lunes, 8 de enero de 2018

Alcaudete Imaginado: Fiestas Calatravas


ALCAUDETE IMAGINADO: FIESTAS CALATRAVAS

Elena había elegido un bonito vestido para la ocasión, túnica roja sobre camisa blanca, bien ceñido a la cintura, y había recogido su pelo en un moño de manera que sólo algunos mechones perfilaran su rostro. Retocó el rouge de los labios y estudió el maquillaje. Impecable. Lanzó una mirada apreciativa a sus sandalias doradas de tacón alto, quería estar perfecta para él. La larga espera por fin llegaba a su fin, había transcurrido más de un año desde la última vez que lo vio.
Fue en el segundo fin de semana de 2011, Alcaudete celebraba sus Fiestas Calatravas y ella fue hasta allí de pura casualidad, a instancias de una amiga. Nada más llegar,  Elena se sintió sugestionada por la música y la algarabía que llenaba las calles, cientos de personas vestían trajes medievales y exhibían sus ganas de diversión en un pasacalle multicolor. Siguió la marcha del cortejo hasta llegar a una bonita plaza, pasaron bajo un arco y, a partir de ese momento, tuvo la sensación de entrar en un universo paralelo. Una especie de neblina invisible, pero perceptible a su sexto sentido, envolvía a la multitud y la sumergía en un pasado tan oscuro como atrayente.
Pronto, su amiga desapareció de la mano de un chico moreno muy atractivo que lucía una hermosa capa blanca con la cruz roja de Calatrava. Elena se dejó llevar por la inercia que marcaba el gentío. Sus ojos se llenaron con las mercancías que se exhibían en los puestos: pulseras, anillos, jabones, hierbas medicinales, repostería, juguetes de madera… De pronto se encontró de frente con un hombre, un empujón por detrás la había llevado a sus brazos, cuando levantó la vista, se encontró con los ojos más azules que había visto en su vida. El rubor subió a su rostro y necesitó unos segundos para recomponer su ánimo y disculparse.
No os disculpéis, bella dama, fue culpa mía.
Elena lo miró asombrada, cierto era que iba vestido con traje medieval, cota de malla y espada a la cintura, y que en su rostro lucía una poblada barba, pero eso no significaba que tuviera que expresarse de aquella anticuada manera.
No deberíais andar sola por estos lares, hay demasiados rufianes al acecho. Permitid que os acompañe.
Quizás se trataba de una broma y que el chico sólo fuera un actor contratado por los organizadores de las fiestas. Sin embargo, había algo en él que le hacía auténtico. La forma de moverse, de mirar, de reir,..

Elena se dejó llevar por aquel extraño hombre, caminaron juntos entre la multitud, que parecía apartarse a su paso. La cogió de la mano y subieron hasta el Castillo. La condujo a una sala amplia y le pidió que se cambiara de ropa, para ello le ofreció los vestidos que a tal efecto estaban colocados en una percha. Había más gente allí, parecían personas normales que se afanaban en colocarse los trajes medievales sobre su ropa de calle y reían divertidos por la situación. Luego, todos se dirigieron hacia otra sala de techos ovalados donde había dispuesta una mesa repleta de manjares. La cena era real, el barco construido con melón y jamón podía comerse, como la morcilla, el queso, las uvas y el resto de los apetitosos alimentos que componían el menú. Sin embargo, la situación era irreal y Elena lo sabía, aquel hombre que la miraba con unos turbadores ojos garzos no era de su época.
Cuando terminaron la cena, dieron un paseo por la fortaleza, hasta que, finalmente, subieron a la torre. Todo parecía estar abierto para él, nadie detenía su paso, como si fuera invisible o…,  el dueño del castillo.
A Elena eso no le importaba, ella tenía la consistencia de su mano, el calor de su pecho, notaba la fuerza de su abrazo y el dulzor de sus labios.  Se besaron con la ciudad a sus pies, el viento despeinaba sus cabellos, pero ella ni siquiera lo notaba.

Ahora, en la habitación del hotel, Elena rememora esa noche y se pregunta si todo aquello no fue más que un sueño. El último año ha vivido alimentada por una promesa, la promesa de alguien que ni siquiera sabe si es real o una ilusión. Con el alma en vilo, sale a la calle, el ruido la envuelve, se dirige al lugar de su cita, junto a la iglesia, aparezca su caballero o no, se siente afortunada, durante un año ha saboreado el placer de la espera.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo he visto todo como si hubiera estado ahí... gracias! Me encanta!