lunes, 7 de octubre de 2013

Perdí mis enlaces a blogs amigos




Así está mi blog, casi a oscuras. Intentando quitar un mensaje que salía al abrirlo, donde se solicitaba un usuario y una contraseña, por error, borré los enlaces a los blogs amigos. Y me gustaría recuperarlos. Si quieres que enlace tu página con mi blog, por favor, déjame un mensaje con la dirección. Muchas gracias.

sábado, 21 de septiembre de 2013

La nieve en el almendro, mi próxima publicación.

Parque de Alcaudete

"Su presente podría ser la mulata. Se llamaba Mariela y pertenecía a un universo paralelo, residía en el otro lado de la ciudad, donde los cuerpos buscan alivio y las almas se condenan. Llegó a ella tras una de las muchas peleas que solía mantener con Matilde; más que peleas, humillaciones a las que ella lo sometía constantemente. Cuando cogió el coche, eran casi las dos de la madrugada y empezó a recorrer calles sin rumbo fijo hasta adentrarse en aquel barrio de mala muerte. Ese día le hubiera gustado desaparecer para siempre, ahogado en el alcohol que iba ingiriendo bajo la indiferente mirada de un barman acostumbrado a arrojar borrachos a la calle como el que le echa azucarillos al café. Entonces, entró ella, tan negra, tan alta, tan excesiva… Sus tacones repiquetearon por el local, los escasos ojos que aún permanecían abiertos se volvieron hacia su figura de ébano, y Julián ya no pudo despegar su mirada de aquel cuerpo exuberante. La mujer se dio cuenta y se dirigió hacia él. Se insinuó y le explicó las tarifas. Al principio no lograba entender a qué se refería, estaba demasiado borracho y hasta ese día nunca había ido a buscar sexo de pago a barrios indeseables donde viven mujeres increíbles, grandes y hermosas como flores exóticas, orquídeas crecidas en el barro."
(Extracto de mi próxima novela La nieve en el almendro)

viernes, 20 de septiembre de 2013

Artículo Diario Jaén: ¿Apadrinar universitarios?

¿Apadrinar universitarios?

En los últimos días se ha hablado mucho de la propuesta de la rectora de la Universidad de Málaga  en la que plantea la posibilidad de que empresas y particulares puedan donar dinero para aquellos estudiantes que se queden fuera del sistema de becas estatales con la reforma del ministro Wert. En Internet he leído muchos comentarios despectivos de gente que considera un atraso apadrinar a un estudiante mediocre. Quizás no son conscientes de que ya están costeando a miles, que con sus impuestos están pagando una Universidad pública para todos, donde unos se esfuerzan por llegar a la “mediocre” nota de 6,5 para no ver truncadas sus esperanzas de progresar en la vida y otros viven tranquilos, amparados por las billeteras de sus padres y se aprovechan del 80% de financiación pública que sostiene los centros universitarios.
Estoy convencida de que es necesario mejorar el rendimiento de nuestros estudiantes, que no podemos permitirnos estar en los niveles más bajos de los países de nuestro entorno. Para ello no solo es necesario exigir más nota a los becarios, sino también a aquellas personas que disponen de recursos para estudiar. Si no alcanzan una nota mínima, a la calle. Que paguen el cien por cien de sus estudios en un centro privado.
Yo estudié con becas. Durante tres años estuve con el alma en vilo pensando que un suspenso podía acabar con mis sueños. Entre mis amistades había gente que no tenía ese miedo, que no temía repetir, pues sus padres podían permitirse mantenerlos en la universidad los años que hicieran falta.
Seamos justos y llamemos a las cosas por su nombre, ¿queremos una sociedad igualitaria tal como marca nuestra Constitución? Si es así  deberíamos dar oportunidad a todo aquel que supere la nota de acceso. El Gobierno tiene la obligación de garantizar las becas necesarias, pero si no la cumple, me parece bien que lo hagan los particulares a través de un sistema de mecenazgo. Las críticas negativas pueden venir de aquellos a los que aún les sigue molestando que los hijos de campesinos y albañiles puedan llegar a ser abogados, maestros o médicos; y que ocupen los puestos que, tradicionalmente, les han correspondido a sus hijos.
(Artículo publicado en el Diario Jaén) 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Radionovelas (Relato publicado en periódico Ideal)

Este cuento ha sido seleccionado en el Certamen de Relatos de Verano del periódico Ideal. A ver si tengo suerte y me llevo uno de los tres premios.




