sábado, 22 de enero de 2011

La piel de la serpiente


Hoy he descubierto la grieta que atraviesa el techo. No me explico cómo no me di cuenta mucho antes. Es alargada, sinuosa, como una serpiente tumbada al sol, desplegada para captar mejor los rayos en su cuerpo escamoso. Las serpientes me atraen desde niño. El hecho de desprenderse de su piel para crecer siempre me pareció un misterio. Las imaginaba encorsetadas en su vieja epidermis, como las antiguas damas dentro de sus corsés; sufriendo lo indecible hasta que, por fin, dejaban su camisa atrapada entre unas rocas o un matorral y resurgían nuevas y brillantes, poderosas. Liberadas por fin de sus ataduras. Me gusta pensar que algo así me está pasando, que esta prisión en la que se encuentra mi cuerpo un día se abrirá y yo ya no volveré a ser el mismo.
Me extraña que nadie se haya fijado en ella, tiene más de medio metro y por el centro se ensancha peligrosamente, justo encima de mí. He decidido vigilarla, no puedo arriesgarme a que siga creciendo sin mi supervisión.
Hace un rato vino Mariví, está muy guapa. Me ha traído unas flores. Creo que se ha enrollado con Raúl, noté el temblor en su voz cuando me contó que ahora la acompaña a casa. No me importa. Mariví sólo es una niñata; cuando yo resurja como el ave fénix, ella ya no podrá entenderme, no me reconocerá. Me duele un poco que haya encontrado un sustituto tan pronto, pero la grieta no me deja pensar demasiado en otra cosa que no sea en su tamaño, me paso las horas vigilándola, temeroso de que siga creciendo.
Esta tarde he intentado hacerle señas a mamá para que la viera, no parece darse cuenta. Anda ensimismada, hoy ha vuelto a discutir con papá porque le ha dicho que se reincorpore al trabajo, que no puede seguir así, unida a un vegetal. Supongo que lo de vegetal lo dice por mí. No lo culpo, ignora que puedo escuchar todas las estupideces que suelta por su boca, no creo que trate de hacerme daño. Nunca me lo hizo. No sé si alguna vez se dio cuenta de que tenía un hijo. No, no lo culpo, siempre trabajó y ganó dinero, mucho dinero. Con su pasta me compré la moto. Era muy chula. A Mariví le gustaba, incluso más que la de Raúl. No, no me duele que me llame vegetal, las plantas también crecen, y yo me estoy desarrollando bajo esta piel muerta que me atrapa, mientras espero el momento adecuado para liberarme de ella.

(Puedes leerlo completo en el libro "Trece cuentos inquietantes", pídelo en tu librería habitual o través de internet en Casa del libro o en El Corte Inglés.)

3 comentarios:

yolandasaenzdetejada dijo...

yo lo he leído.. es buenísimo, como todos los que aparecen en este libro. Gracias Felisa.

Maribel dijo...

Todos son buenísimos, como dice Yolanda, pero creo que éste es mi preferido.
Feliz domingo.

Felisa Moreno dijo...

Gracias, chicas, no siempre se reciben comentarios como este de dos estupendas escritoras, con una gran proyección, sois las mejores, un abrazo.