miércoles, 24 de agosto de 2011

Amantis, mi relato en el Periódico Ideal

Al igual que el año pasado, he participado en el Certamen de Relatos de Verano convocado por el periódico Ideal. Durante el mes de agosto se van publicando los relatos finalistas, de entre ellos se eligirá posteriormente a los ganadores. Ayer, martes, apareció el mío, un cuento titulado Amantis.
Me hace mucha ilusión estar entre los finalistas, sobre todo, porque mi relato ya ha sido publicado, porque ha llegado a un montón de gente que lo ha podido disfrutar, como hago yo con el resto de los cuentos finalistas que se van publicando cada día.
Creo que es una iniciativa interesante que los periódicos incorporen algunas páginas dedicadas a la literatura, pero no como algo anecdótico, sino de manera habitual. Quizás así se consiguiera enganchar más gente a la lectura.
Aquí os lo dejo, por si os apetece leerlo. Feliz verano, aunque ya nos va quedando poco.



Título: Amantis

Alquilé el piso por Internet; pleno centro, noventa metros, con ascensor, a un precio irrisorio. Las llaves la tenía el portero, un hombre de aspecto sucio y desastrado, que no mostró demasiado interés en el asunto, ni siquiera me acompañó a verlo. Me dijo que podía revisar el piso por mí mismo, sin prisas, que cuando terminara ya me cobraría la fianza y el mes por adelantado. ¿Y si no me quedo con él?, le pregunté, asombrado por su actitud. Todos se quedan, contestó y, con gesto siniestro, desapareció tras la puerta.

Aquello me daba mala espina, así que me dispuse a examinar la vivienda con calma, buscando hasta el más mínimo defecto. Tras inspeccionar varias habitaciones, todas en impecable estado, entré en la sala de estar y algo llamó poderosamente mi atención. Una butaca reinaba en la estancia, todos los muebles y objetos parecían estar dispuestos para que ella destacara, incluso la lámpara iluminaba con más fuerza el espacio donde se ubicaba. Una pieza de diseño clásico, tapizada en blanco, con brazos cilíndricos y respaldo con orejeras. Las patas delanteras formaban sendos arcos, mientras que las traseras eran rectas y más resistentes. Desde el instante que la vi, ejerció sobre mí una atracción irresistible. Su piel blanca brillaba como los ojos de un felino al acecho. Pura provocación. Me acerqué con recelo y me senté, dejándome acariciar por sus manos de gata invisible. Entonces descubrí el placer, un placer oscuro que subía en oleadas negras y calientes, como un chocolate dulce y espeso que se iba derramando por mi cuerpo, que enredaba mi entendimiento.

Esa misma noche me instalé en la casa. El portero, que me recibió con una sonrisa sarcástica bailándole en los labios, no mostró inconveniente en que me quedara. Contó los billetes y los guardó en un bolsillo interior de su chaqueta. No me dio ningún recibo, ni yo me atreví a pedírselo. Un mal presentimiento pasó fugazmente por mi cabeza; lo alejé de un manotazo, ¿qué podía salir mal? Disponía de un piso magnífico a un precio irrisorio y, además, estaba lo de aquel sillón, jamás había experimentado una sensación tan irreal y a la vez tan intensa.

Los primeros días sólo pasaba allí los ratos libres. Nada más sentarme, caía inmerso en una felicidad absoluta, un goce indescriptible que me dejaba más agotado que el sexo. Luego, buscaba con ansia esos momentos de ocio, y llegué a renunciar al resto de mis aficiones. Ya no quedaba con mis amigos, ni me iba los sábados a la discoteca. No necesitaba buscar chicas para noches de pasión. La butaca de piel blanca me proporcionaba el placer más inmenso que nunca hubiera podido imaginar.

