miércoles, 10 de enero de 2018

Alcaudete imaginado: El calvario


Alcaudete Imaginado: El Calvario

Siempre que Clara discutía con su madre, algo que últimamente sucedía a menudo, se iba al Calvario. Subía por el camino contando las cruces que encontraba, como si necesitara comprobar que seguían siendo las mismas, que no se había producido ninguna variación desde la última vez. Alguien le había dicho que tener trece años no era fácil, que el cuerpo cambia y la mente más, que te haces un lío contigo misma y odias a quien deberías querer. Quizás era eso lo que le pasaba con su madre.
 No paró hasta llegar al refugio antiaéreo, se subió encima de él y desde allí contempló el magnífico espectáculo que le ofrecía la Sierra Ahillos, después se fue girando hasta encontrarse con el Castillo. Como siempre, soñó con ser una princesa medieval. Al poco rato, bajó y se sentó sobre una piedra. A su alrededor el paisaje era verde, moteado de florecillas blancas y amarillas. Los colores de la primavera estallaban rabiosos. Allí arriba todo parecía más hemoso. De pronto, una voz masculina la sacó de su ensoñación.
—Hola, ¿puedes ayudarme?
Clara se dio la vuelta y se quedó de piedra cuando vio al propietario de la voz que la había sobresaltado. Era un chico joven, de ojos azules y sonrisa perfecta, pero no fue eso lo que llamó su atención, sino sus ropas. Vestía un uniforme de soldado muy viejo y desgarrado por algunas partes, incluso se apreciaban unas manchas oscuras que podrían ser de sangre.
—¿No me has oído? Te preguntaba si puedes ayudarme. Tengo que encontrar al jefe del destacamento para darle un mensaje. Es urgente.
—Sí, te he oído, pero no sé a quién buscas, aquí no hay nadie.
—¿Han abandonado la posición? ¡Imposible!
—No entiendo nada de lo que dices, supongo que me estás gastando una broma, y no sé por qué estás disfrazado si no es carnaval.
—¿Disfrazado? No te entiendo…
—Pareces recién salido de la Guerra Civil. Hace poco vi una película e iban vestidos igualitos que tú; los rojos, los que perdieron.
—¿Cómo dices? ¿Una película…? ¿Perdimos…?
—Vale, no me rayes más, no estoy para bromas.
El chico no la escuchaba, en ese momento miraba con asombro las antenas de telefonía que estaban instaladas al lado de la pequeña ermita blanca. Después su vista se fijó en el Castillo y exclamó.
—¡Parece otro! Está más nuevo.
—Lo ha rehabilitado el ayuntamiento, yo estuve hace poco con mi clase. ¿Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí?
—Solo dos semanas, desde abril y, no sé, todo está distinto. ¿Puedes explicarme qué ha pasado?
Una idea absurda empezaba a tomar forma en la mente de Clara, aquel soldado parecía salido del pasado, sabía que eso era imposible, pero no podía dejar de pensarlo, así que le preguntó:
—¿Sabes en el año que estamos?
—Claro, no soy tonto, en el 38.
La chica notó que la tierra se movía bajo sus pies, o aquel muchacho estaba mal de la cabeza o había regresado del pasado. No sabía qué le daba más miedo.
—No, nada de eso, estamos en el 2012, la guerra acabó hace tiempo, más de setenta años.
El soldado se sentó a su lado, abatido. Para corroborar sus palabras, Clara le enseñó su móvil. A él le resultó muy extraño, nunca había visto un reloj como ese, cuadrado y lleno de imágenes que podían moverse a un solo toque de la chica. Hablaron un buen rato, Clara le explicó lo mejor que pudo, la Historia no era su asignatura favorita, lo que había pasado en todos aquellos años. Él le dijo que se llamaba Evaristo Gutiérrez Mesa y que lo habían reclutado cuando cumplió los dieciséis años, que no sabía muy bien el por qué de aquella guerra, que aún no había matado a nadie y que esperaba no tener que hacerlo. Cuando terminaron de hablar el sol ya se ponía a sus espaldas, incendiando el horizonte. Clara le dijo que tenía que marcharse. Evaristo la miró con desconsuelo, ¿puedo ir contigo?, le preguntó con voz apagada. Ella asintió con la cabeza, aunque no sabía cómo le explicaría a su madre que volvía tan tarde y con un chico del pasado. Bajaron el sendero en silencio, tan solos acompañados por el sonido del viento entre los pinos, como un susurro de voces de otros tiempos. Clara llegó a su casa y, cuando se volvió para invitar a pasar a Evaristo, no encontró a nadie. Había desaparecido.
Días después, buscó el nombre de aquel chico en Internet. Evaristo Gutiérrez Mesa había muerto en uno de los bombardeos de 1938, en la zona del Calvario, a la edad de diecisiete años.







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