lunes, 2 de diciembre de 2013

Lee el primer capítulo de La asesina de los ojos bondadosos







LA ASESINA DE LOS OJOS BONDADOSOS

 

FELISA MORENO ORTEGA

 
CAPITULO 1.- LA OPORTUNIDAD

 

Ayer se dio sepultura a Severina García Rodríguez, más conocida como la asesina de Noguerones, una pequeña localidad situada en el sur de la provincia de Jaén. A pesar de haber transcurrido más de veinte años, ninguno de los vecinos ha olvidado los luctuosos hechos que ocurrieron aquel día 25 de agosto de 1986, en que la citada Severina acabó brutalmente con la vida de siete de los ocho hijos de Antonio Márquez, así como con la de su mujer, Emilia Serrano. Los habitantes del pueblo se negaron a acompañar el cuerpo de la asesina y al entierro sólo asistieron Antonio y su hijo Francisco. Ambos comentaron a este redactor que estaban allí para asegurarse de que Severina realmente había muerto, y antes de marcharse escupieron sobre su tumba…".

La noticia se extendía aportando detalles de los acontecimientos y recogía comentarios de algunos de los vecinos que presenciaron lo ocurrido. Raquel sonrió, era justo lo que buscaba, llevaba un buen rato buceando en Internet porque debía terminar el artículo antes del sábado, lo publicarían en la edición del domingo. Era la primera oportunidad para demostrar su valía como periodista y le venía propiciada por la gripe de su compañera Lucía, la encargada habitual de analizar los sucesos de actualidad en el dominical del periódico. Después de tres años en aquel diario de tirada nacional —entró como becaria—, su situación apenas había experimentado ningún cambio. Realizaba labores simples, más bien de oficina; normalmente colaboraba con Lucía, aunque también estaba a disposición del resto de los redactores, que le encargaban los trabajos de investigación más pesados y menos reconocidos. Empezaba a desesperar, pero su innata timidez le impedía solicitar un ascenso, un puesto con mayor responsabilidad que le permitiera salir a la calle en busca de reportajes. Lucía, que llegó varios meses después que ella,  disponía de una sección propia en el dominical y realizaba reportajes para la edición diaria. Claro que ella no era como Lucía, no poseía esa avasalladora confianza en sí misma, no hacía repicar sus tacones por la redacción con paso firme y seguro; es más, ni siquiera usaba zapatos de tacón. Dentro de Raquel, en su alma dormida, palpitaba un deseo, una ambición, la secreta convicción de que podía ser tan buena periodista como cualquiera.

El lunes de esa misma semana un loco homicida había sembrado el terror en un pequeño pueblo de Kansas, Estados Unidos, al asesinar a una familia: los padres y sus cuatro hijos pequeños. Raquel buscaba sucesos similares en España, pero los encontrados no podían compararse a los sangrientos hechos ocurridos en la pequeña localidad norteamericana. Se disponía a cerrar el buscador cuando apareció el artículo de aquel periódico de provincias, concretamente de Jaén. Un ligero estremecimiento sacudió su cuerpo cuando releyó el primer párrafo y se detuvo en el nombre del pueblo: Noguerones. Le resultaba muy familiar, consultó el mapa de su agenda y confirmó sus recuerdos, se trataba de un pequeño municipio cercano a aquel otro donde Raquel pasó su infancia, el pueblo de su madre y de sus abuelos. Quizás fuera una premonición, un signo inequívoco de que aquella era su oportunidad, o sólo una coincidencia; pero el hecho de regresar a su tierra natal le produjo un cosquilleo en las palmas de las manos y depositó un regusto extraño en la boca, el sabor de la nostalgia. Era miércoles y disponía del tiempo justo para desplazarse al pequeño pueblo jiennense y reunir la historia completa. Pese a los muchos años transcurridos, confiaba localizar testigos del suceso, un acontecimiento así no se olvida con facilidad. Hablaría con Camacho, el redactor jefe, intentaría que le autorizaran el viaje desde el periódico y así poder pasar los gastos; su economía tiritaba, no le convenían los excesos. Algo en su interior le decía que aquella podía ser la noticia de su vida, sacar a la luz unos asesinatos ocurridos veinte años atrás, que demostraban que el horror puede hincar sus colmillos en cualquier parte del planeta, y eso incluía a España. Saboreó el éxito anticipadamente, dejaría de ser una anodina auxiliar para convertirse en redactora de una vez por todas. Bendita sea la gripe de Lucía...; las gripes se curan, pensó después, arrepentida de alegrarse de la enfermedad de su compañera.

La emoción del momento —se aunaban sus ganas de triunfar y un imperioso deseo de regresar a su tierra— se tradujo en una carrera nerviosa y acelerada por los pasillos. Ajena a las asombradas miradas del resto de sus compañeros, llegó ante la puerta del despacho del redactor jefe. Ahí perdió parte de su ímpetu, las dudas mellaron su entusiasmo; aún así entró con decisión y puso sobre la mesa el artículo localizado en Internet. Le explicó su idea a Camacho; éste no pareció entusiasmarse demasiado, aún así, consintió en pagarle los gastos de un día, si necesitaba más correría por su cuenta.

