lunes, 15 de enero de 2018

Alcaudete Imaginado: El Arco de la Villa

Alcaudete imaginado: El Arco de la Villa

Antes de esa noche, Elena pasaba todos los días con su Ibiza bajo el Arco de la Villa sin prestarle demasiada atención. No reparaba en su belleza, ni en la antigüedad de las piedras que lo componían. Permanecía allí desde siempre, recortando la calle General Baena con el Castillo al fondo o la casa de balcones amarillos de la Plaza 28 de Febrero, según desde donde se mirara. Alguna vez había escuchado que era la puerta de entrada al recinto amurallado de la antigua ciudad medieval.
La noche en cuestión era sábado y el reloj del Ayuntamiento marcaba las doce. Tras la cena de Navidad con los compañeros de trabajo, su coche se había quedado parado justo debajo del Arco. Por más que lo intentó, no consiguió que arrancara. Llamó a la puerta del edificio de la policía municipal, que estaba justo al lado, pero no recibió respuesta. Regresó al bar en busca de ayuda, ya habían echado el cierre y no quiso molestar. La plaza estaba desierta, en el mes de enero las puertas se cierran y la gente disfruta del calor de sus casas, al abrigo de los problemas ajenos. Buscó el teléfono móvil en su bolso, y maldijo entre dientes cuando comprobó que estaba sin batería. No podía avisar a su marido, ni a la grúa. Decidió esperar a que apareciera otro coche, no dudaría en prestarle ayuda, pues estaba obstruyendo la calle. Se metió dentro del vehículo y se arrebujó en el abrigo. A pesar del frío, el cansancio acumulado durante la jornada hizo que se quedara dormida.
La despertó el sonido de un claxon, provenía de un sedán negro de alta gama. Elena salió y se acercó a la ventanilla de cristales tintados. La golpeó con cierta delicadeza. En un primer momento no obtuvo respuesta. Como si el conductor del coche dudara qué hacer. Por fin, el cristal bajó y la mujer pudo verlo. Dio un respingo cuando comprobó que el hombre que estaba al volante llevaba un traje de caballero medieval y una máscara que le ocultaba casi todo el rostro. Solo dejaba a la vista unos labios gruesos y una barba bien recortada. Le pidió, casi le ordenó, que subiera a su coche. Ella lo pensó un instante, apenas unos segundos, y obedeció. Sintió una atracción tan fuerte que hacía que todo aquello le pareciera lógico. Por eso, no le extrañó que el sedán pasara bajo el Arco de la Villa atravesando su Ibiza, como si estuviera fabricado con aire. Ni que iniciara la empinada cuesta que llevaba al Castillo. Tampoco consideró raro que aquel tipo la ayudara a bajar y le pidiera que la acompañara a la torre del homenaje. Notó que le costaba andar, que algo trababa sus pies. Miró hacia abajo y en vez de su minifalda de lentejuelas encontró un vestido de raso verde que le llegaba hasta los tobillos. Aquello no podía estar pasando. El vino de la cena la había afectado y estaba teniendo visiones. Si solo había tomado cerveza sin alcohol… Entonces es un hermoso sueño, pensó, y se dispuso a disfrutarlo. Le quitó la máscara al hombre y descubrió unos inquietantes ojos verdes, una nariz recta, una frente despejada. Sintió deseos de besarle y así lo hizo. Era su sueño, luego no tendría que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su marido. El caballero la cogió en brazos y la llevó hasta su alcoba. Lo que sucedió después ella no logra visualizarlo con claridad, pero se estremece cada vez que lo recuerda. Hay sueños que parecen tan reales…
Cuando despertó seguía dentro de su Ibiza, un policía municipal trataba de llamar su atención golpeando los cristales, desde fuera no podía ver nada, pues estaban empañados. Elena le explicó lo que había pasado, probó a arrancar el coche para demostrarle que estaba averiado, pero el motor se puso en marcha al primer intento. Ella enrojeció, la tomarían por una estúpida. Metió la marcha y se dirigió a su casa. Lo que no te pase a ti, le dijo su marido en tono burlón cuando le contó lo sucedido,  y regresó a la cama. Ella se quedó levantada, no tenía sueño. Además, recordaba al caballero y echaba de menos sus caricias, ¿y si su marido notaba algo? Qué tontería, pensó, solo ha sido un sueño. Decidió olvidarse de todo, buscó el móvil en el bolso para ponerlo a cargar y al sacarlo, un pequeño sobre de color sepia cayó al suelo. Lo abrió, dentro había una tarjeta escrita con letra primorosa:
Pasaré a recogerte el próximo sábado,
 bajo el arco, a la misma hora.