lunes, 10 de noviembre de 2008

Descubriendo el mundo perdido: Cuevas del Campo


La primera foto es la última del día. Nos dirigíamos de vuelta a casa y la luz del atardecer convertía las aguas tranquilas del pantano en un espejo, que duplicaba la magnitud del cerro de Jabalcón. La luna se bañaba en el agua, dotando de magia aquel magnífico espectáculo. Paramos para tratar de captar la belleza del momento, sólo conseguimos unas humildes fotografías.
Este paisaje me sabe a prehistoria, al origen de los tiempos, cuando los hombres aún no sabían definirse como tales. Despierta en mí ese instinto perdido, la necesidad de fundirme con la naturaleza olvidando que soy un animal racional y dejarme llevar por el poder de los colores, el rojo de la tierra erosionada, el suave azul que forma pequeñas olas de espuma en el pantano o el verde de un pinar que, no por ser repoblado, deja de tener su encanto.

Por la mañana todo fue más ligero, más divertido, aunque subyacía un aire de misterio que embargó a nuestro singular grupo de exploradores. Cuatro niños, nueve adultos y un perro de ciudad empeñados en descubrir el mundo perdido. Un mundo que transita a la orilla de un pantano, entre pinos y barrancos.

¿Y qué es lo primero que se puede hacer ante una enorme acumulación de agua? Sin duda, tirar piedras, los niños disfrutaron como locos y los adultos como niños, viendo como el simple acto de coger una piedra y lanzarla genera un ruidoso impacto y unas ondas elegantes.





Después continuamos rodeando el pantano, este año más vacío de lo normal. Los esqueletos de unos árboles nos abren paso en su singular cementerio, que me hace pensar que los excesos también matan, pinos que han perecido ahogados, sepultados por la crecida de las aguas y que ahora resurgen como soldados desarmados, sin recursos para librar una última batalla por la vida. Almas secadas por el agua.




Una lengua de barro solidificado se nos atraviesa en el camino, miramos hacia arriba y en una pared vemos formas extrañas, subir allí es como conquistar un castillo enemigo y así se lo toman nuestros pequeños soldados que victoriosos nos saludan desde arriba. Lucía, Irene, Juanma y Paula son nuestros atrevidos conquistadores.




A lo lejos divisamos una isla, en realidad es una península, está unida a la tierra por una estrecha línea. Nos aprestamos a explorarla, a hacerla nuestra. Quizás sea la isla del tesoro, quién sabe, en esta tierra pueden pasar cosas mágicas. Cuando llegamos a ella observamos decepcionados que no hay nada interesante, sólo árboles moribundos, espera, sí, hay algo… unas magníficas vistas del pantano, rodeados de agua tenemos la sensación de estar subidos en un barco pirata.

Cansados nuestros ojos del azul templado del pantano, miramos hacia atrás y se nos plantea una nueva aventura, escalar un barranco para así regresar en menos tiempo a nuestro punto de partida. En este punto del camino hemos dejado atrás un poco de lastre (que nadie se ofenda) quedamos cinco adultos y los cuatro niños, que demuestran así que son inagotables. La subida es escarpada, pero el riesgo nos atrae.
Llegamos arriba sanos y salvos, atravesamos unas llanuras con pequeños pinos repoblados, cruzamos un barranco y por fin nos reencontramos con el resto de la expedición. Aún les quedó gana de bajar hasta el pantano una vez más y subirse a un pequeño embarcadero.
Wally, nuestro perro de ciudad, escaló como un jabato por las paredes de piedra, ante los gritos y aplausos de mi cuñada Paqui, su ama, que lo miraba asombrada.
Después regresamos a casa, donde la abuela se había esmerado para prepararnos unas migas con chorizo, pimientos fritos, torreznos, y no sé cuantas cosas más, a cual más rica y menos digestiva.

El final ya lo sabéis, esa misma tarde volvimos para Alcaudete, pero el trayecto duró un poco más de lo normal, el tiempo que necesitamos para espiar a la luna mientras se bañaba desnuda a los ojos del sol, la muy descarada, en un pantano que es azul pero se llama Negratín.

5 comentarios:

Antonio Víctor dijo...

Gracias Felisa por tus maravillosas palabras de nuestro "Mar del Negratín" Estoy seguro que no lo olvidarás nunca.
Espero que algún día puedas volver por nuestro pueblo, que además de ser acogedor es morada de los dioses a la hora del ocaso.
Me atrevo a invitarte a visitar nuestra web: www.semanasantaviviente.org
Estoy seguro que te sorprenderás. Allí hay un correo. Envíanos el tuyo y descubrirar lo que llega a hacer este pueblo nuestro en dias de Semana Santa. Te envíaría el dossier de la próxima edición.
Saludos desde Cuevas del Campo para ti y toda tu familia.
Antonio V. Martínez Cruz
Director Semana Santa Viviente

Felisa Moreno dijo...

Gracias Antonio Victor,
En realidad yo soy cueveña de adopción, mi marido es de allí y vamos al pueblo con frecuencia, para visitar a los abuelos. Quise que este post fuera algo mágico, por eso no comenté nada al respecto. Aprovecho ahora para decir que Cuevas del Campo está situado al norte de la provincia de Granada, entre las sierras de Baza y Cazorla.
Por supuesto que conozco la Semana Santa viviente, es algo magnífico, un acontecimiento que hay que vivir en directo. Desde aquí aprovecho para daros la enhorabuena.
Un cordial saludo
Felisa

Celia Álvarez Fresno dijo...

Ha viajado con vosotros. Muy bonitas las fotos, y preciosa la forma de relatar el recorrido que yo, como una intrusa, absorví como propio.
Un abrazo.
celia

Mercedes dijo...

Me ha gustado mucho tu viaje, Felisa. Sobre todo esa imagen final del lago; toda una seducción para los sentidos.
Yo ahora he comenzado otro viaje, de estos donde una empieza a desprenderse de la "mugre" para teñirse de azules.
Besos y enhorabuena, superescritoradelujo.

Carmen Andújar dijo...

Interesante descripción de estos preciosos paisajes que os ibais encontrando en vuestra exploración. Los viajes son fantásticos, y sobre todo con niños, que abren descomunalmente los ojos para absorber todo lo que les rodea.