Raquel accedió, le pareció suficiente tiempo, saldría esa misma tarde y aprovecharía el jueves para realizar las entrevistas. A punto estuvo de darle un beso a su jefe, se contuvo en el último momento; no estaría bien visto, la disparatada idea le provocó una sonrisa.  Por su parte, Camacho la miraba sin disimular su irritación, se preguntaba si había hecho bien en acceder a la recomendación de Lucía y encargarle el trabajo a Raquel, no creía demasiado en sus posibilidades como reportera; realizaba eficientemente las tareas administrativas, eso le constaba, pero se preguntaba por qué diablos aquella chica se decidió a estudiar periodismo, si carecía de sangre en las venas. Seguía allí plantada delante de él, con aquella estúpida sonrisa en los labios y la mirada clavada en su rostro; se sintió molesto y la despidió con brusquedad.

José Manuel Camacho era un tipo serio, de pocas palabras, rechazaba las bromas y pocos le habían visto soltar una carcajada, aunque los más antiguos de la empresa comentaban que no siempre fue así. Una poblada barba blanca ocultaba su rostro, como si fuera la depositaria del secreto de su eterno malhumor, y dejaba al descubierto unos ojos fríos y apagados, a los que sólo la furia lograba dar brillo cuando la descargaba convertida en insultos e improperios sobre sus subordinados.

Raquel se marchó a casa presa de un frenesí desconocido en ella. Estaba despertando del letargo que últimamente atenazaba sus movimientos, se desprendía de aquella película invisible, viscosa y maloliente que impregnaba su vida de monotonía y resignación. Cuando estaba a punto de tirar la toalla, cuando parecía dispuesta a aceptar el puesto que le había ofrecido su novio en la empresa que dirigía, y renunciar así a sus sueños por unos cientos de euros cada mes, entonces, justo en ese preciso momento de su vida, se le presentaba aquella oportunidad. Pensaba en todo eso mientras metía apresuradamente su ropa en una mochila, sin prestar atención a las prendas elegidas que, mal dobladas, se fueron apiñando dentro. Entretanto, su mente volaba hacia una tierra olvidada durante años, perdida en su memoria, añorada y odiada a un tiempo. Jaén recobraba vida en su memoria, y con ella traía viejos recuerdos de su infancia, casi todos buenos, sólo uno lo suficientemente horrible como para no desear volver nunca más. Despertaron los fantasmas, agitaron cadenas, rechinaron dientes... Y entre ellos, la abuela Martirio le sonrió como sólo ella sabía hacerlo mientras acariciaba su largo pelo recién cepillado.

Con el pensamiento perdido en tiempos remotos, comprobó la grabadora, metió el portátil en su bolsa y llamó a la estación para reservar el billete. Le informaron que  dentro de dos horas salía un AVE para Córdoba, la ruta más rápida y directa para llegar a Noguerones, aunque le supondría alquilar un coche en la estación del tren. Su atención volvió a centrarse en el reportaje, alejando por un momento los espectros del pasado. Mentalmente trazó un planning de su visita: Ayuntamiento, familiares, vecinos, guardia civil y centro psiquiátrico se convertirían en sus principales objetivos. Se enfrentaba por primera vez, y en solitario, a la aventura de construir un reportaje. Recordó las innumerables ocasiones, frente a un café, en las que escuchaba las hazañas de los avezados reporteros del periódico. Se sentía igual que la primera ocasión que preparó una comida en su piso, cuando tuvo que enfrentarse a tantos y variados ingredientes. Relleno de carnaval, ¿por qué eligió precisamente aquel plato? Quizás porque era carnaval y quería sorprender a su madre, que siempre dudaba de sus aptitudes para la cocina, quizás para demostrarse a sí misma que era capaz de elaborar aquel complicado guiso de su tierra. Para aquella ocasión invitó sus padres, a su hermano Marcos y a Sofía, su novia. También se apuntaron un par de amigos de la universidad. Aún no había conocido a Pedro, su actual novio, eso no sería hasta un par de años después, cuando ya trabajaba en el periódico. Ahora estaba allí, bastante insegura de sus conocimientos culinarios, tratando de recordar cómo las experimentadas manos de su madre manipulaban los componentes para lograr aquel alimento exquisito, que sólo con degustarlo lograba transportarla a su infancia, a los años vividos en el pueblo. Con gran esfuerzo consiguió reunir todos lo necesario para elaborar la receta de su abuela Martirio, la lengua y el corazón de cerdo, salados, su madre siempre insistía en su característico sabor, docena y media de huevos, jamón serrano, panceta, lomo de cerdo y una pechuga de gallina. Lo que más le costó conseguir fue el pan grande, tuvo que encargarlo en una panadería e insistir mucho para que se lo hicieran. Las especias, nuez moscada y azafrán en hebra, se acompañarían del perejil y dos cabezas de ajos para elaborar el sabroso aliño. Suspiró resignada y puso manos a la obra. Procedió a picar la carne y el jamón, no se podía utilizar la picadora, otra indicación precisa de su madre, fue tajante cuando se lo consultó por teléfono. Acabaron doliéndole los dedos del roce con las tijeras, pero consiguió unos trocitos perfectos que después darían un toque multicolor al relleno. Desmigajó el pan hasta conseguir una masa blanda, nívea y esponjosa; una caricia que alivió el dolor provocado por las tijeras. Sintió un poco de pena cuando mancilló la blancura  del “miajón” con los huevos batidos; el aliño y la carne picada crearon una amalgama amarillenta, pegajosa, salpicada por las distintas tonalidades de la carne troceada. Ya solo quedaba dejarlo reposar unas horas antes de  meterlo en las bolsas para cocerlo; antiguamente, su abuela utilizaba las tripas del cerdo, en la actualidad, su madre prefería usar unas tiras de plástico que una vez rellenas se cosían antes de introducirlas en el agua con el caparazón de la pechuga y unos huesos de jamón.  La comida fue un éxito, todos alabaron las excelencias del plato; pero Raquel había amasado muchas emociones preparándolo, recuerdos que fluían mientras troceaba el corazón inocente de aquel cerdo, inocente como aquel otro que cada mes de noviembre se sacrificaba en casa de la abuela Martirio, ignorando las implorantes súplicas de una Raquel niña que no soportaba despedirse del animalillo que ella misma había alimentado los meses anteriores. No volvió a prepararlo nunca más, no quería que el recuerdo de su abuela se introdujera con tanta fuerza en su vida, ya que casi la tenía olvidada, arrinconada entre las telarañas de su memoria.