En pocos días empecé a faltar al trabajo, perdí peso, los amigos y las ganas de moverme. Sentarme en aquel sillón se había convertido en mi única obsesión, un vicio que me dominaba, no conseguía permanecer ni unas horas alejado de él. En un intento de conservar mi trabajo, pues ya se me habían acabado las excusas para ausentarme, adelanté las vacaciones. Treinta días que pasaron en un sueño. No fui consciente del tiempo transcurrido hasta que me llamaron de la empresa. Debería haberme incorporado el lunes de esa semana, y ya era jueves. Mi jefe, furioso, amenazó con despedirme. No me importó. Ya no necesitaba el trabajo, ni a los amigos, que se habían cansado de llamarme; ni a mi familia, que vivía mi encierro voluntario con preocupación. Lo tenía todo. Un placer extraordinario que, cada día, conforme me sentía más débil, vivía con mayor intensidad, al límite de la extenuación.

Una semana después me faltaban fuerzas para realizar las tareas más básicas. Llevaba cinco días sin comer nada sólido. Apenas me levantaba del sillón, ni siquiera para ir a la cocina a prepararme algún alimento; a lo sumo, cogía lo primero que encontraba en la nevera. No salía a la calle, pronto los víveres empezaron a escasear. La última jornada sólo bebí agua del grifo. Al ir al baño y mirarme en el espejo, al ver mi rostro cadavérico, las cuencas de mis ojos hundidas, la piel transparente que mostraba sin pudor el contorno de mis huesos, comprendí que se acercaba el final.

En un intento desesperado por recuperar al hombre, aseado y pulcro, que hasta hace poco fui, busqué la maquinilla de afeitar. En el baño, como en toda la casa, reinaba el caos. Por fin la encontré debajo de unos calzoncillos sucios. Las manos me temblaban demasiado, tras varios cortes en ambas mejillas, desistí. Vi correr la sangre por mi rostro, arrastrándose como una serpiente venenosa. Por su color granate oscuro y su aspecto reseco parecía que se hubiera derramado mucho tiempo atrás. Parecía la sangre de un muerto.

No había ninguna salida, sólo deseaba sentarme sobre ella y esperar, pero antes tenía un encargo que cumplir. Sin molestarme en limpiar mi cara, me fui hacia el salón, debía ahorrar la poca energía que me quedaba. Encendí el ordenador, tecleé con dedos torpes un par de frases. Mi instinto de supervivencia me gritaba que pidiera ayuda, que enviara correos a los amigos, que entrara en el Messenger por si había alguien conectado. Yo sabía que era inútil. No me dejaría, me vigilaba de cerca.

Unos minutos más tarde, cumplida mi última misión, me dejé caer sobre la butaca de sedosa piel blanca. Sabía lo que me esperaba, pero no me quedaban fuerzas para luchar. Devoraría mi cuerpo, como una amantis deliciosa y cruel. Antes de morir, de desaparecer engullido en la voracidad de sus abrazos, había puesto el anuncio del piso en Internet.

“Un auténtico chollo: Pleno centro, noventa metros, con ascensor…”.










7 comentarios:

anif-larom@hotmail.com dijo...

Un cruce velado entre
PRUDENCIA, TENTACIÓN E INCOSCIENCIA.
Sencillamente ¡genial! Felisa.

Un abrazo.

Puri Estarli dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mary dijo...

Os invito a visitar en facebook la pagina de LA MACULA PURPURA, titulo de la novela de Salmorelli.

Un abrazo.

Blas Malo Poyatos dijo...

Un relato excelente, no me extraña que esté entre los finalistas. Enhorabuena.

Un saludo

Luisa Gantes Mora dijo...

Enhorabuena, Felisa, por el merecido reconocimiento. He disfrutado mucho leyendo el relato. Estoy segura de que serán muchos más los premios que puedas sumar a los ya obtenidos.

Anónimo dijo...

He saboreado cada palabra, cada frase. Es estupendo. Yo también he tenido la suerte de que me publicaran un relato este año en Ideal, pero el tuyo es infinitamente mejor. Un saludo y suerte.

María Abellán Candela dijo...

Muy buen relato, me ha emocionado.
Espero que ganes el premio, suerte.
Un saludo