lunes, 17 de mayo de 2010

Una idea absurda: Capítulo 5


La Rata no esperó la respuesta de Tristana, se metió en su casa, invadió su hogar con total desparpajo. Tomó asiento en el sofá, e indicó con un gesto a la peluquera que se sentara a su lado. Sus ojillos grises recorrían ávidos la habitación, parecía calibrar el valor de cada uno de los objetos que allí había, incluso olfateó el ambiente. Quizás por eso le habían puesto Rata, pensó Tristana, por su manía de estar siempre olisqueándolo todo.
―¿Qué quieres? No pienso darte más dinero.
―Te he dicho antes que era gratis, ¿recuerdas?, no sé por qué te pones tan agresiva conmigo, guapa, sólo te he dado lo que tú me has pedido.
―¿Qué tienes con Dolores? Te oí discutir con ella...
―Es mala, ya te avisé, no deberías escucharla. A veces pienso que te falta un tornillo, o que eres una estúpida, se lo está montando con tu marido y tú vas a su casa a escuchar sus mentiras. ¿Qué esperas que te cuente?, ¿la verdad?
―¿Qué sabes tú de mi marido?
―Lo he visto salir de tu casa, es el mismo hombre que vi entrar en la casa de Dolores hace unos días.
Tristana bajó la cabeza avergonzada. En las últimas semanas no había dado muestras de inteligencia precisamente. Quizás Tea llevara razón, había caído en la trampa de la viuda, en sus cantos de sirena. Cuando se lo proponía podía ser una mujer persuasiva, más de una vez le había hablado su marido de la buena mano que tenía con los clientes, incluso con los más difíciles de contentar.
―Oye, no te voy a cobrar nada, pero tengo hambre, ¿me podrías preparar un bocadillo de jamón? Son mis favoritos, pero odio manejar los cuchillos, y no me gusta el envasado, seguro que tú tienes una hermosa pierna en esa cocina ¿no?
―Sí, pero...
―¿No me invitarás ni a un bocadillo? Te aseguro que mi información vale mucho más.
―Bueno, espera un momento. O mejor, acompáñame si quieres―temía dejarla a solas en su salón.
La Rata se levantó, a Tristana le pareció ver un brillo de triunfo en su mirada, quizás sólo era producto de su avidez. Se adentró en la cocina seguida de Tea, cortó el jamón en finas lonchas, bajo la atenta mirada de la Rata, que de vez en cuando se mojaba los labios con la lengua, anticipando el placer que le depararía devorar aquel manjar. Una vez terminó de cortar, limpió la hoja del afilado cuchillo y lo dejó bajo el paño que cubría el jamonero. Abrió el pan, le puso un poco de aceite, introdujo las lonchas, lo colocó sobre un plato y se lo ofreció a la soplona malcarada.
Ésta lo miró satisfecha y se dirigió de nuevo al salón, se acomodó en el sofá y le pidió a Tristana que se sentara frente a ella, entre bocado y bocado, empezó a relatar su historia.
―No sé que te diría la viuda alegre el otro día, pero te aseguro que es mentira.
―Me dio una versión diferente a la tuya, pero coincidía en lo básico, Estela no es su hija, sino su sobrina.
―¿Y te habló de la relación que mantenía su marido con ella? Sí, no me mires así. Tomás estaba enamorado de Estela desde hacía meses, y la chica le correspondía. Al principio pudieron ocultar su relación, pero pronto Dolores empezó a sospechar. Hasta que un día discutieron y Estela amenazó con irse y llevarse a Tomás, lejos de allí, lejos de su madrastra que tan mal se había portado con ella, a pesar de ser también su tía.
―No puedo creerlo, estás mintiendo, Tomás podría haber sido el padre de Estela...
―¿Y qué? El amor no tiene edad, ni la jodienda tampoco. Una chica como Estela disponía de suficientes armas de mujer para engatusar a un cuarentón, vamos que se lo llevó al huerto, que fue ella quien lo sedujo a él. Al principio, según me confesó la propia Estela, lo hizo por fastidiar a Dolores, pero después acabó enamorándose de Tomás, quizás buscaba en él la figura del padre perdido en el accidente de avión. Al menos mi siquiatra, si lo tuviera, diría eso, jejeje...
―No sé, no puedo creerte, Dolores aún es joven y atractiva y, según mi marido, Tomás la quería mucho.
―Creo que tu ingenuidad traspasa todos los límites conocidos, Estela era más joven y más complaciente, no ponía ninguna traba en el sexo, ninguna, ¿entiendes?
―¿Cómo puedes saber tanto sobre eso?
―Estela visitaba a mi madre, solía ir por mi casa para que le echara las cartas, le contaba sus cosas, recibía sabios consejos, mi progenitora sabe mucho sobre lo que hay que hacer para conquistar a un hombre, no en vano ha dedicado gran parte de su vida a proporcionarles placer.
Tea calló un momento y acometió con más brío el bocadillo de jamón; Tristana desvió la vista, no era un espectáculo agradable verla masticar. No comprendía como una mujer que se expresaba con desenvoltura, incluso con cierta propiedad, tuviera unos modales tan brutales, masticaba con la boca abierta, y ya había eructado en un par de ocasiones.
―Voy a por un vaso de agua. No, no te molestes, ya he visto donde están, espérame aquí.
Al levantarse la Rata, Tristana reparó en que llevaba un gran bolso de tela colgado, que no se había quitado en ningún momento desde que llegó a su casa. Por un momento temió que pudiera robarle algo, pero en la cocina no había nada de valor, así que se tranquilizó y esperó sentada su regreso, en su cabeza daban vueltas las palabras de Tea, que enredaban aún más la historia de la viuda.