Ahora se le presentaba un nuevo reto, no tenía experiencia como reportera pero le desbordaban las ganas de salir de aquel estado de letargo en que se hallaba sumida. Sabía que su fuerza interior, esa que parecía dormida, despertaría para ayudarla a conseguirlo.

Una vez sentada en el asiento del tren, respiró tratando de acallar a su exaltado corazón, los sucesos la atraparon en unas horas de vértigo, sin tiempo para reflexionar, simplemente actuó. Volvió a leer el artículo bajado de Internet. ¿Qué había motivado a una mujer como aquella a cometer semejante atrocidad? Todos los vecinos parecían coincidir en su carácter bondadoso, siempre dispuesta a ayudar a sus semejantes, muy religiosa y devota. Cerró los ojos y trató de imaginarla mientras apuñalaba sin piedad aquellos pequeños cuerpos. Un escalofrío recorrió su espalda, observó de nuevo la foto que, antigua y desvaída, mostraba a una mujer morena de grandes ojos negros, peinada con dos largas trenzas. El retrato aparecía dominado por los inmensos ojos, que transmitían una bondad incontestable. La corriente de simpatía que sintió hacia Severina desconcertó a Raquel; aquella asesina, juzgada y condenada a pasar el resto de sus días en un centro psiquiátrico, no merecía su compasión.

 

Decidió alejarse por un momento de la historia, antes de desvirtuarla en su cabeza y de deducir conjeturas erróneas. Se acordó de Pedro, ni siquiera tuvo tiempo de avisarle, sólo un nota adhesiva en la nevera: “Me marcho a Jaén para preparar un artículo, vuelvo el viernes, un beso”. Nada le impedía llamarlo ahora, miró el móvil con desgana, no le apetecía hablar con él.

Cuando conoció a Pedro, acababa de empezar con fuerza e ilusión su trabajo en el periódico. Era la Raquel que preparó el relleno de carnaval, capaz de superar cualquier reto, la Raquel que aún confiaba en su futuro, pero también la Raquel tímida e insegura que con sus veintisiete años aún seguía sin conocer el verdadero amor, tan sólo algunos escarceos decepcionantes con compañeros de la universidad. La tarde que Pedro apareció en el bar, todas las chicas del grupo se le quedaron mirando. Alto, muy elegante, vestía un traje gris marengo, camisa malva y corbata a juego, le acompañaba el inequívoco perfume del éxito, un olor a colonia cara y exclusiva, un paso firme y desenfadado y una mirada segura e inquisitiva a un tiempo. Más tarde se disculparía por su aspecto,  acababa de salir de una reunión y no había tenido tiempo para cambiarse de ropa antes de acudir a su cita con David, el amigo común que lo acompañaba aquella tarde. Lo cierto es que todos llevaban ropa informal, vaqueros y camisetas, y Pedro ponía la nota discordante. Raquel observó que él se sentía cómodo con su traje, no le molestaba la diferencia, y se preguntó si no se habría vestido así a propósito, consciente del arrollador efecto que causaba sobre las mujeres, porque sus amigas no dejaron de fijarse en él desde que entró, ensayando sus más seductoras sonrisas. Mientras, ella se encogía, se replegaba para dejar el campo libre a sus compañeras, evitando reflejar en sus ojos el efecto que la presencia de Pedro le provocaba. Por eso se sorprendió tanto cuando, al final de la noche, cuando las copas mellaban su equilibrio y buscaba el sólido apoyo de la barra del pub, Pedro se dirigió a ella, la enlazó por la cintura y la besó sin mediar palabra. Luego se marchó, dejándola en un mar de confusión, agitada por unas olas desconocidas que la arrastraban a una playa repleta de dudas de colores. Pasó varios días desconcertada, desconfiaba de su memoria, achacaba el recuerdo del beso a sus excesos con el ron, hasta que  Pedro la llamó. David le había facilitado el número, quería quedar con ella para ir al cine.