Radionovelas

Lo primero que se me vino a la memoria cuando encontré aquellas cartas en el fondo del baúl de mi madre, el que siempre llevó con ella a cada casa que estuvo, fue la radio de la vecina Carmela. Era un aparato de los años cincuenta, un armatoste rectangular con dos botones plateados, el dial repleto de lugares que me resultaban desconocidos: Roma, Valencia, Paris, Lyon... y una palabra exótica, que después supe que era la marca, y que me atraía como un imán: Te-le-fun-ken.
Lo recuerdo con claridad porque fueron muchas las horas que pasé frente a ese aparato de radio.  En casa no teníamos y mi madre, todas las tardes, se iba con la vecina Carmela para escuchar la novela de Ama Rosa. Siempre le decía lo mismo: que mi aparato receptor se ha averiado y lo mandé a reparar. Cada día la misma excusa. La vecina Carmela sabía que mentía, pero no decía nada. Después de leer las cartas que le dirigía a mi madre, entiendo su actitud. Entonces no podía ni imaginarlo. Quizás porque solo tenía doce años, quizás porque eran una época gris y a las niñas no se les explicaba nada, y mucho menos lo que no tenía explicación lógica o religiosa, que para el caso eran lo mismo.
Mi madre era una mujer hermosa. Cuando se arreglaba un poco parecía una artista de cine, los ojos grandes, la nariz altiva, los labios rojos como un clavel reventón. A pesar de su belleza, mi padre apenas le hacía caso. Yo no entendía por qué prefería estar con sus amigotes en la taberna en vez de con nosotras. Odiaba tener que ir a buscarlo. Me asomaba a la puerta del bar y lo miraba con todo el odio que podía concentrar en mis ojos casi adolescentes. Se hacía el remolón, sabía que mi presencia allí indicaba que la comida ya estaba preparada. Había sido él mismo quién había dado instrucciones precisas a mi madre para que lo avisara cuando apartara el arroz del fuego. Aún así se demoraba, se tomaba su tiempo para apurar el vaso de vino y de soslayo me dedicaba una sonrisa de superioridad. Yo esperaba en la puerta con los puños apretados. Nunca tuve claro de donde surgía el odio que sentía hacia mi padre, no era un mal hombre, nunca nos hizo daño. Quizás intuía que era el culpable de nuestra pobreza. El jornal nunca llegaba completo a casa, buena parte se quedaba en la taberna del Tomás.
En muchas ocasiones acompañé a mi madre en aquellas visitas que, al principio, se limitaban al horario de la radionovela, pero que con el tiempo fueron alargándose. A  veces nos anochecía junto al receptor de radio, aunque ya hacía tiempo que ninguna lo escuchábamos. Yo jugaba con mi muñeca de trapo, mi único regalo de Reyes. Una muñeca con ojos de fieltro y falda de cuadros, la llamaba Josefina, y me gustaba jugar con ella a las maestras. Mi madre y Carmela charlaban sin descanso, como si cada día fuera el último que se iban a ver. A veces prestaba atención a su conversación, pero tenía la sensación de que utilizaban un lenguaje cifrado que solo ellas podían entender, así que pronto me aburría y continuaba explicándole la lección a Josefina.
Mi madre siempre intentó ocultar que éramos pobres, de ahí que aquel aparato de radio inexistente siempre estuviera en reparación o que desmontara los vestidos mil veces para volver a coserlos y que parecieran nuevos. Ahora me duele su ingenuidad, cómo disimular algo tan evidente, cómo evitar que nos miraran por encima del hombro, que no nos invitaran a merendar en ninguna casa porque sabían que no podríamos corresponder.
Todos menos la vecina Carmela. Ella era distinta, su puerta estaba abierta para nosotras de par en par. Solo había que apartar aquellas cortinas recias, de color pardo, que evitaban que se colaran las moscas, para entrar en un mundo ficticio lleno de voces sugerentes que sufrían por amor, la ficción que nos permitía evadirnos de una realidad que no nos gustaba demasiado.
No consigo recordar si alguna vez vi algún gesto, alguna señal que me hubiera llevado a sospechar algo. Carmela, aún siendo una mujer de carácter fuerte y gesto adusto, solterona para el pueblo, pues ya había cumplido los cuarenta; siempre se mostró amable con nosotras. Nos ofrecía las sillas de anea, junto a la radio. Mi madre se sentaba muy solemne los primeros días, como una reina sin trono; yo prefería el suelo, estaba fresco y olía a tierra mojada.
Conforme cogió confianza mi madre se fue relajando. Se olvidó de su postura envarada, cruzaba las piernas, reía, lloraba y suspiraba, ya sin vergüenza alguna. Carmela la miraba mucho, sí, eso sí lo recuerdo, fijamente, como si quisiera ver a través de su piel. El cutis de mi madre era rosado y se encendía como la yesca cuando bebía un poco del vino quinado que le ofrecía Carmela. Al principio lo rechaza dos o tres veces antes de aceptar, luego ella misma se levantaba, iba hasta la alacena y servía para las dos, en el mismo vaso, así no tienes que fregar tanto Carmela, le decía. Y Carmela sonreía, y su gesto adusto se esfumaba como por arte de magia, se le ablandaba la mirada, como si de pronto no fuera una solterona, sino una muchacha encendida por el amor.
¡Ahí está! Sí que había pistas, sí que las recuerdo, la memoria no es un camino recto, zigzaguea en el espacio y en el tiempo, nos marea llevándonos por recodos, nos hace esperar años, pero finalmente los recuerdos se muestran. Mi madre y Carmela estaban enamoradas. Nunca sabré si fueron amantes, si sus cuerpos se encendieron  con el ardor de una pasión femenina. Y no sé si hago bien leyendo las cartas que encontré en el fondo de su baúl, pero son tan hermosas y tan apasionadas como aquellas radionovelas que escuchábamos cada tarde en casa de Carmela.