―Ummm, un bocadillo delicioso, espero que me invites otro día. En fin, ahora viene lo más interesante de la historia: el día del accidente.
―¿Qué accidente?
―El de Tomás y Estela, cuál va a ser. Ese día la chica cumplía dieciocho años, ya era mayor de edad, llevaban tiempo planeando su huida. Tomás había solicitado el traslado a otra ciudad sin que lo supiera Dolores, incluso habían alquilado un piso allí, todo preparado para iniciar una nueva vida al lado de su hijastra, de piel más tersa y costumbres más disipadas en la cama. El hombre nunca había disfrutado tanto, no podía vivir sin las caricias que mi madre enseño a Estela.
―¿Y Dolores no sabía nada?
―Sí, ya te dije antes que discutió con Estela, pero finalmente decidieron pedir perdón los dos y hacer como que se arrepentían, para ganar tiempo, hasta que Estela cumpliera los dieciocho. Dolores, que no es tonta, siempre sospechó que seguían juntos, por eso hizo lo que hizo.
―¿Qué hizo? ―gritó Tristana, que empezaba a desesperar con los rodeos que daba la Rata.
―Provocó el accidente de coche, en el que murieron los dos.

¿Dolores una asesina?, no, no podía ser. Aunque aquella mujer le desagradaba en extremo no podía imaginarla planeando la muerte de su sobrina y su marido como si tal cosa. Claro que los celos pueden cegar a la gente.
―No, no te creo―dijo por fin Tristana―¿Cómo pudo hacerlo?, ¿acaso ella sabe de mecánica?
―Claro que sí, ¿no te dijo el otro día que su ex marido tenía un taller de coches y que a veces le echaba una mano?
―¿Por qué me cuentas esto?, ¿por qué no se lo has dicho a la policía?
―No tengo pruebas, eso responde a tu segunda pregunta. La primera está clara, temo que esté pensando en acabar contigo, quería avisarte.
Tristana se quedó mirándola con la boca abierta, nunca se le hubiera ocurrido que su vida estuviera en peligro. Un escalofrío recorrió su espalda. Frente a ella, Tea sonría, en apariencia complacida por el efecto que habían tenido sus palabras.

