martes, 3 de abril de 2012

Alcaudete Imaginado: La ermita de la Fuensanta

Os dejo mi colaboración con la revista municipal DeParEnPar, dentro de la sección Alcaudete Imaginado. En esta sección publico relatos ambientados en lugares emblemáticos de Alcaudete, en esta ocasión me he atrevido con la Ermita de la Virgen de la Fuensanta, un lugar de visita obligada para muchos alcaudetenses devotos de esta Virgen, patrona de la localidad.


La ermita de la Fuensanta


El anciano sube arrastrando los pies por el sendero amarillo de hormigón impreso, los años pesan sobre su espalda encorvada y la respiración se le hace cada vez más dificultosa. Aún faltaba media hora para su cita, pero se le antojaba tarde y temía no llegar a tiempo. Buscaba las raquíticas sombras de los árboles que escoltaban el camino, que aún eran escasas a finales de un mes de marzo especialmente caluroso.

Una cita con una mujer hermosa, qué más puede pedir un hombre a su edad, pasados los ochenta lo único que se aguarda es la muerte. De ahí el apresuramiento de sus pasos, la angustia que oprime su pecho hambriento de un oxígeno, que ni su boca ni su nariz pueden suministrarle con la suficiente abundancia ni rapidez.

Avanza unas decenas de metros más, sus ojos cansados ya le permiten divisar la blanca ermita, aunque sus contornos parecen ser elásticos y deformables en vez de eficaces líneas rectas. La torre de ventanas cuadradas se levanta orgullosa de su esbelta planta; la gran puerta de madera que sólo se abre en las grandes ocasiones, como la Velada, permanece cerrada, inmutable; la imagen de la Virgen impresa en los azulejos que decoran la fachada parece dar la bienvenida al paseante… La emoción le obliga a detenerse bajo una palmera y tomar asiento en un banco de hierro. El chillido de los pájaros sobre su cabeza le reafirma en la convicción de que aquello no es un sueño, que está allí, frente a la fuentecilla de piedra de la entrada, con el cuerpo cansado y el alma tan ligera como las palomas que sobrevuelan la escena. No se ve a nadie en toda la explanada, está solo. Con estudiada lentitud, como si gozara de la espera, saca del bolsillo la carta y la lee por enésima vez, cuando la recibió, nada más verla, reconoció la letra picuda del sobre. Nadie escribía la A de Antonio como ella, nadie más podía reflejar su amor en unos simples trazos. Dentro, apenas una cuartilla escrita sólo por una cara, suficiente para fijar una cita: “Si aún me quieres, te espero mañana a las cinco en la Ermita de la Fuensanta”. Siempre tuya, Carmela.

Si aún me quieres… ¿Cómo podía ni siquiera pensar que la había olvidado? Cincuenta años habían pasado, cincuenta penosos inviernos, cincuenta veranos vacíos; sin dejar de recordarla un solo día.

Nada más entrar le reconforta el frescor de la ermita. Pisa, indeciso, el suelo ajedrezado, la sensación de mareo se ha incrementado por el esfuerzo, los últimos metros se le habían hecho eternos. Avanza con paso vacilante por el pasillo central. Al fondo, justo en el primer banco, se distingue un bulto oscuro, quizás es ella. Desea verla, comprobar cómo la ha tratado la vida, ni siquiera sabe si podrá reconocerla.

Las vidrieras incrustadas en los muros filtran una luz azulada. Bajo ellas se sitúan faroles de forja, que destacan como negros pecados sobre unas paredes de blancura inmaculada.

¿Por qué se detiene hoy a mirar lo que le es tan familiar, a repasar cada objeto del templo, los sobrios bancos de madera, las plantas que siembran de verdor el silencio de la ermita, el confesionario, las cruces simétricas, las flores del altar, el manto nuevo de la Virgen, los arcos del techo…? Quizás para retrasar el encuentro, para encontrar las palabras que le permitan transmitir lo que ha sufrido por ella sin herirla. No, no quiera venganzas ni rencores, los años aplacan la furia, la trituran hasta dejarla hecha un puré apto para la boca sin dientes de un anciano como él.

Avanza decidido, en su memoria pervive la imagen de la mujer hermosa que le dejó plantado frente al altar cincuenta años antes. Llega a la altura del bulto oscuro que ha visto desde la entrada, decepcionado comprueba que no es ella, ni siquiera se trata de una mujer. Busca en su bolsillo la carta, quizás ha equivocado la hora, sólo encuentra la lista de la compra que confeccionó por la mañana. Levanta la vista hacia el altar, como otras veces, sorprende una lágrima en el rostro de la Virgen, que llora con él.











 

4 comentarios:

Juanma dijo...

Sencillamente maravilloso. Te felicito, Felisa por este estupendo relato.

Juji dijo...

Se echaban de menos. Un bellísimo relato.
Un abrazo.

Felisa Moreno dijo...

Gracias Juanma y Juji, me alegra mucho que os haya gustado, aunque no viváis en Alcaudete, estos relatos suelen gustar más en mi pueblo porque la gente reconoce los lugares donde se desarrollan. Un abrazo.

Antonio Gómez dijo...

Triste y bello cuento sobre lo que perdemos y no volveremos a recuperar. Está muy bien narrado y tiene el valor añadido de estar localizado en nuestra tierra. La vigencia de los recuerdos nos da fuerza para vivir con intensidad la vida. Paradójicamente tal vez la lágrima de la Virgen sea el únco atisbo de esperanza.