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Alcaudete imaginado
lunes, 7 de octubre de 2013
Perdí mis enlaces a blogs amigos
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sábado, 21 de septiembre de 2013
La nieve en el almendro, mi próxima publicación.
![]() |
| Parque de Alcaudete |
(Extracto de mi próxima novela La nieve en el almendro)
viernes, 20 de septiembre de 2013
Artículo Diario Jaén: ¿Apadrinar universitarios?
¿Apadrinar universitarios?
En los últimos días se ha hablado
mucho de la propuesta de la rectora de la Universidad de Málaga en la que plantea la posibilidad de que
empresas y particulares puedan donar dinero para aquellos estudiantes que se
queden fuera del sistema de becas estatales con la reforma del ministro Wert. En
Internet he leído muchos comentarios despectivos de gente que considera un
atraso apadrinar a un estudiante mediocre. Quizás no son conscientes de que ya están
costeando a miles, que con sus impuestos están pagando una Universidad pública
para todos, donde unos se esfuerzan por llegar a la “mediocre” nota de 6,5 para
no ver truncadas sus esperanzas de progresar en la vida y otros viven
tranquilos, amparados por las billeteras de sus padres y se aprovechan del 80%
de financiación pública que sostiene los centros universitarios.
Estoy convencida de que es necesario
mejorar el rendimiento de nuestros estudiantes, que no podemos permitirnos
estar en los niveles más bajos de los países de nuestro entorno. Para ello no
solo es necesario exigir más nota a los becarios, sino también a aquellas
personas que disponen de recursos para estudiar. Si no alcanzan una nota
mínima, a la calle. Que paguen el cien por cien de sus estudios en un centro
privado.
Yo estudié con becas. Durante tres
años estuve con el alma en vilo pensando que un suspenso podía acabar con mis
sueños. Entre mis amistades había gente que no tenía ese miedo, que no temía
repetir, pues sus padres podían permitirse mantenerlos en la universidad los
años que hicieran falta.
Seamos justos y llamemos a las cosas
por su nombre, ¿queremos una sociedad igualitaria tal como marca nuestra
Constitución? Si es así deberíamos dar
oportunidad a todo aquel que supere la nota de acceso. El Gobierno tiene la
obligación de garantizar las becas necesarias, pero si no la cumple, me parece
bien que lo hagan los particulares a través de un sistema de mecenazgo. Las
críticas negativas pueden venir de aquellos a los que aún les sigue molestando
que los hijos de campesinos y albañiles puedan llegar a ser abogados, maestros
o médicos; y que ocupen los puestos que, tradicionalmente, les han
correspondido a sus hijos.
(Artículo publicado en el Diario Jaén)
jueves, 5 de septiembre de 2013
Radionovelas (Relato publicado en periódico Ideal)
Este cuento ha sido seleccionado en el Certamen de Relatos de Verano del periódico Ideal. A ver si tengo suerte y me llevo uno de los tres premios.
Radionovelas
Lo primero que se me
vino a la memoria cuando encontré aquellas cartas en el fondo del baúl de mi
madre, el que siempre llevó con ella a cada casa que estuvo, fue la radio de la
vecina Carmela. Era un aparato de los años cincuenta, un armatoste rectangular
con dos botones plateados, el dial repleto de lugares que me resultaban
desconocidos: Roma, Valencia, Paris, Lyon... y una palabra exótica, que después
supe que era la marca, y que me atraía como un imán: Te-le-fun-ken.
Lo recuerdo con claridad porque fueron muchas las horas que pasé frente a
ese aparato de radio. En casa no
teníamos y mi madre, todas las tardes, se iba con la vecina Carmela para
escuchar la novela de Ama Rosa. Siempre le decía lo mismo: que mi aparato
receptor se ha averiado y lo mandé a reparar. Cada día la misma excusa. La
vecina Carmela sabía que mentía, pero no decía nada. Después de leer las cartas
que le dirigía a mi madre, entiendo su actitud. Entonces no podía ni
imaginarlo. Quizás porque solo tenía doce años, quizás porque eran una época
gris y a las niñas no se les explicaba nada, y mucho menos lo que no tenía
explicación lógica o religiosa, que para el caso eran lo mismo.