viernes, 10 de mayo de 2013

Carta a una niña discapacitada (Premio Certamen CIM de Nerja)


Querida Alba,

Llegaste una mañana fría de enero, eras mi primera nieta; cuando íbamos de camino al hospital descubrí, con alegría, que ya habían florecido algunos almendros. Lo consideré un buen augurio, mi hija tendría una nieta blanca y hermosa como aquellas flores. Cuando llegamos tu abuelo y yo, tu madre aún estaba en el paritorio y tu padre con ella. Las horas en la sala de espera se hacían eternas; yo tejía un jersey rosa y tu abuelo releía la misma noticia en el periódico, como si necesitara hacerlo mil veces para comprenderla. Nunca lo había visto tan nervioso, ni siquiera el día que llevó a tu madre al altar.
Cuando tu padre salió a decirnos que habías nacido, supe que algo iba mal. Le costaba mantener la sonrisa, respondió a mis besos con un abrazo flojo y resbaladizo como la mantequilla. Nos comunicó que tardaríamos un rato en verte, pues tenían que hacerte unas pruebas. Después, se marchó y nos dejó con el alma acongojada. Fueron las horas más largas de mi vida. Mil cosas tremendas pasaron por mi cabeza, pero ninguna acertada, nunca pude imaginar que serías tan distinta a como te esperábamos. Aún así, a pesar de tus ojitos rasgados y tu boquita pequeña, o precisamente por eso, me pareciste la criatura más hermosa que jamás había visto. Tu madre lloraba, mientras repetía una y otra vez, síndrome de Down, síndrome de Down…, no puede ser, si yo aún no he cumplido los treinta años. Tu padre no conseguía de deshacerse de un gesto de incredulidad, te miraba y remiraba, como si en tu carita inocente pudiera encontrar la respuesta a todas las preguntas que se lo comían por dentro. Eran jóvenes, el médico no había considerado necesario que se sometiera a ninguna prueba para detectar la enfermedad.
Yo no sentía pena, sino una gran responsabilidad, sabía que mi objetivo de convertirte en una mujer fuerte e independiente se me complicaba, pero no pensaba darlo por imposible. Con Down o sin él, tú seguías siendo mi nieta.
Te preguntarás el por qué de esta carta, aún eres pequeña para que puedas entender todo lo que quiero transmitirte  y yo soy mayor y estoy enferma, pronto desapareceré de tu vida, por eso quiero dejar por escrito esta especie de testamento que no lleva aparejado la propiedad de ningún bien sino, simplemente, unos consejos de vieja.
Hace mucho tiempo, cuando yo me criaba, las mujeres éramos menos que nada, no teníamos derechos, pasábamos de estar bajo la tutela de nuestros padres a la de nuestros maridos. Nos consideraban unas discapacitadas, unas eternas menores de edad, incapaces de tomar decisiones por cuenta propia. No podíamos tener una cuenta bancaria ni abrir un negocio sin el consentimiento de nuestros maridos. Mi padre me quitó de la escuela el mismo día que me vino la regla. Yo no podía entenderlo, disfrutaba aprendiendo, la lectura siempre ha sido mi pasión. Cuando me casé, las cosas no cambiaron demasiado. Mi marido, tu abuelo, no era mal hombre, solo actuaba como le habían enseñado. No dejó que tu madre, después de terminar el bachillerato, fuera a la universidad. Decía que el lugar de las mujeres estaba en la casa, cuidando de sus maridos. Lloré mucho, más que cuando me impidió que asistiera a la escuela de adultos, pero él se mostró inflexible. Durante un mes no le dirigí la palabra, finalmente tuve que ceder, lo quería a pesar de todo. Lo primero que hice cuando murió fue apuntarme a las clases para mayores y le insistí a tu madre para que hiciera lo mismo en la universidad a distancia, pero ella no quiso, me dijo que quería dedicarte todo el tiempo a ti. Y lo entiendo.