―Debes alejarte de ella y recuperar a tu marido.
―No nombres a mi marido, y déjame en paz.
La peluquera se quedó callada, unas lágrimas se escaparon de sus ojos y notó que le quemaban las mejillas, las enjugó de un manotazo, pero otras las sustituyeron, al final rompió en sollozos. La Rata trató de consolarla, incluso le acarició el pelo e intentó abrazarla, Tristana la rechazó, había algo en aquella muchacha que la repelía, era algo que iba más allá de su grotesco aspecto exterior.
―Ven esta tarde a mi casa, a las cinco en punto, mi madre puede ayudarte.
―No creo en hechiceras, ni en sus pócimas milagrosas.
―Deberías acudir a la cita que he reservado para ti y escuchar sus consejos, a Estela le funcionaron muy bien.

Tea se fue, dejando a Tristana envuelta en una espiral de dudas. En poco tiempo su vida había dado un giro radical, la apacible existencia que llevaba junto a su marido peligraba, como un niño pequeño al borde de un abismo. Dolores era la culpable. Ya no le cabía duda de que existía algo entre su marido y la viuda, incluso antes de que ella le hiciera aquella absurda propuesta.
Apenas comió, no podía tragar bocado. Se pasó horas mirando una fotografía antigua, en ella, Juan la abrazaba por detrás, sujetaba sus brazos y apoyaba la barbilla sobre su hombro. Los dos sonreían, al fondo un mar azul rubricaba su felicidad. A pesar de los años transcurridos, recordaba aquel momento con nitidez, fue el día que le pidió en matrimonio, la foto la hizo un turista extranjero que pasaba por allí.
Tomó una decisión, aún con miedo a equivocarse, consultó su reloj, aún le daba tiempo de llegar a la hora indicada, cogió el bolso y, sin mirarse al espejo ni retocar el peinado, se lanzó a la calle, llena de dudas sobre lo que esperaba encontrar en aquella casa.

Esta vez no se dejó impresionar por el decorado, fue la madre de Tea la que la dejó con la boca abierta. Esperaba encontrarse a una anciana decrépita, fea y roñosa como la hija, con alguna verruga sobre una nariz enorme, el prototipo de bruja mala de los cuentos. Sin embargo, se hallaba frente a una mujer madura, dotada de una belleza dulce, angelical. Los ojos muy azules y el pelo casi albino que le caía lacio sobre los hombros, la podrían hacer pasar por una turista nórdica, ya entradita en años.
―Tea no es mi hija―dijo, parecía divertida por mi asombro―la adopté cuando su madre murió, trabajábamos juntas en un bar de copas.
―No sé que hago aquí―dijo por fin Tristana, una vez repuesta de su asombro―Tea insistió, yo no quería venir, no creo en estas cosas…
―¿Estás dispuesta a perdonar a tu marido? Eso es lo primero que debo saber―dijo la vidente sin hacer caso al comentario de Tristana.
―No sé si en mi corazón hay sitio para el perdón, estoy muy enamorada y quiero recuperarlo, supongo que con el tiempo olvidaré lo que me ha hecho.
―Es más fácil perdonar que olvidar, y no hay perdón verdadero si no se olvida la ofensa.
―Supongo que sí, además no tengo pruebas de que me esté engañando con esa mujer, sólo sé que ha estado en su casa y que me lo ha ocultado, nada más. A veces pienso que me estoy montando una película en la cabeza, que todo esto no está pasando realmente, que un día me despertaré y todo será como antes.
―Puedo ayudarte para que sea así. He preparado algo para ti, Tea me avisó de que vendrías, me contó tu historia.
La vidente le mostró un frasco de reducido tamaño, dentro del cual un líquido de color púrpura se agitaba a un ritmo frenético, sin que la mujer moviera la mano. De pronto se detuvo y cambió de color, ahora era rojo. Tristana supuso que se trataba de un truco, muy bien ejecutado, eso sí.
―Pondrás unas gotas de este elixir en sus comidas durante una semana, no debes dejar pasar ni un solo día sin hacerlo, ¿entendido? Bien, además le pedirás perdón por tu actitud en estos días pasados, te mostrarás cariñosa y sumisa, debe confiar en ti de nuevo. Poco a poco olvidará a Dolores.
―Pero… son compañeros de trabajo, se ven todos los días.
―Cuando se tome esto sólo te verá a ti como mujer, el resto no le interesará lo más mínimo.