Mi madre era
una mujer hermosa. Cuando se arreglaba un poco parecía una artista de cine, los
ojos grandes, la nariz altiva, los labios rojos como un clavel reventón. A
pesar de su belleza, mi padre apenas le hacía caso. Yo no entendía por qué
prefería estar con sus amigotes en la taberna en vez de con nosotras. Odiaba
tener que ir a buscarlo. Me asomaba a la puerta del bar y lo miraba con todo el
odio que podía concentrar en mis ojos casi adolescentes. Se hacía el remolón,
sabía que mi presencia allí indicaba que la comida ya estaba preparada. Había
sido él mismo quién había dado instrucciones precisas a mi madre para que lo
avisara cuando apartara el arroz del fuego. Aún así se demoraba, se tomaba su
tiempo para apurar el vaso de vino y de soslayo me dedicaba una sonrisa de
superioridad. Yo esperaba en la puerta con los puños apretados. Nunca tuve
claro de donde surgía el odio que sentía hacia mi padre, no era un mal hombre,
nunca nos hizo daño. Quizás intuía que era el culpable de nuestra pobreza. El
jornal nunca llegaba completo a casa, buena parte se quedaba en la taberna del
Tomás.
En muchas ocasiones
acompañé a mi madre en aquellas visitas que, al principio, se limitaban al
horario de la radionovela, pero que con el tiempo fueron alargándose. A veces nos anochecía junto al receptor de
radio, aunque ya hacía tiempo que ninguna lo escuchábamos. Yo jugaba con mi
muñeca de trapo, mi único regalo de Reyes. Una muñeca con ojos de fieltro y
falda de cuadros, la llamaba Josefina, y me gustaba jugar con ella a las
maestras. Mi madre y Carmela charlaban sin descanso, como si cada día fuera el
último que se iban a ver. A veces prestaba atención a su conversación, pero tenía
la sensación de que utilizaban un lenguaje cifrado que solo ellas podían
entender, así que pronto me aburría y continuaba explicándole la lección a
Josefina.
Mi madre siempre
intentó ocultar que éramos pobres, de ahí que aquel aparato de radio
inexistente siempre estuviera en reparación o que desmontara los vestidos mil
veces para volver a coserlos y que parecieran nuevos. Ahora me duele su
ingenuidad, cómo disimular algo tan evidente, cómo evitar que nos miraran por
encima del hombro, que no nos invitaran a merendar en ninguna casa porque
sabían que no podríamos corresponder.
Todos menos la
vecina Carmela. Ella era distinta, su puerta estaba abierta para nosotras de
par en par. Solo había que apartar aquellas cortinas recias, de color pardo,
que evitaban que se colaran las moscas, para entrar en un mundo ficticio lleno
de voces sugerentes que sufrían por amor, la ficción que nos permitía evadirnos
de una realidad que no nos gustaba demasiado.
No consigo recordar
si alguna vez vi algún gesto, alguna señal que me hubiera llevado a sospechar
algo. Carmela, aún siendo una mujer de carácter fuerte y gesto adusto,
solterona para el pueblo, pues ya había cumplido los cuarenta; siempre se
mostró amable con nosotras. Nos ofrecía las sillas de anea, junto a la radio. Mi
madre se sentaba muy solemne los primeros días, como una reina sin trono; yo
prefería el suelo, estaba fresco y olía a tierra mojada.
Conforme cogió
confianza mi madre se fue relajando. Se olvidó de su postura envarada, cruzaba
las piernas, reía, lloraba y suspiraba, ya sin vergüenza alguna. Carmela la
miraba mucho, sí, eso sí lo recuerdo, fijamente, como si quisiera ver a través
de su piel. El cutis de mi madre era rosado y se encendía como la yesca cuando
bebía un poco del vino quinado que le ofrecía Carmela. Al principio lo rechaza
dos o tres veces antes de aceptar, luego ella misma se levantaba, iba hasta la
alacena y servía para las dos, en el mismo vaso, así no tienes que fregar tanto
Carmela, le decía. Y Carmela sonreía, y su gesto adusto se esfumaba como
por arte de magia, se le ablandaba la mirada, como si de pronto no fuera una
solterona, sino una muchacha encendida por el amor.
