miércoles, 18 de agosto de 2010

Lisboa me llamó.

Hay ciudades que te llaman, que te atraen sin saber muy bien el motivo. Algo así me pasaba con Lisboa, tenía el deseo, casi la necesidad de conocerla. No me ha defraudado. Me he quedado prendada de su luz, de sus tejados rojos, de cierto aire de decadencia mezclado con suspiros de modernidad, de su vino verde y del bacalao cocinado de mil formas distintas.
No sé si a través de mis fotos y mis palabras podré transmitir lo vivido: las risas, el asombro, la admiración, el deleite, el cansancio placentero... Voy a intentarlo.

Aquí los cuatro intrépitos viajeros, mi hermana Lola, mi cuñado Javi, mi marido y yo en un mirador cerca del Castillo de San Jorge. Nos encontramos con unas chicas catalanas, nos pidieron que les hiciéramos una foto, a cambio obtuvimos esta única imagen en la que aparecemos los cuatro. No fueron los únicos españoles que vimos, a veces dudaba de estar en Portugal, sólo oía hablar en castellano.

Las hermanas Sisters, denominación acuñada por mi marido y fotografía de pareja repetida hasta la saciedad. Hacía tiempo que no viajábamos juntas y aprovechamos cualquier ocasión para hacernos unas fotos. A mi hermanilla Lola la quiero mucho, casi como si fuera mi otra hija. Por cierto, el hotel lo pillamos de oferta, que la literatura no da para un cinco estrellas, ni mi sueldo tampoco.


Muy cerca de una plaza magnífica y muy cuidada, creo que la de Marquês de Pombal, nos encontramos con esta calle, me encantó el aire de decadencia que exhalaban sus balcones y buhardillas. He elegido esta foto porque las otras, las de plazas y monumentos, se pueden encontrar en cualquier página de internet.


Esta foto un tanto fantasmagórica, lo digo por la palidez de nuestros rostros, está hecha en el famoso café Nicola, uno de los establecimientos con más solera de la plaza del Rossio.


Subiendo hacia el Castillo de San Jorge, aviso a navegantes, las calles son muy empinadas y las aceras están revestidas de piedrecitas, mejor olvidarse de los tacones de aguja, y en general de cualquier zapato que no lleve una suela gruesa y sea plano. Las piedras se clavan en los pies hasta convertirse en una tortura, menos mal que me lo habían advertido. Aún así, el primer día lo pasé mal.

Curioso urinario, espero que ya no se utilice, detrás del biombo metálico no hay unos aseos, como se podría esperar. Simplemente una pared, un tanto desvaída, supongo que por las micciones del género masculino, no está pensado para mujeres.


¿Hay algo más hermoso que un pavo real? Estaba tan quieto que llegamos a pensar que era una imagen pegada a la ventana. Giró la cabeza con gracia para mostrarnos que estaba vivo. En el castillo se movían con soltura pavos reales y gatos, en una curiosa hermandad, sin hacer mucho aprecio de los turistas.



Una estatua un poco descocada, intenté emularla, pero mi marido me detuvo a tiempo. Al final quedó esta foto, creo que simpática.



La ciudad vista desde las almenas. El Tajo casi es mar. Mis ojos no soportan tanta belleza. Los cierro, los abro, los tejados siguen allí y, sí, estoy en Lisboa. Un instante mágico.

Manuel, mi marido, con la equipación completa de turista: gafas de sol, plano, bolso... Ah, le falta la cámara. Claro la llevaba yo para hacerle la foto.


Como se puso muy pesado con lo de las hermanas Sisters, acabé encerrándolo en esta típica cabina telefónica.


Al salir del castillo este joven nos deleitaba con unas canciones de rock, me pareció curioso el contraste: San Jorge y el músico callejero. Supongo que acabarían siendo amigos, tocaba bastante bien.



Iniciamos el descenso, cómo no, en tranvía, que fue el medio que utilizamos para subir. Son reliquias que se mueven entre calles estrechas y pendientes de vértigo. Al subir a ellos entras en otra época, si no fuera por las maquinitas de fichar la tarjeta...

6 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

No me extraña que te guste Lisboa. Yo he he estado tres veces y no me canso, es preciosa. Además se come estupendamente, también soy partidario del bacalao y en vino verde. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Preciosa la ciudad blanca. Un lugar al que merece la pena volver, y donde se despiertan viejos sentimientos. Bonitas fotos.
Un abrazo.

Alma Inquieta dijo...

Que pena que nos has venido a Porto..., acá sí..., se come muy bien...!!!

La plaza es "Marquês de Pombal"...

Cuanto más para norte..., mejor se come... y el vino verde... no es de Lisboa...
En Lisboa no hay vino..., todo el vino verde se cultiva en el norte del país...

Te invito a que visites esta zona tan bonita... el norte...

Un beso.

Felisa Moreno dijo...

Hola Paco, yo estoy segura que voy a repetir, la próxima vez me llevaré a mis hijos, seguró que disfrutarán con el tranvía. Un beso.

Sí, tienes razón José Miguel, es una ciudad propicia para dejar fluir los sentimientos. Un abrazo.

Gracias por las advertencias Alma Inquieta, ahora mismo cambio lo de la plaza, y tomará en cuenta tus consejos sobre visita el norte. Un abrazo.

Francesc Cornadó dijo...

Cuando una ciudad, con su urbanismo, da muestras de una decadencia preñada de vida es que esta ciudad ha llegado a un grado notable de sabiduría, si a esto añades las dosis precisas de modernidad, entonces te encuentras con la más alambicada forma de vivir en comunidad.

El bacalao es una razón para vivir.

Saludos

Francesc Cornadó

Lola Moreno dijo...

La verdad es que tenemos que repetir. Aunque sea un fin de semana como ahora
Besos