de rostros amables, conocidos, las caras de mi infancia.

Decidí olvidarme de los nervios y disfrutar del momento, el Alcalde, la Concejala de Cultura y la Presidenta de la Asociación de Mujeres “Las Nogueras” dejaron tan bien de mi novela que acabé sonrojándome y me consta que los tres la han leído. Después me tocó a mí hablar de Raquel y de Severina, las dos protagonistas, de Ríoarriba, que también podría haberse llamado Noguerones, los paisajes le pertenecen, de las comidas, de las tradiciones, de las emociones que he ido volcando en este mi primer libro. Pero yo quería más, quería que la gente opinara, que me preguntara cosas, no me apetecía un acto protocolario, eso ya lo tuve en la primera ocasión, deseaba el contacto directo con los lectores.
Momento en que la presedenta de la asociación me entrega una placa conmemorativa.

Fue emocionante e instructivo, creo que para ambas partes. Pasó el tiempo volando, nadie parecía cortado, desde Antonio, un jubilado que siempre me para por la calle para decir que le mande todo lo que escriba hasta Iván, un joven al que no había visto desde niño, pasando por las mujeres de la asociación que me hicieron muchas preguntas, que yo contesté encantada. Me sentí como una verdadera escritora. Después firme ejemplares de mi novela.

El momento más tierno y el más duro a la vez, cuando mi hermana María se abrazó a mí, no la esperaba, está pasando por una enfermedad muy dura.
Una ausencia, la de mis padres y mis otros hermanos, mi padre está ingresado en el hospital, esa noche la había pasado con él y yo sé la ilusión que le hubiera hecho estar allí, tan orgulloso de su niña. Mi madre no quiso venir sola.

En fin, un día para recordar, un momento de esos que voy guardando en la mochila y que saco en los días tristes, en los que parece que todo va mal, cuando las ilusiones se tuercen, cuando pierdo las ganas de escribir o me siento insegura de lo que escribo.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Presentación de La asesina de los ojos bondadoso en Noguerones

Una vista áerea de Noguerones, los puntitos son olivos (por si alguien no se ha dado cuenta).

Este sábado día 26 a las 18,00 en el Centro Social de Noguerones (junto a la iglesia) en el marco de las actividades programadas para la Semana Cultural de Noguerones por la Asociación de Mujeres “Las Nogueras”, se realizará un acto de presentación de mi novela.

Noguerones es la aldea que me vio nacer un día lluvioso de marzo, recuerdo que antes siempre llovía por mi cumpleaños. Muchos pasajes de la novela están inspirados en esta tierra, es por eso que me hace una especial ilusión presentarla allí. No voy a negar que también siento un poco de miedo, más bien pánico, de enfrentarme a la gente que me ha visto nacer y crecer, en mi nueva faceta como escritora, aunque estoy segura que al final será un momento especial y entrañable, que recordaré siempre.

Quiero agradecer a la Asociación de Mujeres “Las Nogueras” su amable invitación y especialmente a Paqui, su presidenta, una persona muy especial.
Estáis invitados, aunque ya sé que a algunos os pilla un poco lejos, después de la presentación firmaré ejemplares de la novela.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Gracias, Amigos de Alcaudete

Por un comentario anónimo en mi blog me he enterado que la asociación Amigos de Alcaudete había publicado una recomendación de mi novela en su blog del fin de semana. Aunque procuro seguir todos sus post, siempre aportan información interesante local y nacional, éste se me había pasado, así que doy las gracias a este lector anónimo por advertirme.
No tengo más que palabras de agradecimiento para esta asociación, ya os hablé de ellos en otro post anterior Mis amigos...de Alcaudete, por el apoyo que siempre me han mostrado ofreciéndome su revista Sierra Ahillos para dar a conocer mi literatura.


La asesina de los ojos bondadosos (Comentario incluido en el blog de los fines de semana de la asocición Amigos de Alcaudete)

Escrita por Felisa Moreno Ortega, que todos conocéis por su blog "El sueño de las palabras" y por sus colaboraciones en la revista Sierra Ahíllos, nos recrea tan fielmente la zona donde vivimos que hace despertar en el lector local, infinidad de recuerdos propios durante su lectura.
A veces nos hace creer que estamos ante un tratado gastronómico de Alcaudete y la Sierra Sur y en otros momentos nos apabulla con la pasión desbordada que siente por su tierra, por sus gentes y por su abuela, la de la receta del relleno, receta que a pesar de tener múltiples variantes, es descrita en una de ellas, de manera tan vehemente, que seguro que ha sido experimentada por más de algún lector foráneo.
Amores y desamores, sentimientos desbordados y dolor. un dolor lacerante que nos acompaña sordo y persistente en los personajes que desfilan ante nuestra imaginación, por la acertada descripción que de ellos hace Felisa. Novela que se lee del tirón, donde todo es chicha y la paja brilla por su ausencia.
Raquel, Severina, el guardia civil..., cobran vida y se nos muestran cercanos, conforme vamos pasando las páginas de esta novela, en las que muchas veces destacan frases rotundas y hermosas, de las que te apuntas para usar en tus escritos. La recomendamos vivamente.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Compartiendo a mi asesina


El comentario de Alosía en el post anterior me ha alegrado muchísimo. No sólo porque habla bien de mi novela "La asesina de los ojos bondadosos", sino porque había caído en sus manos a través de una amiga. Hace unos días me llegó un comentario parecido de un chico al que se la había dejado su tía. Esto significa que mi novela no sólo ha llegado al número de personas que han adquirido un ejemplar, sino que va rodando por ahí y que al final pueden ser muchas las personas que lean la historia de Severina y Raquel. Sí, me diréis que eso es de perugullo, pero hasta ahora no era muy consciente de ello y me ha gustado tomar conciencia.

Ya sé que es una tontería, pero desde aquí animo a todos los amigos y amigas que han comprado mi novela a que la compartan con sus amigos, con sus familiares, con el vecino de enfrente... A fin de cuentas lo que desea un escritor es ser leído, que esas historias que ha confeccionado con tanto esfuerzo (y placer, lo reconozco) consigan llegar al mayor número de gente y que disfruten con su lectura.
Gracias a todos por estar ahí, para vosotros este ramo de rosas de papel.