¡Ahí está!
Sí que había pistas, sí que las recuerdo, la memoria no es un camino recto,
zigzaguea en el espacio y en el tiempo, nos marea llevándonos por recodos, nos
hace esperar años, pero finalmente los recuerdos se muestran. Mi madre y
Carmela estaban enamoradas. Nunca sabré si fueron amantes, si sus cuerpos se
encendieron con el ardor de una pasión
femenina. Y no sé si hago bien leyendo las cartas que encontré en el fondo de
su baúl, pero son tan hermosas y tan apasionadas como aquellas radionovelas que
escuchábamos cada tarde en casa de Carmela.
viernes, 10 de mayo de 2013
Carta a una niña discapacitada (Premio Certamen CIM de Nerja)
Querida Alba,
Llegaste una mañana fría de enero, eras mi primera nieta; cuando íbamos
de camino al hospital descubrí, con alegría, que ya habían florecido algunos
almendros. Lo consideré un buen augurio, mi hija tendría una nieta blanca y
hermosa como aquellas flores. Cuando llegamos tu abuelo y yo, tu madre aún
estaba en el paritorio y tu padre con ella. Las horas en la sala de espera se
hacían eternas; yo tejía un jersey rosa y tu abuelo releía la misma noticia en
el periódico, como si necesitara hacerlo mil veces para comprenderla. Nunca lo
había visto tan nervioso, ni siquiera el día que llevó a tu madre al altar.
Cuando tu padre salió a decirnos que habías nacido, supe que algo iba mal.
Le costaba mantener la sonrisa, respondió a mis besos con un abrazo flojo y
resbaladizo como la mantequilla. Nos comunicó que tardaríamos un rato en verte,
pues tenían que hacerte unas pruebas. Después, se marchó y nos dejó con el alma
acongojada. Fueron las horas más largas de mi vida. Mil cosas tremendas pasaron
por mi cabeza, pero ninguna acertada, nunca pude imaginar que serías tan
distinta a como te esperábamos. Aún así, a pesar de tus ojitos rasgados y tu
boquita pequeña, o precisamente por eso, me pareciste la criatura más hermosa
que jamás había visto. Tu madre lloraba, mientras repetía una y otra vez,
síndrome de Down, síndrome de Down…, no puede ser, si yo aún no he cumplido los
treinta años. Tu padre no conseguía de deshacerse de un gesto de incredulidad,
te miraba y remiraba, como si en tu carita inocente pudiera encontrar la
respuesta a todas las preguntas que se lo comían por dentro. Eran jóvenes, el
médico no había considerado necesario que se sometiera a ninguna prueba para
detectar la enfermedad.
Yo no sentía pena, sino una gran responsabilidad, sabía que mi objetivo
de convertirte en una mujer fuerte e independiente se me complicaba, pero no
pensaba darlo por imposible. Con Down o sin él, tú seguías siendo mi nieta.
Te preguntarás el por qué de esta carta, aún eres pequeña para que puedas
entender todo lo que quiero transmitirte
y yo soy mayor y estoy enferma, pronto desapareceré de tu vida, por eso
quiero dejar por escrito esta especie de testamento que no lleva aparejado la
propiedad de ningún bien sino, simplemente, unos consejos de vieja.