A veces. Raquel se preguntaba cómo había llegado a su situación actual, en qué parte del camino dejó aparcadas sus ilusiones y en qué medida su noviazgo con Pedro contribuía a ello. La relación se desarrolló con rapidez; en menos de un mes, tras la primera película compartida, se convirtieron en una pareja estable; se veían a diario y casi siempre comían juntos. Pedro se fue integrando en su vida, modificando sus costumbres hasta el punto de que ya apenas podía recordar cómo era antes de conocerlo. Él poseía una personalidad absorbente, que envolvía a Raquel aniquilando su voluntad; lenta pero concienzudamente iba tejiendo una red de seda, una telaraña de sentimientos que culminó el día en que se trasladó a vivir con ella. Algo en el interior de la muchacha le avisaba, se rebelaba contra aquella dominación encubierta. Quizás por eso notó un puñetazo en el estómago cuando vio la maleta de Pedro en medio del salón, aunque de sobra hablado, el momento parecía no llegar. Se limitaba a comentarios del tipo “si vivimos juntos tendremos menos gastos” o “esta noche me gustaría quedarme contigo”, al final Pedro se marchaba, recogía los restos de su presencia y se los llevaba consigo. Ahora se esparcían por toda la casa y a Raquel empezaban a molestarle. Ella demoraba el momento de volver al piso, con la esperanza de encontrarlo dormido, si era así, respiraba aliviada y se metía en la cama en silencio para no despertarlo. Luego, mientras observaba el bello rostro en reposo, la respiración acompasada, los hombros desnudos que escapaban del abrigo de las sábanas, se sentía culpable y se preguntaba cómo había llegado a odiarlo tanto.

Conforme el tren devoraba los kilómetros y la alejaba del influjo de Pedro, se sentía libre, como cuando era una niña y corría por las camadas de los olivos, desatenta a la llamada de su madre, siempre tan protectora.  Oía las risas de su abuelo que la animaban a seguir corriendo, sus pequeños pies machacaban las aceitunas caídas, dejando un reguero de sangre marchita en los terrones, lo que enfurecía aún más a su progenitora. Hasta que se detenía delante de la criba, un artilugio similar a un columpio donde se separaba el fruto de tallos caídos al desprenderlo del árbol. Para ello, los aceituneros utilizaban unas varas de almendro que manejaban con destreza, golpeando con estudiada saña a los sufridos árboles. Admiraba la fuerza de su padre, que levantaba la espuerta hasta la altura de la criba, por encima de su pecho, para luego dejar caer las aceitunas que bajaban alborozadas como niños díscolos. Abajo las esperaba la abuela, con sus dedos ágiles, que retiraba presta los tallos que escapaban al cribado, Raquel contemplaba esas manos curtidas, acostumbradas al duro trabajo del campo,  morenas y pequeñas, que también sabían acariciar y transmitir calma.

Los días eran largos y pesados incluso para ella, demasiado pequeña para colaborar; pero al final de la tarde, cuando se recogían los aperos y miraban hacia atrás para ver los sacos llenos que reposaban como animales cansados en mitad del olivar, sentían la satisfacción del trabajo bien hecho, la seguridad de que su esfuerzo no sería en vano, que aprovisionarían de aceite las despensas y de dinero las arcas de la familia, y asegurarían el sustento de la misma. En aquella época, las dudas no asaltaban su ánimo ni lloraba a escondidas buscando el motivo de tanta tristeza, las cosas eran más sencillas...
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domingo, 17 de noviembre de 2013

sábado, 16 de noviembre de 2013

Presentación de María López



María López, la primera por la izquierda, fue la encargada de hacer la presentación de mi novela.
Se lo pedí porque le estoy inmensamente agradecida, porque ha revisado la novela hasta pulirla al mínimo detalle. Es doctora en Lengua Española y una apasionada de su trabajo. Le he pedido que me pasara el texto para compartirlo con todos vosotros, pues creo que merece la pena leerlo. Gracias, María.

"Queridos asistentes, entre ellos, muchos paisanos y amigos…

Es para mí un honor poder compartir con ustedes este acto en el que nos aúna como
cometido darle la bienvenida a un esperado alumbramiento literario.
Además de esta insondable satisfacción me amenaza otro inevitable sentimiento:
la responsabilidad que me impone este espacio. Si bien mi experiencia profesional me
ha llevado a desempeñar quehacer próximos, el proscenio nunca había sido mi pueblo.
Muchas gracias, Felisa, por brindarme esta oportunidad y muchas gracias por todo lo
anteriormente ofrecido:
Tuve la dicha de asistir a este parto desde el goce previo de su gestación. Fuiste
capaz de deleitarme, como en reiteradas ocasiones, con tu creación, un deleite
inagotable en cada una de las páginas que aquí nos compete presentar.
Considero que huelga insistir en los logros de tu autoría ante quienes muy
probablemente ya hayan sido víctimas de tus secuestros literarios precedentes.
Con La asesina de los ojos bondadosos inauguró merced a un merecido premio
de la Diputación de Jaén una trayectoria avalada por otras prolíficas producciones de
distinto género: su antología Trece cuentos inquietantes, su novela juvenil El club de las
palabras prohibidas, sus relatos publicados en distintos soportes de ámbito nacional y
allende el Atlántico, sus artículos periodísticos, entre otros.