Ya ves, el mundo no es fácil para las mujeres y para ti será un poquito más complicado. He visto en tus ojos el deseo de aprender, no importa que a tus ocho años aún no sepas leer ni escribir, es cuestión de tiempo. He observado como frunces tu boquita con determinación cuando me pides que te enseñe a tejer. Tu madre nunca me lo pidió. Cojo tus pequeñas manos y coloco las agujas en ellas, las guío con la mirada puesta en el futuro, quizás algún día serás tú quien teja jerséis para otra niña. Una felicidad enorme se escapa de tu rostro y, una vez más, me asombro de que alguien tan pequeño pueda transmitir tanto cariño. Son nuestros momentos, quizás, cuando seas mayor, no los recuerdes, por eso te los dejo escritos.
Y, por último, solo me queda darte algunos consejos, no sé la edad que tendrás cuando leas esta carta, tu  madre me ha prometido que te la dará cuándo ella considere que puedas entenderla. Tu avance es distinto al de otros niños, necesitas un poco más de tiempo para aprender las cosas, eso es porque pierdes muchas horas en hacernos felices. Para ti lo importante es disfrutar de las pequeñas cosas, de los besos de tu familia, de la mariposa que se para a libar una flor, de los colores de la primavera, de un encendido atardecer, del leve susurro de la lana al ser tejida, de los ojos cambiantes de un gato, de la espuma blanca que inunda la bañera, de tu programa de televisión favorito, de la vida… No, en realidad, no pierdes el tiempo, lo ganas. Mientras que nosotros nos esforzamos en conseguir cosas, tú ya lo tienes todo, la felicidad está dentro de ti, por eso eres diferente y especial, en el mejor sentido de estas palabras. No me importa la edad que tengas cuando leas esta carta, sé que habrás vivido intensamente todos los años que se quedaron atrás, y no creo que necesites mis consejos, pero ahí van:
-          Debes valerte por ti misma, tu madre siempre querrá protegerte, pero tienes que convencerla de que tú eres una persona válida, una mujer valiente.
-          Tienes una discapacidad, no eres una discapacitada, podrás lograr todo lo que te propongas, quizás necesites un poco más de esfuerzo, pero recuerda que llevas en las venas sangre de luchadoras.
-          Y, sobre todo, no permitas que nadie te arrebate lo mejor que posees, la capacidad de hacer feliz a los que te rodean, consérvala siempre, es un don precioso.

Con esto termino mi carta, tú estás rondando por aquí, te extrañas de que haya cambiado mis agujas de tejer por un bolígrafo. Me das muchos besos en las mejillas y me preguntas, con los ojillos inquietos, qué estoy haciendo. Te contesto que estoy enviando un mensaje a alguien del futuro, me miras extrañada, aún no sabes qué significa esa palabra. Vives instalada en el presente. No puedo evitar que mis ojos se llenen de lágrimas y, en silencio, pido a dios o al destino que se apiade de mí, que me permita vivir unos años más, que el diagnóstico que me dieron ayer sea erróneo, no puedo soportar la idea de que solo me queden unos meses de vida para disfrutar de ti. Entra tu madre, yo sigo escribiendo, con la cabeza baja para que  no vea mis lágrimas. Ella aún no sabe lo de mi enfermedad, se enterará cuando lea esta carta, lo prefiero así.
Mi niña, mi nieta, mi Alba… Luz que ilumina mis noches frías, solo con verte comprendo que la vida tiene sentido. No olvides nunca que tu abuela te quiso, como solo se puede querer a un ángel, con devoción.
Te mando todos los besos que no podré darte.
Tu abuela.
Matilde