Hace mucho tiempo, cuando yo me criaba, las mujeres éramos menos que
nada, no teníamos derechos, pasábamos de estar bajo la tutela de nuestros
padres a la de nuestros maridos. Nos consideraban unas discapacitadas, unas
eternas menores de edad, incapaces de tomar decisiones por cuenta propia. No
podíamos tener una cuenta bancaria ni abrir un negocio sin el consentimiento de
nuestros maridos. Mi padre me quitó de la escuela el mismo día que me vino la
regla. Yo no podía entenderlo, disfrutaba aprendiendo, la lectura siempre ha
sido mi pasión. Cuando me casé, las cosas no cambiaron demasiado. Mi marido, tu
abuelo, no era mal hombre, solo actuaba como le habían enseñado. No dejó que tu
madre, después de terminar el bachillerato, fuera a la universidad. Decía que
el lugar de las mujeres estaba en la casa, cuidando de sus maridos. Lloré
mucho, más que cuando me impidió que asistiera a la escuela de adultos, pero él
se mostró inflexible. Durante un mes no le dirigí la palabra, finalmente tuve
que ceder, lo quería a pesar de todo. Lo primero que hice cuando murió fue
apuntarme a las clases para mayores y le insistí a tu madre para que hiciera lo
mismo en la universidad a distancia, pero ella no quiso, me dijo que quería
dedicarte todo el tiempo a ti. Y lo entiendo.
Ya ves, el mundo no es fácil para las mujeres y para ti será un poquito
más complicado. He visto en tus ojos el deseo de aprender, no importa que a tus
ocho años aún no sepas leer ni escribir, es cuestión de tiempo. He observado
como frunces tu boquita con determinación cuando me pides que te enseñe a
tejer. Tu madre nunca me lo pidió. Cojo tus pequeñas manos y coloco las agujas
en ellas, las guío con la mirada puesta en el futuro, quizás algún día serás tú
quien teja jerséis para otra niña. Una felicidad enorme se escapa de tu rostro
y, una vez más, me asombro de que alguien tan pequeño pueda transmitir tanto
cariño. Son nuestros momentos, quizás, cuando seas mayor, no los recuerdes, por
eso te los dejo escritos.
Y, por último, solo me queda darte algunos consejos, no sé la edad que
tendrás cuando leas esta carta, tu madre
me ha prometido que te la dará cuándo ella considere que puedas entenderla. Tu
avance es distinto al de otros niños, necesitas un poco más de tiempo para
aprender las cosas, eso es porque pierdes muchas horas en hacernos felices. Para
ti lo importante es disfrutar de las pequeñas cosas, de los besos de tu
familia, de la mariposa que se para a libar una flor, de los colores de la
primavera, de un encendido atardecer, del leve susurro de la lana al ser tejida,
de los ojos cambiantes de un gato, de la espuma blanca que inunda la bañera, de
tu programa de televisión favorito, de la vida… No, en realidad, no pierdes el
tiempo, lo ganas. Mientras que nosotros nos esforzamos en conseguir cosas, tú
ya lo tienes todo, la felicidad está dentro de ti, por eso eres diferente y
especial, en el mejor sentido de estas palabras. No me importa la edad que
tengas cuando leas esta carta, sé que habrás vivido intensamente todos los años
que se quedaron atrás, y no creo que necesites mis consejos, pero ahí van:
-
Debes valerte por ti misma, tu madre siempre querrá
protegerte, pero tienes que convencerla de que tú eres una persona válida, una
mujer valiente.
-
Tienes una discapacidad, no eres una discapacitada,
podrás lograr todo lo que te propongas, quizás necesites un poco más de
esfuerzo, pero recuerda que llevas en las venas sangre de luchadoras.
-
Y, sobre todo, no permitas que nadie te arrebate lo
mejor que posees, la capacidad de hacer feliz a los que te rodean, consérvala
siempre, es un don precioso.
Con esto termino mi carta, tú estás rondando por aquí, te extrañas de que
haya cambiado mis agujas de tejer por un bolígrafo. Me das muchos besos en las
mejillas y me preguntas, con los ojillos inquietos, qué estoy haciendo. Te contesto
que estoy enviando un mensaje a alguien del futuro, me miras extrañada, aún no
sabes qué significa esa palabra. Vives instalada en el presente. No puedo
evitar que mis ojos se llenen de lágrimas y, en silencio, pido a dios o al
destino que se apiade de mí, que me permita vivir unos años más, que el
diagnóstico que me dieron ayer sea erróneo, no puedo soportar la idea de que
solo me queden unos meses de vida para disfrutar de ti. Entra tu madre, yo sigo
escribiendo, con la cabeza baja para que
no vea mis lágrimas. Ella aún no sabe lo de mi enfermedad, se enterará
cuando lea esta carta, lo prefiero así.