Y ahora, ¿qué nos regala Felisa?

Les puedo adelantar que no es fácil verbalizar todo y cuanto me ha provocado la
lectura de La nieve en el almendro.


Aunque mi misión inicial cuando me enfrento a un escrito suele ser actuar con

determinadas exigencias como juez de corrección lingüística (falta de signos de

puntuación, usos pronominales inadecuados, ausencias de tildes diacríticas aliadas de

incómodas ambigüedades, etc.), con este texto me he visto abocada a otra tipología de

beneficios.
La corrección idiomática, prácticamente impecable: siempre fue para mí en el caso de

nuestra escritora, un valor añadido: su sensibilidad literaria versus a su formación


científica: valores numéricos, índices económicos, estadísticas, porcentajes, etc.

Y es que a pesar de que el arte de la palabra nos pertenezca a todos, su artificio

no siempre nos es innato. Hemos aquí la valía de nuestra autora: artífice de las letras sin

dejarnos indiferente.
La técnica narrativa de analepsis o retrospección, su manejo del contrapunto nos


permite emprender en su novela viajes temporales de ida y vuelta.

No nos cuenta Felisa una única historia lineal. Sus personajes maduran,

envejecen y regresan reiteradamente a su niñez. Todos nos hacen partícipes desde su

nostalgia, de un pasado del que todavía no han podido liberarse, un tiempo pretérito que

nos convierte en cómplices de inquietantes desdichas. Y es que la autora, os confieso,

nos hace sufrir… de una forma casi… me atrevo a decir, imperdonable.

Mas…. tal vez sea esa la causa que nos mantendrá alertos durante toda la novela

en pro de la persecución de un anhelante consuelo, de una merecida recompensa.

En esos itinerarios temporales, el lector podrá hallar sin gran esfuerzo determinadas

identificaciones generacionales.

Entre la superposición de escenarios cronológicos, nos situamos a finales de la

década de los setenta: la mirinda, la pretecnologí,a los envases retornables, los zapatos
de charol, los sillones de escay, las zapatillas John Smith o las Converse All Star,


Sandokan, el cuadro con la cigüeña que testimoniaba nuestro nacimiento…

La abuela Catalina nos traslada, con el relato de sus amenazantes historias, a una época

incluso anterior, en la que a pesar de la insalvable escasez, imperaban otros

reivindicados valores:
Allí se crió tu madre, en el cortijo del Aljibejo, ¿te suena el nombre? Maldita la

hora en que hablamos de venirnos ala ciudad, en el campo no teníamos lujos
 
pero vivíamos en paz.


A algunos de los presentes les resultará familiar el topónimo mencionado:

Aljibejo. Pues sí, de allí, de Noguerones son los ascentros de Julián, uno de nuestros

personajes, pero… también jiennense es Salvador, quien nació en nuestro pueblo,

Alcaudete, aunque desembocara en Madrid, emplazamiento geográfico de la historia.

Víctima de aquellos tiempos de prohibiciones y estigmas es Macarena, cuyo

honor mancillado fue la causa de la muerte de su padre.

A esa ubicación localista contribuyen de forma especial las intervenciones del
citado personaje de la abuela, lingüísticamente decorado con cuidada precisión: anisete,



buchito, la calo, chorreón, chuchurrir, pelandusca, alma en pena, coscorrón, naiden,
 
probe… y un sin fin de epéntesis consonánticas y otras curiosas expresiones diatópicas,

como el vocativo nene.

La manipulación de estos recursos y otros, tales como:

· Ágiles sinestesias: palabras tiernas que sabían a helado de turrón;


· acertadas comparaciones; sugerentes metáforas y/o hilvanadas alegorías:
colorada como un pavo; más raro que un grajo blanco; Marta, un mamífero de

piel brillante, como el animal acuático que lleva su mismo nombre

Soy viejo desde aquel día, cuando descubrí que la piel de una mujer puede ser

más hermosa que un almendro en flor y que una mancha roja en el suelo puede
 
destruir tu futuro.

El detenimiento exhaustivo de las descripciones.

Y, como no, la literatura dentro de la literatura.


Estas y otras estrategias llevan al lector a una inmersión mágica en historias

personales tan verosímiles como conmovedoras.

Julián, Salvador, Carlos, Macarena, la madre nos contagian, como ya he

manifestado, de un inexcusable sufrimiento. Pero no solo en ellos hizo estrago el

pasado: también María, la cocinera, había perdido a su hijo, Incluso don Andrés, el
director de Seguros El resplandor tenía justificado su despotismo.