Tristana cogió el frasco, la madre de Tea extendió su mano y murmuró “son cincuenta euros”, la peluquera pensó, con ironía, que aquella familia no se movía por menos de las cinco decenas. Buscó en la cartera y le entregó un billete nuevo, recién salido del cajero. Una amplia sonrisa iluminó la cara un tanto marchita de la mujer, lo guardó en el bolsillo de su túnica y la acompañó hasta la puerta.
El sonido de su teléfono móvil la alarmó, abrió el bolso y rebuscó hasta dar con él, un mensaje: “Tristana, no quiero engañarte más, ven a mi casa ahora y te contaré mi relación con tu marido”
Tristana no podía creer lo que estaba leyendo, miró el frasquito que aún llevaba en las manos y le pareció el objeto más inútil del mundo. Dolores acababa de confirmar sus peores presagios. ¿Y ahora qué? Ir a su casa a que la humillara o quedarse a esperar que fuera el propio Juan quien le contara la historia.
¿Y si era realmente una asesina y sólo quería tenderle una trampa? No, no creía las palabras de Tea, en su mundo, en su pequeño universo no había asesinos ni muertos, eso eran cosas de las películas. La Rata había tratado de asustarla, casi llegó a conseguirlo.
Nunca se había considerado una persona cobarde, y mucho menos lo iba a ser ahora, iría a casa de la viuda, cuanto antes supiera toda la verdad mucho mejor, no pensaba utilizar ninguna pócima para atraer a su marido, si no quería estar con ella no lo obligaría, aún le quedaba una pizca de orgullo.
Llegó sudando a la casa de Dolores, tocó varias veces en el portero automático pero nadie le abrió, reparó en que la puerta se hallaba semiabierta, se adentró en el portal y subió las escaleras de dos en dos. La viuda debía estar en su casa, apenas hacía quince minutos que había recibido el mensaje.
Al llegar al rellano le extrañó que la puerta de acceso a la vivienda estuviera entornada. Llamó al timbre un par de veces, no sabía si entrar o marcharse, la situación le parecía muy extraña. Por un momento sintió miedo, ¿y si realmente Dolores era una asesina?, ¿y si todo aquello sólo era una trampa? Con gran sigilo se adentró en la casa. En un primer momento no vio nada, avanzó despacio, rodeada de un silencio sepulcral, sólo se oían las suelas de sus zapatos.
De pronto se quedó sin aire, frente a ella estaba Dolores, sentada en una silla, los pies y las manos atadas a la misma, la cabeza hacia atrás en una postura imposible, el cuello se había convertido en un enorme manchurrón rojo, la sangre aún manaba de la herida abierta, resbalaba por su ropa y empezaba a formar un charco en el suelo.

4 comentarios:

Susana dijo...

Aquí estoy, Felisa. Boquiabierta todavía. Jeje.

Está claro que la vida de esta pobre peluquera ya no va a volver a ser la misma.

Me gusta mucho cómo describes a los personajes y sus sensaciones. Veo en estos capítulos el estilo de la Asesina de los ojos bondadosos y supongo que eso es bueno porque implica que le imprimes a tus textos un estilo ya bien definido.

Ánimo, guapa, ¡que esto va muy bien!

Un abrazo.

Carlos dijo...

Muchos escritores publican sus obras por Internet. Es una idea curiosa, pero tienen muchos seguidores y es una nueva forma de publicación en la era de la información en el que estamos inmersos.
Mucha suerte y felicidades por el blog.

B. Miosi dijo...

Querida Felisa, voy a tener que copiar todos los capítulos que me he perdido, los llevaré y los leeré en casa, que aquí en el trabajo me es imposible.

Besos,
Blanca

Lola Moreno dijo...

Estoy enganchada a "una idea absurda". Me encanta tu blog llevaba tiempo sin pasarme por aqui