Mi niña, mi nieta, mi Alba… Luz que ilumina mis noches frías, solo con
verte comprendo que la vida tiene sentido. No olvides nunca que tu abuela te quiso,
como solo se puede querer a un ángel, con devoción.
Te mando todos
los besos que no podré darte.
Tu abuela.
Matilde
martes, 30 de abril de 2013
Firmas en la Feria del libro de Sevilla
Estos son los datos:
Día 4 de mayo, sábado, a las 18,00 horas estaré en la librería Baobad (Caseta nº 17) firmando ejemplares de El club de las palabras prohibidas (Edimáter).
Día 5 de mayo, domingo, a las 12,00 horas en la librería Reguera (Caseta nº 25) estaré con La asesina de los ojos bondadosos (Pezsapo) y una novedad, el primer volumen de Trece cuentos inquietantes en formato audilibro.(Alén da Lúa)
Si estás por Sevilla esos días me encantaría saludarte en una de estas dos casetas
domingo, 28 de abril de 2013
Esos locos utópicos, artículo en Diario Jaén
Este artículo es un homenaje a todos aquellos que participaron en la jornada literaria El escritor hoy, tanto a los que actuaron como ponentes o intervinieron en la mesa redonda, como a los que con su asistencia le dieron sentido a este encuentro.
No sé lo que pasó el día 20 de abril en Alcaudete, una extraña magia nos envolvía. Todo era buen rollo, comunicación, encuentros,... Creo que nunca olvidaré este día y quiero dar las gracias a todos los que me ayudaron en la tarea de organizar, preparar y realizar el encuentro. Tengo pendiente hacer una entrada más completa sobre el acto, aunque no sé cuándo. Mientras tanto, al menos está el artículo.
Esos locos utópicos.
Jesús ha venido
desde Cádiz con un libro de poemas bajo el brazo. Vanesa no puede disimular su
acento madrileño mientras nos explica cómo hacer marketing en las redes
sociales. Aurora la escucha atenta, aunque no tiene muy claro si todo eso lo
podrá aplicar para promocionar la antología poética que escribió en su Málaga
natal. Luis Miguel nos regala libros que recogen historias de nuestra provincia.
Mientras, otro Jesús, esta vez gallego, trata de transmitirnos su pasión por la
literatura que se escucha: los audiolibros. María José explica, con deje
cordobés, lo fácil que puede resultar publicar en ebook y llegar a ser número
uno en Amazon, y todos nos morimos de envidia, quién pudiera ver su novela en
ese codiciado top. Por la tarde, Juan
recuerda a sus profesores en un texto emotivo que, por un momento, lo aleja de
la fea realidad que cada día refleja en su periódico. Yolanda se declara
utópica. Y entonces comprendo que eso es lo que somos nosotros, un grupo de
locos utópicos que nos hemos reunido para hablar de literatura y, de paso, cambiar el mundo. Escritores noveles,
aunque algunos llevemos más de tres publicaciones a la espalda; pequeñas editoriales
que nacen en época de crisis, como la alcalaína Pezsapo; lectores, ese bien
escaso, que disfrutan de un evento literario celebrado en tierras alcaudetenses…
En los ojos de todos baila una emoción
contenida, late la ilusión en los corazones. Por unas horas nos olvidamos de
que las ventas de libros han bajado notablemente; de que las grandes empresas
editoriales, y subrayo lo de empresas, solo apuestan por los valores seguros; de
que existen decenas, por no decir cientos, de falsos editores que pretenden
vivir de nuestros sueños. Más de setenta personas compartiendo un interés
común, algunas venidas desde muy lejos, otras de nuestra misma tierra, que aquí
hay mucho talento, basta rascar un poquito para que salga a la superficie. Porque
en Jaén, aparte de la crisis y del paro, también tiene presencia la cultura,
aunque haya a quien sorprenda que un evento literario pueda convocar a tanta
gente. “Leer distingue”, nos dice Pedro ya casi acabando la jornada. Y a los
allí presentes nos entran unas ganas enormes de que todos seamos iguales, y
buscamos fórmulas que motiven a aquellos que nunca abren un libro para que lean
y disfruten.
