martes, 10 de agosto de 2010

Trece cuentos inquietantes: El prólogo.

En Madrid, cuando nos conocimos personalmente.

Tengo suerte de contar con amigos que me escriben prólogos preciosos para mis libros. El año pasado, Ramón Alcaraz, me dedicó unas hermosas palabras que precedían a mi novela "La asesina de los ojos bondadosos". En esta ocasión ha sido Luis Conde-Salazar el encargado de prologar estos Trece cuentos inquietantes. No sé si soy merecedora de este texto, si mi literatura no llegará a defraudar después de tantos halagos, aún así, me arriesgo a mostrarlo porque me gusta compartir las cosas buenas. Espero que os guste tanto como a mí, y que os den ganillas de leer los cuentos.

PRÓLOGO:

El genial socarrón hondureño Augusto Monterroso, autor del cuento más corto del mundo -ese de un dinosaurio que cuando despertó todavía seguía allí-, decía en el punto noveno de los doce (sí, doce) que componen su Decálogo del escritor: “Cree en ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”.
Hace ya una eternidad, por lo menos un año desde este de 2010 que nos pesa, que tuve la suerte de toparme en el camino de la vida con Felisa Moreno, por esas sorpresas agradables que a veces, casi ninguna, te ofrecen las redes sociales. Tras un tanteo mutuo, necesario, para ver por dónde soplábamos ambos, empezamos a hablar -a chatear, o charlotear, o conversar, como quieran- de eso que nos apasiona llamado Literatura. Supo que yo había ejercido (la crítica) y que acababa de publicar un libro de esos de gran formato, un ensayo histórico de los que encanecen el pelo y hacen brotar la presbicia. Me pidió, así, con una humildad exacerbante, si sería tan amable de leer su novela, su primera publicada, La asesina de los ojos bondadosos. Accedí, así como cosa entre profesionales de este oficio de darle a la tecla y vivir en un constante pasar página, aunque ella no se reconociera como tal, error por su parte. Eran los comienzos, diré como disculpa.
Mis peores temores se confirmaron. Comenzaba la obra con una incursión en el mundo del periodismo escrito con no demasiada, digamos, fortuna. Pero me había comprometido y suelo cumplir, así que seguí adelante. Según finalizaba la trama, la mise en scène de redacciones en las que habitan becarias arrinconadas por su falta de proporciones “conejito Playboy”, y comenzaba el nudo, la chicha del asunto, me sorprendió, en gran medida, el hecho de que apenas tuviera que realizar esfuerzo alguno para visualizar los escenarios en los que se desarrollaba una trama construida con una soltura impropia de novel, casi cinematográfica. No cabía duda de que aquel “thriller rural” tenía marcado el intangible pero inconfundible sello del talento. Cayó en una tarde, y eso que no llovía, ni era domingo.
Por entonces estaba yo involucrado en la redacción de un reportaje sobre agricultura ecológica y se me vino a la cabeza que Felisa me devolviera el favor de ese supuesto esfuerzo -que en realidad no fue- y le pedí que me mandara unas líneas sobre los olivares que le son tan propios y tan cercanos como que vive entre ellos allá por Alcaudete, provincia de Jaén, nada menos. Escribió un texto precioso que no dudé en incluir citándola como escritora. Lo era. Lo es. A pesar de las dudas con las que una y otra vez me castiga. Cada vez que duda la hago creer. Cada vez que cree, la hago dudar. Siento que me he convertido en un agente de Monterroso con misión en Alcaudete. Le mandé la revista que incluía mi reportaje y sus palabras con una nota manuscrita en negro sobre rojo y con forma de espiral, como un caligrama de Guillaume Apollinaire. En ella le decía algo así, no recuerdo ya, como que escribiera y escribiera y escribiera... ¡Vaya, otra vez Monterroso! Esta vez en el primer mandamiento de su decálogo de doce puntos: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”. Pero eso no pasó debido, entre otras cosas, a que ya estaba pasando, desde que esta lectora empedernida y exigente saltara a la arena de la escritura, cuatro años atrás, efusiva, feraz, valiente.