La frustración, la decepción, el desprecio, las humillaciones, la imposibilidad de

amar y ser amado, las infidelidades, la muerte… nos retan a un ilimitado desaliento.

¿Quién será capaz de permanecer impasible ante las vejaciones padecidas por Julián de

manos de sus enemigos escolares?:

La resignación de este personaje nos acompañará durante el desarrollo de toda la obra:
Un nacimiento imperfecto:



Me partía de risa tratando de imaginar cómo papá y mamá me iban fabricando

a partir de piezas sueltas, seguro que conseguidas en algún desguace, así salí yo

de especial.
 
Una infancia cruel y de desamparo…



Quizá en el colegio habían notado mi escasa valía, lo poco que importaba a nadie, por

eso se metían conmigo una y otra vez. Aquel mismo día, me había encontrado de frente

con Isidoro, que me miró con odio antes de empujarme contra la pared. La mala suerte,

mi fiel aliada, hizo que me golpeara contra la esquina de una columna, el dolor fue muy

intenso. Noté que algo caliente me chorreaba por el cuello y me sentí mareado. Al

principio, Isidoro me observaba riéndose, pero cuando vio la sangre se asustó y salió

corriendo.
 
Una madurez precoz en una adolescencia frustrada

¿Tendrá posibilidad este personaje, ahora convertido en propietario de una taberna en

un barrio madrileño de cambiar el signo de un destino?

¿Podrá ser feliz ese niño al que ninguneaban en su casa frente a los mimos recibidos por

su hermana, al que maltrataban el colegio con actitudes que marcarán decisivamente

nuestra alma? ¿Llegará a recuperar su amor platónico socialmente castigado?

Seremos conocedores de todo lo acaecido en su vida cuando nos dé la oportunidad de

releer, a mismo tiempo que lo hará él, las entregas intercaladas de sus retazos

biográficos de la mano de Salvador, quien había sustituido la pluma por una barra de

bar, sin abandonar nunca la posibilidad de ver cumplida su vocación de escritor.

Hasta el desenlace no podremos conocer el desvelo de muchos de lo secretos advertidos.

La intriga presente desde el principio de la novela será el principal ingrediente que

lidere nuestros deseos de continuar y garantice el placer incontenido de la lectura.

Elementos añadidos inundan las páginas: historias que crecen en los árboles,

evocaciones de profunda sensualidad, deseos sexuales, erotismo, síntomas de

embriaguez, enfermedades venéreas, la efimeridad de la belleza, la prostitución…

Hasta del sadomasoquismo tan de moda en algún best seller actual se ha hecho eco

nuestra autora.

Podría seguir aludiendo a miles de aciertos a los que aquí no podría hacer

referencia, pero estimo que ha llegado el momento de que sea la protagonista de este

encuentro quien nos cuente qué la ha instado a reunir en su obra tantos anhelos

frustrados, irreversibles o no (esto último únicamente ustedes podrán valorarlo).

Solo le lanzo a ella un interrogante: Conocemos algunas creaciones en las que la

literatura sirve de pretexto para desarrollar la literatura. Rescato de mi memoria un libro
que me permitió hacer una justa y renovada interpretación del Quijote. Me refiero a El

autor que compró su propio libro. He aquí la pregunta ¿Cuál ha sido, Felisa, tu fuente


de inspiración cuando has empleado este recurso?

Antes de obtener tu respuesta, no me resisto a compartir con ustedes tres

fragmentos de la obra y que sea el protagonista, Julián, quien os hable:
No se daba cuenta de nada ni siquiera de que yo la necesitaba más que nunca,

que no quería ropa, ni siquiera aquel reloj digital, marca Citizen que tanta

ilusión me hacía. No, lo que realmente necesitaba era su cariño, su

comprensión, que me escuchara, tenía tantas cosas que decirle y mi desamparo

era tan grande…

A veces me preguntaba qué le había hecho yo a mi madre para que no me

quisiera, para que ni una sola ve se acercara al colegio a preguntar a los

profesores sobre mi comportamiento o mis notas, para que no se acordara de ir

a mi cuarto a darme las buenas noches. Yo estaba seguro de que, si lo hubiera

hecho, si ella se hubiera acercado un poquito a mí, le habría confesado lo que

pasaba en mi colegio, las humillaciones a las que me veía sometido, los insultos,

las palizas… Y todo hubiera sido diferente. El sonido del timbre me sacó de mis

pensamientos.

Otra vez los recuerdos, otra vez las humillaciones. La vida es un ciclo, como el

del agua, va pasando por diferentes estados para, al final, volver a su forma

inicial, líquida. En lo gaseoso imaginamos que podemos llegar a ser lo que

queramos, que nuestro destino será amable, nuestro futuro prometedor. Ese

estado es pasajero, son breves los momentos que pasamos en ese cielo utópico.

Había vivido my pocos instantes de esos.

Al verla desnuda acudió a mi mente la imagen de un almendro nevado de flores,

el único árbol que se atreve a desafiar al invierno, a florecer en el helado mes

de enero, mientras el resto de las plantas permanecen aletargadas. Así era

Macarena, como la nieve en el almendro, una nieve cálida, fabricada con

pétalos d s de flores y capaz de iluminar la grisura que recubría mi vida.
 