Disculpadme si
me he excedido con este alegato a favor de la literatura, que lo es también en
pro de la lectura, pero soy escritora y me apetecía darme el gusto de hablar de
los sueños, esos que alguien fabrica para nosotros, los transforma en palabras
y nos los ofrece en forma de presente literario. Es mi manera de celebrar el
Día del Libro.
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martes, 2 de abril de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
Alienígenas, mi artículo en Diario Jaén
Alienígenas.
Aquel ser extraño contemplaba con los
ojos muy abiertos todo lo que sucedía a su alrededor. Se movía sigiloso entre la
multitud, apenas destacaba entre los cientos de personas que abarrotaban la
calle principal de ese pueblo cualquiera de Jaén. Creo que era yo la única que había
reparado en él. El resto de la gente parecía embriagada por la música y el olor
de las flores, y no se había percatado de su presencia. No era de este mundo,
no podía serlo. Su mirada incrédula lo delataba, aunque sus facciones fueran
similares a las de los hombres de su alrededor, aunque su ropa no destacara, ni
su altura, ni siquiera los zapatos, unos mocasines de piel marrón.
Procuré acercarme a él sin que lo notara,
necesitaba asegurarme. Llegué a estar tan cerca que nuestros hombros se rozaron.
Se volvió y me preguntó, mientras señalaba a la comitiva que se desplazaba
lentamente al ritmo de una melodía entristecida: ¿Qué está pasando?, ¿por qué esos encapuchados siguen a la imagen de
madera?, ¿por qué se tapan la cara, acaso les da vergüenza? Sonreí, satisfecha
de mi perspicacia. No me había equivocado, aquel ser era, sin la menor
duda, un extraterrestre, como yo.
Es así como me siento durante la Semana Santa , como un ser
venido de otro planeta que aterriza en un universo desconocido. No logro compartir
la emoción que derrochan otras personas, mi rostro no se llena de lágrimas ni
mi corazón se ensancha de júbilo cuando los costaleros consiguen sacar una
imagen del templo, aunque para ello hayan tenido que caminar de rodillas. Mi
mente reflexiva me lleva a pensar, ¿por qué no hacen los tronos más pequeños?, ¿es
necesario ese padecimiento?
Por solidaridad, intento explicarle a mi
amigo alienígena que esta es la forma que tenemos los católicos de recordar la
pasión de Cristo, que murió hace miles de años por todos nosotros, humillado y torturado
en una cruz. Me pregunta quién es. Echo mano a lo que me enseñaron en el
colegio sobre él y le digo que era un dios, pero también una persona humilde
que rechazaba las riquezas y amaba a los pobres. No lo entiendo, me replica, entonces,
¿por qué tanto oropel?, ¿por qué tanto derroche? Tronos de plata, flores caras,
mantos de oro,… Para eso no tengo respuesta, se me han agotado las justificaciones
religiosas y me explayo comentándole que la Semana Santa es una fuente de
ingresos para los pueblos andaluces, que favorece el turismo y, por ende, el
desarrollo. Saco mi vena economista y le hago números. Él me mira asombrado; yo
bajo la cabeza, avergonzada. De repente, al fondo, una saeta desgarra el aire y,
justo en ese instante, los dos comprendemos que no son necesarias las
explicaciones. La Semana Santa
se siente o no se siente.
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jueves, 21 de marzo de 2013
Presentación en Murcia de El club de las palabras prohibidas
Tienes toda la información en este enlace:
http://canal-literatura.com/blog/noticias/presentacion-coctel-de-libros/
Si estás cerca y quieres acercarte, estás invitado, es un acto abierto.
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Actos públicos,
El club de las palabras prohibidas
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