Desde entonces y hasta ahora han caído por mis manos muchas, muchísimas páginas salidas de la vibrante fantasía de Felisa. Pero ya no es ella quien me pide que los lea si no yo quien pide leerlos. En cierto sentido, tal vez en el más amplio, me gusta ser el primero en disfrutarlos, antes que nadie. Esa exclusividad no durará mucho, lo sé, pero mientras ocurre, que ocurra. El motivo no es otro que el de la evasión. Sencillamente: me gustan sus relatos, siempre atmosferizados en lo cotidiano, sujetos a esas relaciones pequeñas, sutiles y extrañas que se producen entre personas cuya normalidad vital se confunde con la anormalidad que habita en la parte secreta, arcana, de nuestro subconsciente, como las de Los amores difíciles de Italo Calvino, aunque ella no lo sepa. Los juegos sutiles de las miradas, el tacto de las manos rozándose con mesura mientras llegan pensamientos turbios, a veces malévolos, otros libidinosos. Como los diálogos entre dos interlocutores de las novelitas de Javier Tomeo (La agonía de Proserpina, El cazador de elefantes...), aunque ella lo desconozca. A menudo salpicadas de artefactos capaces de modificar el espacio y el tiempo, a la manera de La hierba Roja de Boris Vian, aunque ella lo ignore.
En sus relatos, algunos tan breves como el placer, Felisa Moreno se deja llevar por lo real-cotidiano para modificarlo no ya su antojo, si no más bien al del lector, al de aquel que busca desenlaces que no estén en su guión de lectura, capaces de sorprender, de hacer sentir un cosquilleo por la médula, de electrificar el vello corporal hasta convertirlo casi en pluma.
Cuentos inquietantes, trece, como no podía ser de otra manera, recopilación de escritos mayores, menores y recién nacidos, almacena en sus páginas a personajes cautivos de la inmovilidad en espacios agobiantes en los que una mancha en la pared o un simple cajón son ya excusas perfectas para una trama perfectamente encajada y un desenlace incierto (La piel de la serpiente, El número cuatro); seres que se mueven por la montaña de la vida como un Sísifo condenado a subir a su espalda una enorme piedra que, una vez en la cima, vuelve a rodar hacia la base (Historias truncadas); parejas imposibles que transitan por el yugo de un matrimonio demencial (La habitación de pensar, Las hermanas, El misterio de mi boda); intrahistorias literarias (El libro); chismes que modifican la voluntad de quien los posee o los usa (Cuando Elena dejó de ser vaca, El sueño dorado, El teléfono móvil, El tiempo detenido, El despertador de colores); apariciones espectrales (El motorista)...
Pasen y lean. Disfrútenlos como yo hice. Y duerman tranquilos que esto es ficción. ¿O no...?

Luis Conde-Salazar Infiesta
Periodista, escritor, guionista
Madrid, 2010

4 comentarios:

Maribel Pont dijo...

Felisa debes estar más que orgullosa con este pedazo de prólogo. Te doy mi más sincera enhorabuena, y estoy segura de que este libro será todo un éxito (yo quiero uno). Un saludo y un abrazo muyyyy fuerte!!

El Desván de la Memoria dijo...

Qué ilusión ver ya la portada y el prólogo. Qué buenos recuerdos ha traído a mi memoria de la presentación de la novela, y que este "nacimiento" literario nos permita reencontrarnos pronto.
Un abrazo,
Ramón Alcaraz

B. Miosi dijo...

Felisa,
Tengo la sensación de encontrarme frente a una escritora de gran talento y de mucho futuro. Espero de todo corazón que tu nuevo libro TRECE CUENTOS INQUIETANTES, sea todo un éxito, y me quito el sombrero ante el tremendo prólogo, toda una crónica de tus comienzos y de la visión que él tiene de tu trabajo como escritora.

Un gran abrazo,
Blanca

xumeiqing dijo...

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