martes, 30 de abril de 2013

Firmas en la Feria del libro de Sevilla



Este fin de semana estaré en la Feria del Libro de Sevilla con  mis dos últimos libros. Hace dos años fui con Trece cuentos inquietantes y me apetecía repetir la experiencia.

Estos son los datos:
Día 4 de mayo, sábado, a las 18,00 horas estaré en la librería Baobad (Caseta nº 17) firmando ejemplares de El club de las palabras prohibidas (Edimáter).

Día 5 de mayo, domingo, a las 12,00 horas en la librería Reguera (Caseta nº 25) estaré con La asesina de los ojos bondadosos (Pezsapo) y una novedad, el primer volumen de Trece cuentos inquietantes en formato audilibro.(Alén da Lúa)
Si estás por Sevilla esos días me encantaría  saludarte en una de estas dos casetas

domingo, 28 de abril de 2013

Esos locos utópicos, artículo en Diario Jaén

Este artículo es un homenaje a todos aquellos que participaron en la jornada literaria El escritor hoy, tanto a los que actuaron como ponentes o intervinieron en la mesa redonda, como a los que con su asistencia le dieron sentido a este encuentro.

No sé lo que pasó el día 20 de abril en Alcaudete, una extraña magia nos envolvía. Todo era buen rollo, comunicación, encuentros,... Creo que nunca olvidaré este día y quiero dar las gracias a todos los que me ayudaron en la tarea de organizar, preparar y realizar el encuentro. Tengo pendiente hacer una entrada más completa sobre el acto, aunque no sé cuándo. Mientras tanto, al menos está el artículo.





Esos locos utópicos

Jesús ha venido desde Cádiz con un libro de poemas bajo el brazo. Vanesa no puede disimular su acento madrileño mientras nos explica cómo hacer marketing en las redes sociales. Aurora la escucha atenta, aunque no tiene muy claro si todo eso lo podrá aplicar para promocionar la antología poética que escribió en su Málaga natal. Luis Miguel nos regala libros que recogen historias de nuestra provincia. Mientras, otro Jesús, esta vez gallego, trata de transmitirnos su pasión por la literatura que se escucha: los audiolibros. María José explica, con deje cordobés, lo fácil que puede resultar publicar en ebook y llegar a ser número uno en Amazon, y todos nos morimos de envidia, quién pudiera ver su novela en ese codiciado top. Por la tarde, Juan recuerda a sus profesores en un texto emotivo que, por un momento, lo aleja de la fea realidad que cada día refleja en su periódico. Yolanda se declara utópica. Y entonces comprendo que eso es lo que somos nosotros, un grupo de locos utópicos que nos hemos reunido para hablar de literatura y,  de paso, cambiar el mundo. Escritores noveles, aunque algunos llevemos más de tres publicaciones a la espalda; pequeñas editoriales que nacen en época de crisis, como la alcalaína Pezsapo; lectores, ese bien escaso, que disfrutan de un evento literario celebrado en tierras alcaudetenses…  En los ojos de todos baila una emoción contenida, late la ilusión en los corazones. Por unas horas nos olvidamos de que las ventas de libros han bajado notablemente; de que las grandes empresas editoriales, y subrayo lo de empresas, solo apuestan por los valores seguros; de que existen decenas, por no decir cientos, de falsos editores que pretenden vivir de nuestros sueños. Más de setenta personas compartiendo un interés común, algunas venidas desde muy lejos, otras de nuestra misma tierra, que aquí hay mucho talento, basta rascar un poquito para que salga a la superficie. Porque en Jaén, aparte de la crisis y del paro, también tiene presencia la cultura, aunque haya a quien sorprenda que un evento literario pueda convocar a tanta gente. “Leer distingue”, nos dice Pedro ya casi acabando la jornada. Y a los allí presentes nos entran unas ganas enormes de que todos seamos iguales, y buscamos fórmulas que motiven a aquellos que nunca abren un libro para que lean y disfruten.  
Disculpadme si me he excedido con este alegato a favor de la literatura, que lo es también en pro de la lectura, pero soy escritora y me apetecía darme el gusto de hablar de los sueños, esos que alguien fabrica para nosotros, los transforma en palabras y nos los ofrece en forma de presente literario. Es mi manera de celebrar el Día del Libro.