Sin más dilación, ahora sí, les sugiero, les recomiendo (ojalá pudiera obligarles) que se
dejen secuestrar por La nieve en el almendro, donde, una vez más, Felisa Moreno ha
 
sabido con las palabras construir sueños."

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Booktrailer de La nieve en el almendro


Este es el booktrailer de mi nueva novela. Espero que os guste.

sábado, 26 de octubre de 2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

Portada de La nieve en el almendro, mi nueva novela



 
 
Detrás de esta portada hay muchas horas de trabajo, de buenos y malos ratos, de dudas, de arrojar la toalla y volver a recogerla al cabo de meses. Esta novela, como La asesina de los ojos bondadosos, nació a partir de un relato, uno de esos cuentos que te piden más, que quieren que te asomes a los ojos de sus personajes y rebusques dentro de su alma.
También, detrás de esta portada, hay buenos amigos que me han ayudado a seguir creyendo en la historia y a mejorarla. Una novela es la suma de voluntades, del escritor y del editor que cree en ella. Y me siento muy agradecida a Ramón Alcaraz, que ha apostado porque este título figure en el catálogo de obras de la editorial El desván de la memoria.
Dentro de nada, cuando esté impresa, será vuestra, de los lectores, eso es algo que me ha quedado muy claro en estos años, en el momento que publicas una obra, deja de pertenecerte.
Espero que os guste la portada, pero aún más deseo que os guste la novela, que os llegue al alma, que no os deje indiferentes.

 

martes, 22 de octubre de 2013

Asesina entre té y chocolate

Hoy, Inmaculada Puche Romero, la editora de Pezsapo me ha dado una agradable sorpresa, La asesina de los ojos bondadosos se puede adquirir y degustar entre tés y chocolates. ¿Qué no sabes de lo que hablo? Pincha en este enlace y lo comprobarás: http://degustate.es/es/45-regalo-libros-online

jueves, 17 de octubre de 2013

Encuentro con niños en Puerto Lope- Moclín (Granada)



Hoy he tenido la suerte de compartir un encuentro con autor con los niños del CPR Las Atalayas de Puerto Lope, perteneciente al municipio de Moclín (Granada).
Hace unos días les envié un cuento para que pudieran leerlo y luego trabajar con él. Hemos hecho actividades de creatividad, hemos jugado a inventar historias, nos hemos reído y hemos jugado con las palabras. Creo que se han divertido pues me han preguntado qué cuándo vuelvo otra vez. Yo les he dicho que cuando sean un poco mayores y se lean mi novela juvenil "El club de las palabras prohibidas"
Después me he acercado a Moclín, un pequeño pueblo que me ha dejado un buen sabor de boca y ganas de volver. El técnico de cultura me ha comentado las rutas que se pueden hacer en el municipio y creo que regresaré con mi familia.
Quiero dar las gracias a los profesores, a los niños y al responsable de cultura por su cálida acogida.


 

martes, 15 de octubre de 2013

Alcaudete Imaginado: La laguna Honda


Alcaudete Imaginado: La laguna Honda.

Como cada tarde aparcó el coche frente al edificio de la antigua estación de tren de Alcaudete. Cogió una mochila pequeña donde llevaba el agua y un libro. Emprendió el camino con escasa ilusión. Aquel día cumplía cuarenta años y se había prometido que sería la última vez. Era la fecha límite que se había marcado antes de desechar del todo aquella fantasía juvenil, impropia de su edad. Mientras avanzaba por la vía desprovista de raíles, una vía que ya no sentiría el temblor emocionado que provocaba el tren, de aquel amante embravecido que en otra época la acometía con pasión y que la hacía rugir cuando se adentraba en sus puentes, no podía evitar recordar los innumerables paseos, siempre inútiles, que la habían llevado otras tardes hasta la laguna. Se detenía ante ella y contemplaba el espectáculo del atardecer sobre las aguas mansas. El sol manchaba de rojo el horizonte, mientras que la maleza se reflejaba aumentada en aquel espejo quieto y oscuro. Los fines de semana la visitaba por la mañana, entonces le parecía menos peligrosa, de un azul plateado, reluciente como una novia a punto de ser desposada.

Una novia…, un marido, hijos… ¡Cuánto lo ansiaba! En sus primeros años de juventud no era consciente de esa necesidad. Desdeñaba a sus pretendientes, jugaba con la vida y amaba de forma casi insolente, egoísta, absurda. No quería compromisos, ni convertirse en la típica ama de casa, en la madre gritona, en la esposa cansada que nunca quiere hacer el amor. Sin embargo, los años pasaban inclementes, vio marcharse los treinta y, cuando su trabajo la llevó a Alcaudete, a la Vía Verde, a la laguna Honda, recordó a aquella anciana, allá en su pueblo del norte, que una noche al abrigo del fuego le echó las cartas: “Conocerás a tu hombre, el que te hará feliz y te dará dos hermosos hijos, en las vías muertas de un tren, frente a las aguas calmas de una laguna”

