martes, 15 de octubre de 2013

Alcaudete Imaginado: La laguna Honda



Alcaudete Imaginado: La laguna Honda.

Como cada tarde aparcó el coche frente al edificio de la antigua estación de tren de Alcaudete. Cogió una mochila pequeña donde llevaba el agua y un libro. Emprendió el camino con escasa ilusión. Aquel día cumplía cuarenta años y se había prometido que sería la última vez. Era la fecha límite que se había marcado antes de desechar del todo aquella fantasía juvenil, impropia de su edad. Mientras avanzaba por la vía desprovista de raíles, una vía que ya no sentiría el temblor emocionado que provocaba el tren, de aquel amante embravecido que en otra época la acometía con pasión y que la hacía rugir cuando se adentraba en sus puentes, no podía evitar recordar los innumerables paseos, siempre inútiles, que la habían llevado otras tardes hasta la laguna. Se detenía ante ella y contemplaba el espectáculo del atardecer sobre las aguas mansas. El sol manchaba de rojo el horizonte, mientras que la maleza se reflejaba aumentada en aquel espejo quieto y oscuro. Los fines de semana la visitaba por la mañana, entonces le parecía menos peligrosa, de un azul plateado, reluciente como una novia a punto de ser desposada.

Una novia…, un marido, hijos… ¡Cuánto lo ansiaba! En sus primeros años de juventud no era consciente de esa necesidad. Desdeñaba a sus pretendientes, jugaba con la vida y amaba de forma casi insolente, egoísta, absurda. No quería compromisos, ni convertirse en la típica ama de casa, en la madre gritona, en la esposa cansada que nunca quiere hacer el amor. Sin embargo, los años pasaban inclementes, vio marcharse los treinta y, cuando su trabajo la llevó a Alcaudete, a la Vía Verde, a la laguna Honda, recordó a aquella anciana, allá en su pueblo del norte, que una noche al abrigo del fuego le echó las cartas: “Conocerás a tu hombre, el que te hará feliz y te dará dos hermosos hijos, en las vías muertas de un tren, frente a las aguas calmas de una laguna”

Ella creía haber olvidado estas palabras, hasta la tarde en la que, por primera vez, contempló la laguna Honda. Nunca había visto unas aguas más mansas, un azul más quieto y reparó en que aquella vía se podía calificar de muerta, pues por allí ya no pasaría ningún tren. A partir de entonces se obsesionó con el vaticinio de su vieja paisana, creyó que había llegado su momento, que allí encontraría al hombre de su vida, que solo era cuestión de esperar, de ser paciente y, sobre todo, acudir a aquel lugar el mayor número de veces posible. Fue así como se habituó a visitar la laguna cada día, a quedarse largos ratos apoyada en la barandilla de madera fabricada con los travesaños de la vía, pero mirando con el rabillo del ojo a las personas que caminaban por su lado. Sus sentidos se alertaban cuando veía pasar a un hombre solitario. Se preguntaba si aquel sería el padre de sus hijos, la persona que la amaría tal y como le había vaticinado la anciana. Los días, las semanas, los meses, los años pasaban y no sucedía nada. Ya llevaba más de tres en Alcaudete y desde hacía varios meses se había puesto como fecha límite el día de su cuarenta aniversario. Después, si nada ocurría, pediría el traslado para olvidar las tardes perdidas frente a la laguna.

Hoy era ese día. Los cuarenta años eran una pesada carga que entorpecía su caminar. Contempló los olivos, siempre verdes e impasibles, que parecían decirle adiós con sus ramas, agitadas por una suave brisa otoñal. Quisiera ser como ellos, tener hondas raíces que la fijaran a un lugar, pero sobre la mesa de su despacho ya tenía preparada la solicitud de traslado, en el banco no le pondrían problemas, les venía bien tener a alguien como ella, dispuesta a cubrir sustituciones en cualquier parte de España. Alguien sin cargas familiares, ni ataduras. Alguien libre como aquel viento que movía los olivos. Hoy aquí, mañana quién sabe.

Una profunda tristeza aplastaba sus hombros cuando llegó frente a la laguna. La tarde parecía desangrarse en la tierra roja que rodeaba el agua, en el agua misma, tintada por los rayos de un sol agonizante. Un pájaro levantó el vuelo y dibujó en el cielo un garabato negro. Entonces lo comprendió. No necesitaba un marido, ni siquiera hijos. Necesitaba encontrarse a sí misma, dejar de buscar fuera lo que tenía dentro y echar raíces, como los olivos, fuertes y profundas. Por primera vez contempló la laguna sin reservas. Hasta ahora solo había sido un medio y necesitaba que fuera un fin, un lugar seguro donde refugiarse.

Y fue justo ese día cuando lo conoció, justo en el instante en que había renunciado a él. Supo quién era, no le cupo la menor duda, cuando contempló sus ojos de un azul manso, como el de la laguna.
(Relato publicado en el Libro de Feria de Alcaudete 2013)

5 comentarios:

Miriam Martínez dijo...

Me encanta, no sobra ni falta una palabra. Felicidades.

José Antonio López Rastoll dijo...

Aparte de bien escrito, entraña una lección de vida. Dan ganas de pasear por esa laguna... interior.

Un abrazo.

Azpeitia Aleph dijo...

Interpretas, la difícil situación de quien a tomado una decisión en la vida y un día se encuentra en la encrucijada de la duda...Es un relato triste sobre la soledad...pero bella su forma de desarrollarla...me gusta...un abrazo desde azpeitia

Felisa Moreno dijo...

Gracias, Miriam, Jose Antonio y Azeitia, un fuerte abrazo.

Juanma dijo...

Este hermoso relato tiene muchas lecturas: la soledad, la búsqueda de uno mismo, el encontrarse, el encontrarse en los demás, en seguir tu camino que nunca sabes si es tuyo o el de otro. En definitiva el camino del a vida. Me ha gustado mucho.