martes, 2 de abril de 2013

Jornada Literaria El escritor hoy

Ya puedes inscribirte en la Jornada literaria El escritor hoy, que se celebrará en Alcaudete el día 20 de abril. Toda la información en la página de facebook: 
http://www.facebook.com/pages/Jornadas-Literarias-El-escritor-hoy/128086224026515


lunes, 1 de abril de 2013

Alienígenas, mi artículo en Diario Jaén



Alienígenas.

Aquel ser extraño contemplaba con los ojos muy abiertos todo lo que sucedía a su alrededor. Se movía sigiloso entre la multitud, apenas destacaba entre los cientos de personas que abarrotaban la calle principal de ese pueblo cualquiera de Jaén. Creo que era yo la única que había reparado en él. El resto de la gente parecía embriagada por la música y el olor de las flores, y no se había percatado de su presencia. No era de este mundo, no podía serlo. Su mirada incrédula lo delataba, aunque sus facciones fueran similares a las de los hombres de su alrededor, aunque su ropa no destacara, ni su altura, ni siquiera los zapatos, unos mocasines de piel marrón.
Procuré acercarme a él sin que lo notara, necesitaba asegurarme. Llegué a estar tan cerca que nuestros hombros se rozaron. Se volvió y me preguntó, mientras señalaba a la comitiva que se desplazaba lentamente al ritmo de una melodía entristecida: ¿Qué está pasando?, ¿por qué esos encapuchados siguen a la imagen de madera?, ¿por qué se tapan la cara, acaso les da vergüenza? Sonreí, satisfecha de mi perspicacia. No me había equivocado, aquel ser era, sin la menor duda, un extraterrestre, como yo.
Es así como me siento durante la Semana Santa, como un ser venido de otro planeta que aterriza en un universo desconocido. No logro compartir la emoción que derrochan otras personas, mi rostro no se llena de lágrimas ni mi corazón se ensancha de júbilo cuando los costaleros consiguen sacar una imagen del templo, aunque para ello hayan tenido que caminar de rodillas. Mi mente reflexiva me lleva a pensar, ¿por qué no hacen los tronos más pequeños?, ¿es necesario ese padecimiento?
Por solidaridad, intento explicarle a mi amigo alienígena que esta es la forma que tenemos los católicos de recordar la pasión de Cristo, que murió hace miles de años por todos nosotros, humillado y torturado en una cruz. Me pregunta quién es. Echo mano a lo que me enseñaron en el colegio sobre él y le digo que era un dios, pero también una persona humilde que rechazaba las riquezas y amaba a los pobres. No lo entiendo, me replica, entonces, ¿por qué tanto oropel?, ¿por qué tanto derroche? Tronos de plata, flores caras, mantos de oro,… Para eso no tengo respuesta, se me han agotado las justificaciones religiosas y me explayo comentándole que la Semana Santa es una fuente de ingresos para los pueblos andaluces, que favorece el turismo y, por ende, el desarrollo. Saco mi vena economista y le hago números. Él me mira asombrado; yo bajo la cabeza, avergonzada. De repente, al fondo, una saeta desgarra el aire y, justo en ese instante, los dos comprendemos que no son necesarias las explicaciones. La Semana Santa se siente o no se siente.




jueves, 21 de marzo de 2013

Presentación en Murcia de El club de las palabras prohibidas



El próximo sábado, día 23 de marzo, presento mi novela El club de las palabras prohibidas en el hotel NH Amistad de Murcia. Será de la mano de Canal Literatura en un singular desayuno con libros, pues la presentación es a las 10 de la mañana. Ese mismo día también presentarán sus libros Amelia Pérez de Villar y Carmen Posadas. 
Tienes toda la información en este enlace:
http://canal-literatura.com/blog/noticias/presentacion-coctel-de-libros/
Si estás cerca y quieres acercarte, estás invitado, es un acto abierto.