Ella creía haber olvidado estas palabras, hasta la tarde en la que, por primera vez, contempló la laguna Honda. Nunca había visto unas aguas más mansas, un azul más quieto y reparó en que aquella vía se podía calificar de muerta, pues por allí ya no pasaría ningún tren. A partir de entonces se obsesionó con el vaticinio de su vieja paisana, creyó que había llegado su momento, que allí encontraría al hombre de su vida, que solo era cuestión de esperar, de ser paciente y, sobre todo, acudir a aquel lugar el mayor número de veces posible. Fue así como se habituó a visitar la laguna cada día, a quedarse largos ratos apoyada en la barandilla de madera fabricada con los travesaños de la vía, pero mirando con el rabillo del ojo a las personas que caminaban por su lado. Sus sentidos se alertaban cuando veía pasar a un hombre solitario. Se preguntaba si aquel sería el padre de sus hijos, la persona que la amaría tal y como le había vaticinado la anciana. Los días, las semanas, los meses, los años pasaban y no sucedía nada. Ya llevaba más de tres en Alcaudete y desde hacía varios meses se había puesto como fecha límite el día de su cuarenta aniversario. Después, si nada ocurría, pediría el traslado para olvidar las tardes perdidas frente a la laguna.

Hoy era ese día. Los cuarenta años eran una pesada carga que entorpecía su caminar. Contempló los olivos, siempre verdes e impasibles, que parecían decirle adiós con sus ramas, agitadas por una suave brisa otoñal. Quisiera ser como ellos, tener hondas raíces que la fijaran a un lugar, pero sobre la mesa de su despacho ya tenía preparada la solicitud de traslado, en el banco no le pondrían problemas, les venía bien tener a alguien como ella, dispuesta a cubrir sustituciones en cualquier parte de España. Alguien sin cargas familiares, ni ataduras. Alguien libre como aquel viento que movía los olivos. Hoy aquí, mañana quién sabe.

Una profunda tristeza aplastaba sus hombros cuando llegó frente a la laguna. La tarde parecía desangrarse en la tierra roja que rodeaba el agua, en el agua misma, tintada por los rayos de un sol agonizante. Un pájaro levantó el vuelo y dibujó en el cielo un garabato negro. Entonces lo comprendió. No necesitaba un marido, ni siquiera hijos. Necesitaba encontrarse a sí misma, dejar de buscar fuera lo que tenía dentro y echar raíces, como los olivos, fuertes y profundas. Por primera vez contempló la laguna sin reservas. Hasta ahora solo había sido un medio y necesitaba que fuera un fin, un lugar seguro donde refugiarse.

Y fue justo ese día cuando lo conoció, justo en el instante en que había renunciado a él. Supo quién era, no le cupo la menor duda, cuando contempló sus ojos de un azul manso, como el de la laguna.
(Relato publicado en el Libro de Feria de Alcaudete 2013)

jueves, 10 de octubre de 2013

El peligro de emprender, mi último artículo en el Diario Jaén.


El peligro de emprender

Llevo más de veinte años trabajando en la creación de empresas y por mi despacho han pasado muchos emprendedores. A veces, en la primera entrevista ya tengo claro que la idea va a fracasar. Uno de los factores del éxito empresarial, que considero determinante, es el motivo que lleva a la persona a dar el paso. Hasta hace unos años, un número importante de los emprendedores abandonaban voluntariamente un trabajo por cuenta ajena para crear su propio negocio. Eran personas con ideas claras, conocimiento del sector y capaces de asumir el riesgo que conlleva iniciar una actividad empresarial. Hoy no es así. La mayoría de las consultas proviene de gente expulsada del mercado de trabajo o bien de  aquellos que aún no han podido acceder a él: jóvenes que ven pasar los años sin encontrar un empleo. En estos casos, el emprendimiento es su último recurso, son los desesperados.

Por parte del gobierno central y autonómico e incluso por algunos medios de comunicación, se está sobrevalorando la potencialidad del emprendimiento, es decir, parece ser que la única salida a la crisis es el autoempleo. El problema radica en que el pequeño emprendedor, por lo general, no dispone de fondos suficientes para crear empresas rentables a largo plazo. Apenas cuenta con unos mínimos recursos que obtiene de capitalizar el desempleo, de la familia o de pedir un préstamo al banco a un interés exagerado. Y los negocios que se crean son comercios minoristas, bares y algunos servicios que suelen depender del consumidor final que, a su vez, ha visto reducida su capacidad de gasto a causa de la crisis.  

La tarifa plana y las subvenciones pueden ser un cebo para el emprendedor desesperado. Cegado por las supuestas ventajas que tendrá para montar su empresa, se lanza al vacío sin evaluar los riesgos. De ahí la importancia de un asesoramiento profesional en el que, además de informarle de trámites y ayudas, se le advierta del peligro que supone arriesgar el poco patrimonio del que dispone. No hay nada peor que un emprendedor fracasado, en muy contadas ocasiones recupera la ilusión y lo intenta de nuevo. Sin embargo, si realmente tiene espíritu emprendedor, buscará otra idea empresarial más viable.
(Publicado en el Diario Jaén el 9/10/2013)